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Patrick Radden Keefe: "Quienes tienen el poder nunca van a asumir su derrota"

Patrick Radden Keefe.

Alberto G. Palomo

Concibe el periodismo más allá del largo aliento, siendo capaz de adjuntar hasta casi 100 páginas de bibliografía. Sus crónicas no se reducen al qué, al dónde, al cómo o al cuándo: son un relato de suspense aderezado por datos, giros de guion y una prosa adictiva. Patrick Radden Keefe, estadounidense nacido en 1976, ha partido de reportajes escritos en la revista The New Yorker, donde trabaja, para crear dos obras capitales de no ficción aparecidas en España en estos últimos meses.

Una es No digas nada, publicada en septiembre de 2020 por Reservoir Books que explica la historia del IRA en Irlanda del Norte a través de la desaparición de una mujer en 1972 y el descubrimiento de sus restos décadas después. Aclamada por la crítica y reconocida con varios de los mayores premios en el gremio, a lo largo de casi 500 páginas se mezcla el tono novelesco con los entresijos de los grupos subversivos o la mentira en política y da como resultado un manual imprescindible para conocer el Ulster y sus turbulencias.

La segunda es El imperio del dolor, de reciente lanzamiento en la misma editorial. Radden Keefe vira de país y temática para abordar la epidemia de opioides en Estados Unidos, con cerca del medio millón de víctimas desde hace 25 años. Lo hace desde una óptica diferente: utilizando como espina dorsal a los Sackler, familia que introdujo “tranquilizantes menores” como el Valium o el Librium en la medicina cotidiana. El pionero de esta dinastía, Arthur, obtuvo sus primeros cien millones de dólares como miembro de la agencia William Douglas McAdams para los laboratorios Roche gracias a un ejército de comerciales y un entramado clientelar que llegaba hasta la FDA (la Administración de Medicamentos y Alimentos Estadounidense, en sus siglas en inglés).

Hablamos de los años 60 y 70, cuando aún no se escuchaban esas palabras tan suculentas para los Sackler como ‘ansiedad’ o ‘enfermedad crónica’. Más adelante, los herederos continuaron la senda y ya con su propia farmacéutica, Purdue Pharma, introdujeron el OxyContin en 1996. Este analgésico, al que se dio luz verde para tratamientos más allá del cáncer o cuidados paliativos a pesar de su potencial efecto adictivo, es el que está detrás del fentanilo y otras sustancias que han desembocado en una crisis sanitaria con la probabilidad de propagarse a otras latitudes. Y que les ha hecho facturar hasta 35.000 millones de dólares y enfrentarse a varias denuncias que provocaron su declive a partir de 2018.

PREGUNTA. ‘El imperio del dolor’ surge como un reportaje del mismo nombre para ‘The New Yorker’ en 2017. ¿Cómo salta la chispa para escribir 700 páginas sobre el tema?

RESPUESTA. Es el cuarto libro que escribo y el tercero que nace de un artículo para The New Yorker. Generalmente, con lo largos que son, es fácil creer que con escribir 45.000 o 50.000 palabras ya has dicho todo lo que tenías que decir, pero hay ciertos avisos que te hacen intuir que hay una historia más profunda.

P. ¿Cuáles eran las pistas en este caso?

R. Lo que pasó con esta historia es que tuvo una reacción imprevista e inminente. Aunque no es habitual que hagan demasiado ruido, con esta llegaron miles de comentarios. Pensé, aun así, que no daba para un libro, porque no había suficientes datos y los Sackler no iban a hablarme. Y yo necesito cercanía con el texto. De repente, sin embargo, mucha gente me empezó a escribir y a decirme que conocía a alguien de la familia o que habían compartido habitación. Las fuentes vinieron a mí. Por otro lado, la fiscalía de Massachusetts demandó a la familia y solicitó muchos documentos internos. Entonces, a principios de 2019, pensé: ahora tengo material para lograr la intimidad adecuada.

P. Afirma que la historia de los Sackler puede asemejarse a la historia del capitalismo. ¿Hay otros casos que sirvan para contar el sistema, como el de la familia Lehman?

