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Maleta de libros

'Chicos y chicas', de Soledad Puértolas

'Chicos y chicas', de Soledad Puértolas.

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Hubo un tiempo en que Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) no se ganaba la vida escribiendo. En que trabajaba en la editorial Destino para acercarse a la literatura. Ahora parecería que se la tiene que quitar de encima. El Planeta llegó en 1989 con Queda la noche, lo que le permitió renunciar a los trabajos convencionales, y el Anagrama de ensayo, por La vida oculta, cayó en 1993. Tiene en su haber una treintena de libros entre novela, cuento y ensayo, e incluso un sillón de la Real Academia que ocupó en 2010 (fue la quinta mujer en hacerlo). Y ahora ha tocado cuento. Chicos y chicas (Anagrama) recoge 11 relatos de la autora y estará en las librerías en octubre. Este es uno de ellos. 

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  Tarot

Rosario estaba segura de que algunas mentes malévolas pensaban que su hija la decepcionaba. La miraban con expresión de censura, pero a la vez, esto era lo peor, con cierta complicidad. La comprendían. ¡Qué mala suerte!, la única niña de una familia de guapos había salido, inexplicablemente, fea.

Pablo, el marido de Rosario, era un hombre guapo. Rosario era guapa, los tres hijos que habían tenido, Pedro, Manuel y Adolfo, eran no guapos sino guapísimos. Pero Luz, que había ido a nacer en cuarto lugar, no se parecía a ninguno. ¿A quién se parecía? Había que investigar en los antepasados. Quizá en la bisabuela paterna se encontraran algunos de sus rasgos. Pero las fotos son muy engañosas, y, en realidad, ¿qué más daba?

Por lo demás, Luz era una niña que no causaba problemas. No destacaba en nada. No, no se correspondía con su nombre. Luz pasaba desapercibida. Durante los años escolares, las monjas nunca tuvieron que elevar una queja sobre su comportamiento ni sobre la marcha de sus estudios. No era excepcional, tampoco sacaba notables, pero siempre conseguía superar, aunque fuera por unas décimas, el aprobado. En alguna ocasión, eso es cierto, fue castigada por hablar en clase con una compañera o por no prestar la debida atención a las explicaciones de la profesora, pero nada serio. No pertenecía al grupo de las alborotadoras, aunque, curiosamente, en él se encontraran algunas de sus mejores amigas.

Luz no era una niña solitaria. No se aislaba, no se ensimismaba. Eso parecía un rasgo positivo. Pero no todas las amigas que, curso tras curso, durante los años escolares, tuvo Luz le gustaron a Rosario. De pequeñas, venían a casa a pasar las tardes de los domingos hasta que Rosario, aunque con poco entusiasmo y cierta desconfianza, tuvo que admitir que su hija ya tenía edad para pasar, a su vez, las tardes en casas ajenas. No ejercía demasiado control sobre sus hijos, pero a Luz la vigilaba estrechamente. No era, quizá, una madre muy cariñosa, ni con Luz ni con los chicos, no pertenecía a esa clase de madres que acarician mucho a sus hijos cuando son pequeños y que luego, cuando crecen, se apoyan en su brazo. Los chicos, que además de guapos eran inteligentes y obtenían buenas calificaciones en el colegio, disfrutaban de un ambiente de relativa libertad. Estaba en el aire: Rosario confiaba en ellos. Pero una fuerza casi sobrenatural le hacía seguir atentamente los pasos de su hija. ¿La hubiera vigilado tanto de haber sido la niña tan guapa –o tan inteligente– como sus hermanos? Rosario no llegaba a hacerse esta pregunta, pero ella misma intuía que había algo raro en su preocupación por Luz. De hecho, tenía la sensación de que Luz estaba siempre a punto de cometer un error. ¿Qué error? El error principal, ser poco agraciada, ya estaba cometido, y de eso Luz no era responsable. ¿Sería por una absurda, aunque no del todo inexplicable, culpabilidad por lo que Rosario vigilaba a su hija?

