Los esfuerzos por racionalizar las decisiones políticas de Donald Trump podrían ser la causa principal de que la Unión Europea no haya encontrado hasta el momento una forma eficaz de afrontarlas. Desde su reelección a la Casa Blanca, hace apenas un año, las amenazas del Gobierno de Estados Unidos contra un orden basado en reglas fueron constantes, por más que Europa optara inicialmente por acogerlas desde la incredulidad y la cautela: al fin y al cabo, y contra toda lógica, las amenazas procedían de la potencia que más hizo por institucionalizar el sistema de Naciones Unidas y que mayores beneficios ha obtenido por preservarlo.
Sin embargo, el intento de destruir militarmente el programa nuclear iraní y los bombardeos de Siria y de Nigeria acabarían encendiendo las primeras alarmas acerca de la determinación de Trump por convertir las palabras en hechos, tanto entre los enemigos de Washington como, también, entre los aliados. Y otro tanto cabría decir del ataque relámpago contra Venezuela y el apresamiento de Nicolás Maduro para ponerlo a disposición de la justicia de Nueva York por cargos relacionados con el narcotráfico, no por haber robado unas elecciones. Con ser abrumador, este inventario de los sobresaltos internacionales provocados por Trump podría no haber concluido: Groenlandia ha vuelto a ser amenazada, y en el ensueño caricaturesco de un superhombre administrando justicia contra el mal –o mejor, administrando su extravagante interpretación de lo que es la justicia contra su interpretación no menos extravagante de lo que es el mal–, podría lanzar nuevos ataques contra el régimen de Irán, responsable de miles de muertes durante las recientes revueltas que estallaron a lo largo y ancho del país.
La inquietante conclusión que se desprende de esta atropellada sucesión de aventuras políticas y militares, concentradas en apenas unos meses, no es que Trump esté ejecutando un plan dirigido a redefinir el lugar de Estados Unidos en el mundo. Antes por el contrario, la conclusión es que sea cual sea ese lugar, lo que Trump pretende exhibir es su inquebrantable voluntad de alcanzarlo mediante un recurso sin restricciones a la fuerza, contra todo y contra todos. Esa es precisamente la única idea que recorre la Nueva Estrategia de Seguridad aprobada el pasado diciembre, como si fuera un traje confeccionado a la medida de alguien que improvisa de un día para otro: la idea de que cualquier decisión que pueda adoptar Trump, absolutamente cualquiera, una hoy y mañana la contraria, es parte de un plan previo, elaborado y validado por expertos. Y en cierto sentido es así, porque el plan, el único plan al que, de existir alguno, respondería la actuación de Estados Unidos con Donald Trump en la Casa Blanca, consiste en asegurar mediante una asfixiante propaganda sólo a la altura de auténticos expertos que la voluntad de un narcisista coincide milimétricamente con la de la mayor potencia del mundo. Así, para los redactores del documento importaba menos identificar hacia dónde se encamina Estados Unidos que estar en condiciones de justificar que, se encamine a donde se encamine, y llegue a donde llegue, ése será siempre el lugar que le corresponde, a condición de alcanzarlo por la fuerza.
Para la sensibilidad europea, la evocación del fascismo resulta inevitable a la vista de un discurso que proclama que la identificación perfecta del líder con la nación y sus anhelos más profundos es superior a las leyes y las instituciones, e incluso al voto de los ciudadanos. El asalto al Capitolio perpetrado por los partidarios de Trump en 2021 sería en este sentido la prueba de que, para sus partidarios, la legitimidad de su poder, llegado el caso, no tendría por qué derivar de unas elecciones democráticas, ni quedar tampoco limitada por la Constitución, las cámaras legislativas y los tribunales de justicia. Si, además, el discurso de la identificación perfecta del líder con la nación adquiere tintes regeneracionistas y propone como programa político nada más y nada menos que la sonámbula recuperación de no se sabe qué grandezas pasadas, entre las que se incluirían el derecho a anexionar territorios bajo soberanía de otros Estados y apropiarse de sus recursos, entonces el panorama se revelaría al completo: con el fascismo, los Estados Unidos de Trump estarían trayendo de vuelta el colonialismo y el imperialismo. Ante un panorama así, la referencia a los años 30 se vuelve sin duda inevitable, tanto para lo bueno como también para lo malo. Para lo bueno, porque tal vez provoque que los ciudadanos dentro y fuera de Estados Unidos tomen conciencia de lo que está en juego en cada elección. Para lo malo, porque argumentar que las decisiones de Trump están arrastrando al mundo a una situación semejante a la de los años 30 convalida la idea de que en Estados Unidos se está librando una controversia nacionalista entre iconografías del pasado, no una controversia democrática acerca del respeto a las libertades y los derechos civiles. En la controversia nacionalista, Trump gana. En la controversia democrática, ojalá el asesinato de Renée Good en Minneapolis marque un punto de inflexión.