R. Es curioso, porque el libro está inspirado en la obra The Lehman Trilogy. Ni siquiera la vi en el teatro, pero sí en un pase online y fue una gran inspiración para mí. Ambas son la historia del mercado libre llevado al extremo. Donde dinero, poder e influencia importan más que cualquier cosa.

P. También es otro ejemplo de que el sistema hace que los ricos se hagan mucho más ricos muy fácilmente. ¿Desconocemos las piezas pequeñas de esa gran maquinaria que forja de verdad nuestra vida?

R. Bueno, he tratado precisamente de eso. Porque por culpa de una familia hay una gran crisis que ha provocado miles de muertos. Hay muchas causas y es complejo. Cuando me interesé por el tema, intenté hacerlo como cuando ves una enorme columna de humo en el cielo y rebobinas hasta el inicio minúsculo del fuego. Quería un efecto parecido y que cualquiera se pare a pensar. Porque generalmente los orígenes de algo son comprensibles. No son simples, pero se pueden entender.

P. Quizás es algo más propio de Estados Unidos que de otros países con sistemas menos liberales, pero da la sensación de que hay demasiada complicidad entre las instituciones y las empresas. ¿Cómo es esa relación?

R. Uno de los asuntos que trato es la línea entre legal e ilegal. El umbral entre hacer algo y que te condenen a la cárcel o hagas algo parecido y estés protegido. El poder tiene mucha mano en esto último. Algo de lo que he querido hablar es que en Estados Unidos, si tienes mucho dinero, puedes prohibir algo para tu beneficio, puedes girar las leyes hacia ti. No es más que influencia, en suma. Pasa con la familia Sackler, pero también con Jeffrey Epstein, Harvey Wenstein o Donald Trump. Y eso significa que algo falla.

P. ¿Ocurre lo mismo que con los cárteles de la droga, a quien alude en varios momentos?

R. Bueno, en el caso del Estado es diferente. Los cárteles tienen dinero en todos los lados y utilizan el soborno, la falta de normas. La gente no tiene elección: o tomas el dinero o te mato. Lo que pasa en EE UU es más sutil. Y es legal. Cuento la historia de un miembro del ejecutivo que tiene que autorizar un medicamento de la familia Sackler y no es que le chantajeen o le ofrezcan dinero, pero sí le preguntan qué va a hacer después de estar en el gobierno y le sugieren que puede trabajar con ellos. El escándalo, como dice el periodista Michael Kinsley, no es lo ilegal, sino lo legal.

P. Recuerda mucho a las famosas puertas giratorias, de las que se habla aquí bastante últimamente pero que hace no tanto parecían normalizadas.

R. Sí, es eso, pero más sutil. El caso de Marie Jo, una de las mejores abogadas de Estados Unidos, es así: tienen a la familia que quiere maniobrar contra el fiscal, pero ella antes era abogada del Estado. Ahora lo hace porque está en la privada, y ellos la conocen, la admiran. No es ilegal. La diferencia se ve cuando eres un afroamericano que trapichea con droga y alguien muere por sobredosis: va a terminar en prisión y no tienes acceso a una abogada como Marie Jo White, a la que recurren las mayores compañías. Quizás, con suerte, te pongan uno de oficio. La gente dice que hay dos esferas: la que va con lo justo y la que vive en otra esfera, como la clase turista o la business de los aviones.

P. Hay otro término que sobrevuela todo el libro: la filantropía, de la que los Sackler hacen gala y que se ve en pinacotecas o universidades de ambos lados del océano: el Metropolitan de Nueva York, el Louvre o la Universidad de Oxford. ¿Es una manera de blanquear las malas prácticas de los millonarios?

R. Creo que sí, pero hay una distinción que quiero hacer. No creo que en la familia Sackler lo hicieran como blanqueo. La filantropía existía desde mucho antes y no la necesitaban, consistía más en distraer a la gente. Era más porque sabían que el negocio era un poco oscuro y no querían ser conocidos por su empresa de medicamentos sino por apoyar al arte. Nadie conocía, por ejemplo, que Arthur Sackler se había forrado con el Valium. Y él no quería que se supiera. En algunos sentidos, el libro es más sobre marketing y sobre cómo la familia se convirtió en una marca que tapaba lo que hacían por detrás.