Pasaba revista a las amigas que Luz iba trayendo a casa y las juzgaba con severidad. Una amiga en especial, Elvira, le causaba bastante irritación. Parecía algo adelantada para su edad –tenían, por entonces, trece, quizá catorce años–, se reía con risita nerviosa, como quien conoce un valioso secreto. Era delgada y pálida. Se movía como una señorita. A su lado, Luz parecía una niña gordinflona, inocente, risueña. Lo que era. ¿Cómo podían ser tan amigas?

Luz se reía mucho cuando estaba con Elvira. A lo mejor Elvira contaba cosas divertidas. Lo cierto era que Luz se reía mucho siempre, no sólo cuando estaba con Elvira. Cuando sus hermanos le tomaban el pelo, cosa que hacían con cierta frecuencia, para luego echarse a reír enseguida, ya que sus bromas eran ligeras, ella se unía de inmediato a sus risas. Sus enfados, si es que llegaban a serlo –en general, sólo un gesto de desconcierto aparecía en su cara–, se evaporaban enseguida. Tampoco se enfadaba nunca con sus padres. Luz era una niña que se dejaba controlar, que apenas protestaba cuando se le prohibía hacer una cosa u otra. Una expresión de contento anulaba rápida y fulminantemente la menor sombra de contrariedad que hubiera caído sobre sus facciones.

Sin embargo, Rosario tenía la impresión de que, a partir de su amistad con Elvira, Luz se reía con más frecuencia y de forma algo desmedida, sin causa aparente, sin ton ni son. Puede que hubiera sido siempre así, porque Rosario no había incluido la risa en su labor de vigilancia. Sea como fuere, el asunto de la risa de Luz la empezó a inquietar, o a irritar, un poco. Reírse es bueno, es saludable, las personas malhumoradas son lo peor, eso, desde luego, pero ¿no puede ser también, en algunos casos, producto de la simpleza? Una luz de alerta se encendió en la cabeza de Rosario. Convenía seguir con la labor de vigilancia, cada vez más difícil, por cierto, porque el momento en que no se podían mantener ciertas prohibiciones llegaría muy pronto. La de no poder ir a ver a sus amigas a sus casas, por ejemplo.

Concluidos los estudios escolares, con un aprobado raso de media, Luz no mostró ningún interés en ir a la universidad. Rosario trató de convencer a su hija de que empezara una carrera cualquiera, la que le pareciera más fácil, simplemente por probar, por conocer otro mundo, por no pasarse el día en casa, pero Luz fue rotunda. No le gustaba estudiar, ella no servía para eso. Escuchar una declaración tan tajante por parte de su hija, que nunca se había caracterizado por la rebeldía, dejó a Rosario completamente desconcertada. Siempre había pensado que podría convencerla de que, finalizada la etapa escolar, continuara sus estudios, a Rosario no se le había pasado por la cabeza que Luz fuera a negarse en redondo. Le explicó detalladamente las razones por las cuales una mujer, en caso de existir la posibilidad, debe hacer una carrera universitaria y estar preparada para ganarse la vida por su cuenta. El matrimonio no era la única salida para una mujer, ésa era una concepción caduca, dijo. Ensalzó las virtudes de la independencia, casi abogó por el feminismo más radical. Luz la escuchaba afablemente, incluso asentía con la cabeza, en silencio, como si comprendiera muy bien a su madre, pero al final, invariablemente, decía: No sirvo para eso.

La amistad entre Luz y Elvira no sólo había continuado, sino que se había intensificado. Elvira tampoco había ido a la universidad. Estudiaba inglés y asistía a clases de cerámica. Luz, animada por Elvira, se apuntó a unas clases de teatro, por el que jamás había mostrado el menor interés. La escuela de teatro estaba cerca de la escuela de cerámica, ésa debía de ser la clave. Aunque se veían prácticamente todos los días, Luz y Elvira hablaban mucho por teléfono. Luz se reía.

