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“Estamos cansados de Orbán”: la eterna partida de póker que la UE juega con su miembro más díscolo

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, con una bandera europea de fondo.

Mucho ruido y pocas nueces. Así se podría resumir, de una forma breve y precisa, la cumbre europea celebrada el pasado jueves donde los 27 desbloquearon más de 50.000 millones de euros destinados a ayudar a Ucrania en su guerra contra Rusia. Una reunión que, durante toda la semana, estuvo en el aire por el miedo al veto de un hombre que se ha convertido en el principal villano del club europeo: el primer ministro húngaro Viktor Orbán. Su cercanía a Putin, su veto en pasadas cumbres a la ayuda a Ucrania y la necesidad de alcanzar la unanimidad para tomar este tipo de decisiones en el Consejo Europeo parecían el caldo de cultivo perfecto para que el líder de Fidesz saboteara el acuerdo entre los 27. Sin embargo, y contra todo pronóstico, solo se necesitaron 6 minutos para que Orbán levantara el veto y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, anunciara que la ayuda a Ucrania ya era una realidad.

Un giro de guion sorprendente y completamente inesperado que llegaba en uno de los grandes picos de tensión entre la Unión Europea y Hungría de los últimos años. Durante todo el mes de enero, se sucedían las voces dentro del club de los 27 que pedían medidas más contundentes contra Budapest si Orbán continuaba con su negativa de apoyar la ayuda a Ucrania. Un sentimiento que puso en palabras, antes de que comenzara el Consejo, el primer ministro polaco, Donald Tusk, uno de los líderes más destacados de la derecha moderada europeísta: “No tenemos fatiga con Ucrania, tenemos fatiga con Orbán”.

La escalada de tensión parecía llegar a su culmen el pasado lunes, cuando el Financial Times desvelaba un documento en el que el club comunitario planteaba la opción de sabotear la economía húngara en el caso de que Orbán vetara la ayuda a Ucrania. En ese caso, la UE tenía el plan, según lo publicado por el diario británico, de detener completamente el envío de fondos a Hungría para minar la confianza de los inversores y perjudicar a las finanzas del país, paradójicamente muy dependientes de la ayuda de Bruselas, 

Finalmente, el pasado jueves, la unidad del resto de grupos y la presión de los líderes europeos permitieron que la moneda saliera cara sin apenas contraprestaciones, pero el problema de húngaro está aún lejos de desaparecer para la Unión Europea. Por eso, después de superar este match ball, la pregunta para el resto de los 26 estados miembros es cómo lidiar con su compañero más díscolo con una guerra de Ucrania que se prevé larga y con unas elecciones en el horizonte que pueden suponer un espaldarazo para las fuerzas euroescépticas.

“La posición de Hungría cambiará cuando cambie su gobierno, algo que ahora mismo es muy complicado”, sostiene Carolina Plaza, doctora en Política Comparada por la Universidad de Salamanca e investigadora especializada en populismo y euroescepticismo, que no cree que exista una fórmula mágica para meter en vereda a Budapest. “Orbán ha construido su figura política en torno al discurso de que existen unas supuestas élites globalistas oscuras que atentan contra los intereses de la población húngara, así que hay muy pocas probabilidades de que algo pueda hacerle dar un giro de 180 grados a su actitud con respecto a la UE”, continúa. 

Si el cambio interno es prácticamente imposible, sobre todo teniendo en cuenta el deterioro democrático de Hungría y la débil oposición a su partido, la pregunta es qué se puede hacer desde fuera. Uno de los recursos que más se han escuchado este mes en Bruselas, según el diario Politico, es la aplicación del artículo 7 del Tratado de la Unión Europea al país de Orbán. “Es una especie de botón nuclear”, comenta Luis Bouza, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y especialista en derecho europeo. Bouza explica cómo ese artículo prevé suspender el derecho a voto de un país que haya infringido “de forma grave y persistente los principios en los que se basa la UE”, algo que encaja con la situación de déficit democrático que se vive en Hungría.

“Para activarlo se requiere unanimidad del resto de países, algo que antes era imposible por culpa de Polonia, pero que ahora, con la entrada del gobierno europeísta de Tusk, se abre la posibilidad de poder aplicarlo”, explica Bouza. Sin embargo, para Jorge Tuñón, catedrático Jean Monnet, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid y experto en asuntos europeos, la Unión Europea también tiene que andar con pies de plomo al implementar sanciones muy duras contra Hungría, ya que existe el riesgo de que Budapest busque un acercamiento a su aliado Vladímir Putin en caso de que se produzcan

“La UE tal vez tiene que ser más estricta, pero no podemos olvidar el poder simbólico de Hungría, un país de del otro lado del Telón de Acero que finalmente se consigue atraer a la órbita occidental. Por eso y por el peligro de la influencia de Rusia, la Unión tiene que jugar con Orbán una partida de póker, abriendo y cerrando la mano en función de la situación”, sostiene Tuñón. Por eso, no parecen probables sanciones desproporcionadas a Hungría o una expulsión que ni siquiera está contemplada en los tratados. Además, las próximas elecciones europeas podrían abrir un nuevo horizonte a Fidesz, el partido de Orbán, ya que podría ser clave en la gobernabilidad de la UE si el Partido Popular Europeo reniega de la gran coalición con los socialdemócratas y elige pactar con formaciones de derecha radical como la húngara.

Entonces, si una oleada de sanciones tampoco es aconsejable, la solución podría ser cambiar las reglas de juego en vez de intentar convencer a Hungría de dar su brazo a torcer. “Llevamos diciendo mucho tiempo que la unanimidad para ciertas decisiones en el Consejo es un tiro en el pie de la Unión Europea. Yo estoy muy de acuerdo con que se elimine esa condición porque ralentiza enormemente la toma de decisiones y da un gran poder a países como Hungría para distorsionar las votaciones”, argumenta Tuñón. 

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Sin embargo, el proceso para llevar a cabo esta reforma para eliminar la unanimidad sería muy costoso y difícil. “Para hacerlo se tendrían que cambiar los tratados y es algo que ahora mismo veo imposible, porque no solo crearía una situación diplomática muy complicada, sino que también se necesitaría que ningún país se opusiera. Naciones como la propia Hungría se negarían con toda seguridad al cambio, porque les restaría ese poder tan grande que ahora tienen”, sostiene Bouza.

Una posición parecida a la de Plaza que, por su parte, propone como solución para incrementar la gobernabilidad la reducción del número de situaciones en las que se requiera esa unanimidad en vez de eliminarla. “Al final, si reformas los tratados para retirar la necesidad de consenso, desvirtuarías el espíritu de que la UE es una sola voz y ahí siempre te vas a encontrar resistencias”, zanja la profesora de la Universidad de Salamanca.

“Es verdad que se puede hacer poco con Hungría, pero tenemos que ver el debate en su justa medida. Con lo dura que es la situación democrática allí, lo relevante es que con las herramientas de la Unión Europea se puede intentar mejorar el clima político. Por ejemplo, con el nuevo reglamento sobre medios, la UE se obliga a que exista una pluralidad en los medios públicos y transparencia sobre la propiedad. Evidentemente, esto no va a tener un efecto inmediato, pero se puede sancionar a Hungría si no realiza esas reformas”, concluye Bouza, que invita a descartar medidas drásticas y fijarse más en el medio plazo con iniciativas que busquen restar poder a gobiernos antidemocráticos como el de Orbán mediante normativa de la UE.

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