P. Ahí entran los organismos que reciben las donaciones. Algunos empiezan a retirar el nombre de sus vitrinas. ¿Cree que hay una comprobación muy laxa del origen o que la gente que necesita dinero prefiere no mirar de dónde viene?

R. Creo que muchos museos están desesperados por encontrar fondos. Y que si lo necesitan no van a preguntar. Incluso con los Sackler, donde lo de borrarles es muy reciente. En 2017, The New York Times hizo una lista de unas 20 instituciones que recibían dinero de ellos y les preguntaron cómo se sentían: nadie dijo nada. Y si evitan este tipo de donaciones, como me cuenta un amigo que trabaja en el Metropolitan, se quedan sin nadie.

P. En un libro reciente se aborda algo parecido. ‘El orden del día’, de Eric Vuillard, cuenta cómo las grandes compañías alemanas apoyaron y crecieron gracias a los nazis.

R. Sí, es cierto. Tengo un amigo que está escribiendo un libro sobre esas fortunas alemanas que incluso hoy son las que hicieron mucho dinero en la guerra. Creo que, en cualquier caso, hay algunos países en los que se presume con la tendencia de mirar atrás, como ocurre con las estatuas o las denominaciones de gente en señales públicas que fueron, por ejemplo, esclavistas.

P. ¿Y cómo afecta la relación de los americanos con las medicinas, teniendo en cuenta que se pueden comprar más fácilmente y que eso puede derivar en una mayor adicción?

R. Bueno, creo que América no es muy distinta de España u otro país, simplemente es mucho más exagerado, está todo llevado al extremo. Tenemos una sociedad automedicada. Y creo que hay una idea general de que pueden tomar una pastilla para cada cosa. El sueño de los Sacklers era que hubiera una para no morir. Y se están acercando: hay gente que las ingiere para dormir, para despertarse, para el dolor, para tener sexo, para concentrarse, para no tener hambre… Se está llegando a un punto de no retorno, y creo que no es funcional salvo en un sistema que se basa en el beneficio. En América, por ejemplo, se permite esta sobreexposición hasta en los anuncios: una locura.

P. Una curiosidad es que lo escribió durante el confinamiento y, al contrario que en ‘No digas nada’, con más documentación que fuentes. ¿Cómo alteró esta circunstancia el proceso?

R. Fue muy distinto. Era imposible juntarme con nadie e intenté ir a varios sitios, pero tuve que hacer todo por teléfono. Lo divertido es que escribí el libro en mi cama, porque comparto espacio de trabajo con mi mujer en casa, y lo necesitaba todo el rato. Hay una foto en la que salgo sobre el colchón con todos los documentos esparcidos. Pero, por un lado, estuvo bien para meterle velocidad, porque no tenía otros planes.

P. Ahora ha confesado que le da pena que pueda usarse el libro para justificar tesis de los antivacunas, que son una masa heterogénea, de distintos estratos sociales, que desconfía y ve detrás una conspiración del sistema.

R. Sí, es difícil saber qué piensan. En Estados Unidos ha estado todo muy intoxicado por los políticos y ha habido mucha resistencia a las vacunas. Es muy alarmante. Y, si soy sincero, estoy un poco avergonzado. Por cómo pueden utilizar el libro y porque es muy típico de allí ser los primeros, estar en primera línea en tener algo que aún no ha llegado a otras partes del mundo y decir: no voy a ponérmelo. Comprometerse con el privilegio de tener algo a lo que la gente no tiene acceso es muy complicado.

P. Por último, cambiando de tema, extraña ver que haya todavía espacio y público para un periodismo tan profundo y extenso.

R. Ya, es curioso pero creo que entre lo rápido y lo lento hay una gran diferencia. En The New Yorker se pensaba que nadie leería esos artículos tan largos y luego se vio cómo la gente se pasaba una hora con el móvil, así que eso me da esperanza. Creo que aún seguimos queriendo leer buenas historias y profundizar, y ese es también el tipo de escritura que quiero hacer.

*Esta entrevista está publicada en el número de noviembre de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí.aquí

Información: consumo responsable

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