¿Qué clase de amiga hubiera deseado Rosario para su hija? Una chica que se riera menos, desde luego. Una chica estudiosa, casi seria, con cierto sentido del humor, por supuesto, un humor fruto de la inteligencia, no del sinsentido. Una chica guapa. Al menos, eso. Porque Elvira no tenía nada de guapa, aunque, quién sabía por qué, se movía y hablaba con la seguridad característica de las guapas. Un signo de imbecilidad.

La decepción de Rosario dio paso a cierta exasperación. Finalmente, se dio por vencida. Había fracasado.

Era el momento de quitarse a su hija de la cabeza. Se hizo socia de varias agrupaciones culturales y benéficas, asistía a clases de yoga y meditación trascendental, incluso se unió a un grupo de senderismo.

Pablo observaba las nuevas e intensas actividades de su mujer con algo parecido al alivio. Era un hombre tranquilo que aguardaba ilusionado pero sin impaciencia la hora de la jubilación. Se mantenía un poco al margen del espíritu de la casa, que residía en Rosario. Puede que Luz hubiera heredado de su padre el aura de pasividad que la envolvía.

Elvira, la gran amiga de Luz, se casó un año después de dejar el colegio.

Al poco tiempo –un par de meses, a lo sumo– de la boda de Elvira, Luz anunció en la mesa, mientras comían, con toda formalidad:

– Tengo novio.

Su padre la miró con ojos beatíficos, como si no hubiera dicho nada extraordinario. Era su inalterable forma de mirar. Rosario preguntó, incrédula:

– ¿Novio?

Los tres hermanos de Luz, que presumían de tener mucho éxito con las chicas, lo que probablemente era cierto, porque virtudes no les faltaban, se rieron más o menos quedamente, como si la declaración de Luz hubiera sido un chiste, y un chiste de los suyos.

– Se llama Félix Unceta –dijo Luz, sobreponiéndose.

– ¿Félix Unceta?, ¿estás segura? –preguntó Rosario, cada vez más incrédula.

– ¿Cómo me voy a equivocar? Es mi novio.

– Debe de ser hijo de Félix Unceta –aventuró el padre.

– Sí –murmuró tímidamente Luz.

Rosario observaba a su hija con estupefacción. No acababa de entenderlo, el joven Unceta era el futuro heredero del imperio Unceta, que hundía sus poderosas raíces en el territorio de los electrodomésticos, un chico a quien se disputaban las chicas más guapas de la ciudad. Ni siquiera podía imaginar dónde habría conocido su hija a ese príncipe azul.

– Lo conocí en la boda de Elvira –dijo Luz, como si leyera los pensamientos de su madre–. Nos hemos estado viendo todos los días desde entonces. Ayer me pidió que os lo dijera. Aunque él también quiere decíroslo en persona.

¡Qué formalidad!, se dijo Rosario, todavía perpleja.

Ciertamente, fue un noviazgo formal que duró algo más de un año. Félix, que había finalizado su carrera universitaria, debía empezar a trabajar y prefería tener un año para dedicarse enteramente al trabajo en el que, por lo demás, ya estaba iniciado. Los negocios le interesaban. Era un chico inteligente y activo. Parecía no tener defecto alguno.

Sin embargo, curiosamente, Rosario no acababa se sentirse cómoda con él. Sus amigas la felicitaron, ¡qué buena boda hacía su hija! Evidentemente, se callaban lo que sin duda venía a continuación: ¿quién lo iba a decir? Rosario sabía muy bien lo que sus amigas pensaban de Luz: exactamente lo que pensaba ella. En muy buena parte, era ella misma la responsable de sus opiniones.

En esta ocasión, Rosario se guardó sus recelos para sí. Tampoco sabía por qué Félix le inspiraba esa desconfianza. Así había que llamarlo: desconfianza, por leve que fuera. Se trataba de algo muy vago. No miraba a los ojos cuando hablaba con alguien. No miraba de frente. Siempre daba la razón a su interlocutor, no discutía nunca. Y tenía sus propias opiniones y juicios, eso seguro. Sabía muy bien lo que quería y hacia dónde se dirigía. Se callaba porque sabía que era mejor callar. No miraba de frente porque había decidido no hacerlo o sencillamente porque era así por naturaleza. Hay personas que no miran de frente.