Un showman político
Los efectos que están provocando las decisiones de Trump no son distintos, en cualquier caso, de los que provocaron en su día el fascismo, el colonialismo y el imperialismo. Sin embargo, constatar que los efectos no son distintos no dice nada del proceso que está destruyendo desde dentro el sistema democrático norteamericano, ni tampoco de las razones detrás de que un personaje como Trump haya podido llegar a la Casa Blanca. Fascista o no, colonialista o no, imperialista o no, Trump, un turbio agente inmobiliario de Nueva York, comenzó a transitar hacia la política tras convertirse en un showman de la telebasura, megalómano y de mal gusto. En este sentido, la primera victoria electoral de Trump fue del mismo género que las de otros showman en todo el mundo, en la estela de aquel pionero francés, el payaso Coluche, y de tantos dirigentes que han dado el salto desde el espectáculo al poder. Trump ganó sus primeras elecciones por lo mismo que pudo haberlo hecho Coluche de no retirarse a tiempo de la carrera hacia el Elíseo, y por lo mismo que lo harían después Ronald Reagan, Beppe Grillo, Boris Johnson o Jimmy Morales: porque en la sociedad del espectáculo, según denunciaría Guy Débord, la visibilidad es el valor máximo, el valor ante el que cualquier otro debe ceder.
Desde el momento en que la visibilidad puede obtenerse gracias a unas cualidades excepcionales para el saber, el arte o el liderazgo, pero también mediante la desinhibida exhibición de extravagancias, indignidades o impudicias, la pasarela entre el espectáculo y el poder se convierte en una grave amenaza para la democracia. Pero no sólo para la democracia, también para la literatura, el arte o incluso la ciencia, terrenos en los que, a través de galardones amañados, artículos de branding o índices de impacto académico meramente cuantitativos, la impostura acaba por prevalecer sobre el mérito y la capacidad. Si la visibilidad se convierte en el valor supremo, la visibilidad por sí misma, la visibilidad para la que tanto vale un sabio como un tahúr, Trump y los líderes como Trump tendrán despejado el camino para gobernar porque, por una suerte de inversión de las virtudes democráticas, ellos y sólo ellos, no los más capaces, son los que mejor pueden conectar con la mayoría en las sociedades previamente desestructuradas por influencia del espectáculo.
La segunda victoria de Trump, a diferencia de la primera, no es la del heredero de Coluche, la victoria del showman que aterriza en el poder desde el espectáculo. Entre una y otra victoria, no es Trump el que cambia, es el Partido Republicano el que completa la radical transformación iniciada por el fanatismo del Tea Party. Durante la presidencia de Joe Biden, más y más lobbies y grupos de interés irían sumando sus fuerzas a la transformación del Partido Republicano, desde el complejo militar-industrial hasta las nuevas empresas tecnológicas y los propietarios de fortunas colosales, a cuya cabeza se sitúa Elon Musk. Si la mayoría de los votantes de Trump pudieron reconocer sin dificultad al candidato de 2021 en la campaña de 2024, algunos de los miembros más destacados del Partido Republicano, incluido el expresidente George W. Bush y algunos redactores de El nuevo siglo americano, el documento que inspiró la invasión ilegal de Irak, expresaron con preocupación sus profundas reservas acerca del tipo de organización en la que se había convertido su partido. No les faltaba razón, porque, a la vista del año transcurrido desde las últimas elecciones, la única hipótesis que permitiría introducir cierta coherencia en los vaivenes internos e internacionales de la que sigue siendo con diferencia la mayor potencia del mundo es que, en realidad, no haya sido Trump quien ha impuesto su liderazgo al Partido Republicano, sino el Partido Republicano, un partido secuestrado, el que directa o indirectamente ha colocado a Trump en la Casa Blanca, como títere y como rehén. ¿Cómo, si no, explicar que figuras capaces de levantar auténticos imperios sobre la base del conocimiento y la innovación, figuras que pueden carecer de escrúpulos, pero en ningún caso de percepciones claras, no reparen en lo evidente, es decir, en el hecho de que Trump no pasa de ser un megalómano sin capacidad retórica, un especulador rijoso, un narcisista a merced de sus debilidades y, en definitiva, un gestor mediocre y temerario, al que nunca confiarían sus empresas?
