Sánchez contra Goliat Pilar Portero
Pedro Sánchez recupera la épica que le hizo grande cuando ganó las primarias del PSOE por segunda vez al aparato y se convirtió en presidente del Gobierno después, contra los elementos. Suenan las trompetas, cantan los juglares y el homérico presidente coge al vuelo la oportunidad. Salvado por la campana. Una guerra para exorcizar los demonios que le asediaban.
Los españoles confirman su rotundo ‘No a la Guerra’, cerca del 70% la rechaza –según el sondeo de 40dB para El País–, que le ha valido artículos en las portadas del New York Times o el Financial Times esta semana pasada y le ha convertido en el líder europeo menos servil a Trump. Sánchez se crece como un dirigente sin miedo y el ataque a Irán le proporciona una nueva oportunidad de presentarse como un héroe legendario.
El traje de personaje mitológico, capaz de enfrentarse a desafíos extraordinarios con tal de cumplir su misión, le sienta como un guante. Clark Kent llevaba demasiado tiempo sin tener oportunidad de enfundarse la malla de Superman. La corrupción de gente de su confianza y el acoso judicial a su familia y al fiscal general del Estado parecían haber acabado con su mística. El cerco de socios como Junts, empeñados en hacer frente al avance imparable de Orriols y seguir batallando con ERC a base de dinamitar las iniciativas en el Congreso, era un lastre. Y el accidente de Adamuz y los problemas de una red ferroviaria que de pronto pasó a ser calabaza trasladaban una imagen de gobierno incapaz. Sin embargo, la postura firme ante la nueva ilegalidad de Trump puede cambiar el relato.
Suenan las trompetas, cantan los juglares y el homérico presidente coge al vuelo la oportunidad. Salvado por la campana. Una guerra para exorcizar los demonios que le asediaban
Los intentos de la derecha por presentarle como un enfermo con una dolencia oculta, a falta de argumentos con los que imponer su superioridad, han resultado baldíos. Todo lo ha barrido la ofensiva de Estados Unidos que ha desatado el caos en Oriente Próximo y tiene a Europa bloqueada, para variar. Tras la patética sumisión del presidente alemán, Friedrich Mertz, en el Despacho Oval, donde se sumó a las críticas de Trump a España, una actitud que ha sido criticada en su propio país, los distintos socios europeos han estado esperando a conocer las encuestas de opinión de sus votantes, que no desean la guerra ni comparten los arbitrarios motivos esgrimidos para el ataque. Meloni, tras días desaparecida, ha regresado para advertir que Italia no está en guerra ni quiere entrar y que tampoco dejará a Estados Unidos usar sus bases. Marcaba así Sánchez una tendencia que se irá extendiendo ante la presión ciudadana.
En el imaginario colectivo, las falsedades con que se construyó el relato de la guerra de Irak, capaces de despertar al electorado progresista. Otra vez la amenaza de un arma nuclear o armas de destrucción masiva como excusa, la misma con que el trío de las Azores se justificó. Otra vez el PP disculpando el ataque por la necesidad de acabar con un régimen nefasto, como si Rusia, por ejemplo, no respondiera a un patrón de peligrosidad. Otra vez Aznar, que sigue sin enterarse 23 años después de cuándo comenzó a cavar su tumba política.
El contexto beneficia a Sánchez y ha insuflado ánimos en el entorno de Moncloa, que ha logrado proyectar al presidente como un audaz David con el suficiente coraje como para confrontar a un Goliat desnortado. En Génova, en cambio, reina un clima de bajón. Feijóo no da pie con bola, conoce los datos, pero su errática estrategia de acusar de mentiroso al presidente, como si por mandar una fragata defensiva a Chipre se hubiese sumado a la guerra, es presuponer que la inteligencia de los españoles está por debajo de la suya, que hasta el momento no ha dado síntomas de excesiva brillantez. Y ahora Sánchez vuelve a tomar la iniciativa, que había perdido, y se pone al frente de la manifestación. A ver cómo le bajas del pedestal.
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