Con Luz, era muy atento, incluso cariñoso. Fuera lo que fuere lo que veía en ella, significaba algo importante para él. Luz parecía contenta, aunque, sin duda por timidez, no era muy expresiva con su novio, no se colgaba de su brazo ni le cogía de la mano a la menor oportunidad. Eran unos novios discretos.

El día de la boda, la palidez de Luz, que de ordinario gozaba de muy buen color (casi excesivo, ya que le daba un aire pueblerino), era tan acusada que costaba reconocerla. Estaba guapa. Parecía haberse contagiado del aire de tranquila e indestructible felicidad que envolvía a Félix. Luz parecía flotar, haber accedido a otro mundo.

Después de la boda, vinieron los embarazos, los partos, el cuidado de los sucesivos hijos. Como su madre, Luz tuvo cuatro hijos. En su caso, dos niñas y dos niños. Clavados al padre. La huella de Luz no se veía por ninguna parte. Eran tan guapos que, naturalmente, Rosario los observaba con orgullo familiar, pero el que fueran tan parecidos a Félix le causaba una íntima irritación.

La nueva personalidad de Luz, totalmente dedicada, por no decir entregada, al cuidado de sus hijos, de su marido y de la casa, era lo que de verdad exasperaba a Rosario. Luz contaba con ayuda doméstica, pero, en opinión de Rosario, insuficiente. Podían permitirse mucho más. El obstáculo no estaba en Félix, que era de naturaleza generosa y sin duda estaría dispuesto a contratar más servicio para determinadas labores de la casa o el cuidado exclusivo de los niños. El obstáculo era Luz. Se diría que todas esas tareas, para las que nadie la había preparado, eran, precisamente, la meta de su vida. ¿Se reía tanto como antes? Quizá no, pero sonreía constantemente. Siempre había un niño enfermo en la casa, Félix llegaba muy tarde del trabajo, viajaba con frecuencia, pero de los labios de Luz no salía nunca una queja. Inmersa en su hogar, parecía estar en su sitio, donde siempre había querido estar.

– Hija mía –le decía Rosario–, deberías salir un poco, como hacen las chicas de tu edad aunque estén casadas y tengan hijos. Salen con amigas, se airean. Las labores de la casa, por mucha ayuda que tengas, agotan, no puedes estar en casa todo el tiempo.

Algunas veces, Luz asentía, decía, aunque con poca convicción, probablemente sólo para contentar a su madre, que cuando sus hijos fueran un poco mayores haría algo, aún no sabía qué, pero posibilidades había muchas, algo relacionado con el teatro, quizá, que siempre le había gustado. Rosario sabía que permanecería encerrada en la casa. Para empezar, ya no tenía amigas. Incluso Elvira había desaparecido, aunque quizá seguían hablando por teléfono. El caso era que Luz nunca la mencionaba. No tenía otra conversación que la que se refería a sus hijos y su marido.

Al menos, podía haber desarrollado una afición dentro del hogar, se decía Rosario. Podría aprender a cocinar, por ejemplo. Convertirse en buena cocinera puede ser algo muy entretenido, es algo creativo, además de útil. Pero no. Luz no hacía nada en la casa. Al final, Félix se había impuesto, y tras el nacimiento del último hijo se opuso a que su mujer se dedicara a las tareas domésticas, que quedaron en manos de un matrimonio filipino. La casa estaba impecable y Li, además, era un cocinero inmejorable, ¿por qué tendría Luz que aprender a cocinar? ¿A qué se dedicaba Luz durante todo el día? A cuidar de sus hijos pequeños. Era extraordinario lo mucho que le gustaban los niños. Le gustaba velar su sueño, mirarlos, hablarles, sacarles de paseo, darles de comer.