Confiarle la Casa Blanca, por el contrario, es un acto que no se presta a ninguna racionalización política, porque responde a una lógica diferente. En concreto, a la lógica de servirse del poder político, utilizándolo a favor de sus intereses a través de un presidente interpuesto. Para el nuevo Partido Republicano, el coste de mantener en la Casa Blanca a una figura como Trump es irrisorio, y consiste simplemente en alimentar su insaciable narcisismo y en mirar para otro lado mientras cierra negocios incompatibles con su posición pública. Para los dueños del nuevo Partido Republicano lo que importa es otra cosa. ¿Que el complejo militar-industrial necesita incrementar las ventas? Basta sugerir al presidente, a este presidente, que imponga a los miembros de la Alianza Atlántica consagrar al gasto de defensa un porcentaje mayor de los respectivos presupuestos, exigiéndoles de paso que realicen las adquisiciones a las empresas armamentísticas norteamericanas. ¿Que alguna empresa del lobby petrolero necesita nuevas reservas? Basta dejar caer ante el presidente, ante este presidente, la necesidad de tomar el control de la producción del crudo de otro país y ofrecer a sus legítimos propietarios un porcentaje de la comercialización. ¿Que el desarrollo de las nuevas tecnologías necesita de las tierras raras? Basta razonar delante del presidente, de este presidente, que se podría respaldar a Ucrania en una eventual negociación con Putin a cambio de que Zelenski se las entregue. La anexión de Groenlandia, por su parte, aparece con una urgencia sobrevenida cuando, confirmada la imposibilidad de materializar ningún acuerdo sobre Ucrania, y por tanto, de reclamar de Zelenski las tierras raras, alguien bien colocado en el nuevo Partido Republicano ha debido de especular ante el presidente, ante este presidente, un presidente sin programa propio ni más ideas que las que le transmite el último que llega, con la posibilidad de buscarlas en otras latitudes.
La hostilidad de Trump y su Administración contra la Unión Europea, mayor que la que manifiestan hacia Vladimir Putin, podría tener su fundamento, según la racionalización política, en el propósito de abandonar un orden internacional regido por el principio de soberanía de los Estados y retornar al de las esferas de influencia y seguridad. Sin embargo, la incongruencia a la que se enfrenta esta racionalización reside en que, desde el punto de vista de la geografía, la Unión Europea se encontraría bajo la esfera de influencia de Rusia, no de la de Estados Unidos, y ni por las acciones ni por la retórica parece que Estados Unidos esté contemplando retirarse de un espacio en el que ha ocupado una posición de preeminencia durante tres cuartos de siglo. Europa, sin Unión, sería un mercado incapaz de imponer reglas, integrado por 27 Estados independientes entre los que se encuentran algunos de los más ricos del mundo. Acceder a ese mercado en las condiciones que interesan a las grandes corporaciones que han querido que este presidente ocupe la Casa Blanca, no en las establecidas por las reglas de la Unión, sería el objetivo último al que aspiran los Estados Unidos de Trump, como vino a recordar J. D. Vance, el vicepresidente, en un provocador discurso pronunciado en Múnich. El silencio de Rusia en relación con las intenciones de Estados Unidos hacia la Unión se explicaría porque, para Rusia, las esferas de influencia se definen más por sus componentes estratégicos y militares que por los comerciales y económicos. Y por lo que respecta al silencio de China, los alicientes para intervenir son escasos cuando un rival, y más un rival como Estados Unidos, ha decidido autoinfligirse una pérdida de influencia tan irracional en una región que tenía ganada. China ha logrado articular la suya conviviendo con las reglas europeas durante las últimas décadas, y es seguro que podría incrementarla si las reglas desapareciesen. Pero, ¿para qué pagar el coste de significarse contra Europa y su Unión cuando Estados Unidos se ha prestado voluntariamente a hacer ese trabajo?
Incredulidad y cautela europeas
Europa, en efecto, ha venido reaccionando a las decisiones de Trump desde la incredulidad y la cautela, incapaz de encontrar la racionalidad de las decisiones de Trump para afrontarlas. Sin embargo, llegados al punto en el que incluso la integridad territorial de un Estado europeo y miembro de la Alianza Atlántica está bajo amenaza, la incredulidad y la cautela no pueden prolongarse por más tiempo. Donald Trump tiene ante sí tres años en la Casa Blanca. Tres años, sin duda, no son pocos cuando los riesgos son tantos, pero tampoco equivalen a una desalentadora eternidad. Sobre todo, porque, aunque son años que correrán lo mismo para una Unión obligada a contener una eventual agresión y para la potencia que amenaza con perpetrarla, las realidades internas en una parte y otra podrían seguir caminos radicalmente divergentes. Mientras que los gobiernos de la Unión podrían verse empujados a cerrar filas ante una amenaza exterior, reforzando el sentimiento de pertenencia a Europa, el de Estados Unidos, por su parte, podría quedar cada vez más atrapado en la turbulenta espiral de reveses económicos, políticos y sociales provocados por el programa de Trump, un programa que, más allá de enajenarse a Europa, está abriendo una insalvable fractura entre norteamericanos con tintes de guerra civil. Trump ha amenazado con exportarla a Europa a través de un apoyo expreso a lo que él llama los partidos patrióticos, y que son, en realidad, los menos patrióticos de todos, partidos dispuestos a obedecer a ciegas las consignas de Trump. En justa reciprocidad, una Europa decidida a dejar atrás la incredulidad y la cautela tendría que multiplicar los contactos y reforzar las relaciones con los sectores políticos e intelectuales contrarios a Trump.