Se produjo una pequeña novedad. Luz y Félix salían a cenar con amigos dos o tres veces por semana. Eso supuso para Luz una especie de tarea, y, por lo menos, un nuevo tema en las conversaciones con su madre. A Félix le gustaba que Luz se vistiera con ropa de calidad, no ostentosa ni estridente, y luciera joyas buenas pero discretas. Y estaba el asunto del pelo, que siempre había martirizado a Rosario. Luz tenía una mata de pelo desordenada, enmarañada, un pelo grueso, fosco, que no se dejaba domar. Ahora Luz iba a la peluquería con frecuencia y a veces, cuando surgía una emergencia, una peluquera acudía a su casa a peinarla. El resultado era que la cabeza de Luz estaba siempre nimbada por un halo cobrizo de suaves rizos. Rosario no acababa de acostumbrarse. Miraba a su hija y le parecía que llevaba peluca, pero debía admitir que ese peinado no le iba mal. Al cabo de los años, Luz había conseguido convertirse en una mujer, si no claramente atractiva, sí agradable. Muy agradable, la verdad.

Félix adquirió una casa junto al mar para pasar los veranos. Cuando empezaba el calor, Luz, los niños y el matrimonio filipino se trasladaban a la nueva vivienda. Siempre que podía, Félix les visitaba. Se quedaba con ellos largos fines de semana y luego, en agosto, más de dos semanas seguidas. Se compró una lancha de motor para llevar a la familia de paseo y fondear en otras playas. Eso fue lo único a lo que se negó Luz. Le horrorizaba la lancha, no soportaba la velocidad ni el ruido y el espacio limitado que iba unido a ella. Félix fue muy comprensivo. Se diría que le hacía gracia la forma de ser de su mujer. Tenía miedo al mar, como muchas mujeres.

Hubo un verano que se inició con intensas lluvias. Luz no había metido los chubasqueros en la maleta, y Félix le dio a su suegra, que se ofreció a resolver el problema, un juego de llaves de la casa para que cogiera los chubasqueros y se ocupara de enviarlos. Luego se olvidó de reclamar las llaves, que Rosario guardó en una caja, y, quizá de manera inconsciente, se olvidó de ellas. Mientras las introducía en la caja, se dijo que podía ser razonable tener un juego de llaves de la casa de su hija, podía surgir en el futuro una eventualidad parecida. Lo cierto es que las olvidó.

Cuando Luz estaba sola con los niños (y con el matrimonio filipino) en la casa de la playa, Rosario la llamaba por teléfono diariamente. Tenía la incómoda sensación de que su hija había sido abandonada, tal y como siempre había temido. Un hombre tan guapo y tan rico como Félix Unceta estaba abocado a abandonar a Luz.

En una de las conversaciones telefónicas que tenían lugar, indefectiblemente, a la caída de la tarde, cuando Rosario daba por medio concluido el día y pensaba que las dos, ella y su hija, tendrían más cosas que contarse, Luz le comentó a su madre que se había olvidado de llevarse a la casa de la playa las cartas del tarot, a las que se había aficionado, una novedad. No importaba, claro, siempre podía comprarse otras, no era un asunto irresoluble. Lo curioso era, comentó Luz, que se había llevado los libros (dos) que explicaban cómo debían tirarse las cartas y el significado de las cartas y de las tiradas. Pero fiel a su carácter tranquilo, y como si quisiera hacer desaparecer el menor atisbo de inquietud que aquella confesión –el olvido de la baraja del tarot– pudiese haber provocado, ni siquiera le pidió a su madre que se las enviara, tal como había hecho con los chubasqueros.

A Rosario, sin embargo, el asunto le pareció importante. Primero, no sabía que su hija se hubiera aficionado al tarot. Segundo, el tono que había empleado Luz era el de alguien a quien le interesa mucho una cosa y no entiende por qué se ha producido ese olvido. Algo parecido (o contrario) al lapsus.

Una idea surgió de pronto en la mente de Rosario: enviar a su hija las cartas del tarot. Estaba segura de que a Félix todo ese asunto le parecía una tontería y que Luz no le pediría que le llevara las cartas en su próximo viaje. Sería ella, la madre, quien se encargaría de hacer llegar la dichosa baraja a su hija. Luz tenía derecho a ese capricho, por absurdo que fuera. Tenía el derecho de hacer cosas que no entraban en los parámetros establecidos por Félix. En el fondo, si enviaba a su hija la baraja del tarot no era tanto para satisfacer los deseos de Luz como para fastidiar a Félix.