Si a la vista de la previsible evolución interior a uno y otro lado del Atlántico alguien pudiera acabar asomándose al fracaso no serían Europa ni su Unión, según pronosticó Vance, sino Trump y los Estados Unidos que Trump ha querido forjar. A pesar de la invariable satisfacción que expresa en las comparecencias a bordo del Air Force One, la estrategia regeneracionista contenida en la consigna Make America Great Again, hoy dominante en el Partido Republicano, está provocando un aislamiento del país que no es el espléndido de Monroe, sino el sórdido de los rogue States, de los Estados parias. El reciente acuerdo de la Unión Europea con Mercosur marca un camino alternativo, puesto que demuestra que, mientras que el resto del mundo no lo consienta, Trump no podrá imponer unilateralmente el fin del libre comercio y el regreso al proteccionismo: los aranceles que anuncia y que rebaja con las formas de un matón en una reyerta no van a impedir que el mundo siga comerciando, sino que van a precipitar a Estados Unidos en su propio gueto. Desde luego, el lugar que le corresponde a Estados Unidos no es ése, y son sus aliados de siempre los que mejor lo saben y los que más lamentan verlo ahí. Pero ése es, sin embargo, el lugar al que ha querido arrastrarlo un presidente cuyas decisiones sólo pueden ser racionalizadas si se reconocen en él al títere y al rehén del nuevo Partido Republicano, además de al heredero del payaso Coluche.
Europa tiene fuerza e inteligencia para resistir los ataques que le dirige Trump, como también las tiene para resistir la decisión de destruir Naciones Unidas, que es la última hecha pública por Trump. De todas, esta decisión es seguramente la de más calado porque no es una decisión dirigida contra una u otra regla, sino contra la fuente de legitimidad de cualquier regla. Por descontado, el veto del que dispone Estados Unidos permitirá a Trump paralizar cualquier iniciativa del Consejo de Seguridad. Pero cada iniciativa que paralice no es, como él pretende, una prueba de la irrelevancia de la organización, sino todo lo contrario. No sólo porque si de verdad Naciones Unidas fuera irrelevante Trump no se molestaría siquiera en vetar sus iniciativas, sino también, y sobre todo, porque el veto es paradójicamente una regla. De ahí que cuanto más iniciativas adopte la Unión Europea, cuantos más principios reafirme y más resoluciones someta a votación, más colocará a Trump y a los Estados Unidos de Trump ante la tesitura de vetarlas y de someterse a las reglas que desprecia.
Pese a todas las insuficiencias, el orden establecido en 1945 es infinitamente más libre, más justo y más igualitario que el que promueven los Estados Unidos de Trump, basado en las esferas de influencia y el recurso sin restricciones a la fuerza. Frente a esta pretensión, algunas voces europeas sostienen que la Unión no está en condiciones de oponer ninguna resistencia y apuestan por el apaciguamiento, recordando que Europa es un gigante económico y un enano político. Estas voces olvidan, sin embargo, que si la Europa devastada de 1945 llegó a ser en pocos años un gigante económico fue porque el mundo estaba en paz. Ahora bien, si el mundo deja de estarlo, y puede dejar de estarlo a consecuencia de las decisiones adoptadas por los Estados Unidos de Trump, la Unión política que Europa fue capaz de forjar desde las ruinas demostrará que puede cambiar de signo. Porque los enanos, políticos o no, son una cosa. Otra, los gigantes dormidos.
*José María Ridao es escritor. Su último libro es ‘Cuadernos de Malakoff’ (Galaxia Gutenberg, 2024).
Los esfuerzos por racionalizar las decisiones políticas de Donald Trump podrían ser la causa principal de que la Unión Europea no haya encontrado hasta el momento una forma eficaz de afrontarlas. Desde su reelección a la Casa Blanca, hace apenas un año, las amenazas del Gobierno de Estados Unidos contra un orden basado en reglas fueron constantes, por más que Europa optara inicialmente por acogerlas desde la incredulidad y la cautela: al fin y al cabo, y contra toda lógica, las amenazas procedían de la potencia que más hizo por institucionalizar el sistema de Naciones Unidas y que mayores beneficios ha obtenido por preservarlo.