Rosario salió de casa a media mañana, bajo un sol implacable, con las llaves de la casa de su hija en el bolso. Se sentía como quien va a cometer una especie de delito. En cierto modo, así era. Nadie estaba al tanto de esa intrusión. Hacía horas que Félix debía de haberse marchado a su trabajo y la asistenta iba por las tardes.

La llave giró silenciosamente en la cerradura. La puerta, al abrirse, no hizo el menor ruido. Las sandalias de Rosario se deslizaron blandamente por el pasillo.

Se escuchaban unos ruidos. Y muy extraños. Aullidos, gemidos.

Rosario avanzó hasta la puerta del dormitorio, que estaba entreabierta. La empujó levemente. Se convirtió en una estatua de sal.

Dos personas desnudas, entrelazadas, eso había sobre la cama. Moviéndose compulsivamente, jadeando, gritando casi. Félix y otra mujer.

– ¿Qué es esto? –dijo al fin Rosario–. ¿Qué hacéis aquí?, ¿quién es esta mujer?

Siguió allí, petrificada, otra vez muda.

Entonces vio la cara de la mujer. La conocía. Era Elvira, la gran amiga de Luz. Recordó lo que le había dicho hacía poco Luz: al cabo de los años, la amistad se había reanudado. ¡Reanudado!, ¡y de qué manera!

– ¡Qué vergüenza! –susurró.

Luego se dio la vuelta y se fue.

No volvió a pensar en las cartas del tarot.

Félix telefoneó a su suegra esa misma noche, pero ella se negó a hablar con él. Al día siguiente, se presentó en la casa, habló con su suegro. Le confesó, compungido, que todo había sido un capricho, un error, que, por favor, lo olvidaran. No se volvería a repetir. Él mismo no entendía por qué lo había hecho. Era mejor dejar a Luz al margen, que no sufriera, ¿para qué? No había ninguna razón. No iba a volver a suceder. No había sucedido. Lo pedía por favor. Que lo olvidaran todos.

Rosario se negó a hablar con él.

A mediados de septiembre, Luz, los niños y el matrimonio filipino regresaron de la casa de la playa. 

Luz llevó los niños a su madre para que viera el buen color que el sol y el aire del mar habían dejado en su piel. Los cuatro, las dos niñas y los dos niños, estaban más guapos que nunca, el pelo se les había aclarado y a las niñas se les habían formado pequeños tirabuzones. Correteaban por el pasillo, iban de aquí para allá, la merienda descansaba sobre la mesa del comedor.

Luz dijo a sus hijos, con mucha suavidad, que comieran algo, uno de esos sándwiches tan ricos que preparaban siempre en casa de la abuela.

Los niños volvieron a salir al pasillo. Rosario y Luz estaban sentadas en las butacas, junto a la ventana. Aún era de día. Se escuchaban las risas de los niños, las carreras, los gritos.

Rosario miró a su hija, que parecía sonreír al infinito, abstraída.

– Tengo que decirte algo –dijo Rosario–. Es muy doloroso para mí, y sé que te va a hacer daño. Pero lo tienes que afrontar. No se puede vivir de espaldas a los hechos. Mi deber como madre es decírtelo.

– No sigas –dijo Luz, tajante–. No tienes nada que decirme. Lo sé todo. Félix me lo ha contado. Es espantoso, por muchos motivos. Pero no lo voy a hablar contigo. Es algo entre Félix y yo. Ya está arreglado.

Rosario intentó decir algo, pero las palabras se le quedaron dentro.

Luz se levantó y llamó a sus hijos.

– Nos vamos –dijo–. Se nos ha hecho muy tarde.

Así fue. Se marcharon. Los niños dieron un beso a su abuela. Luz musitó un escueto «adiós». Rosario evitó mirar a su hija.

¿La conocía?, se preguntó, sentada de nuevo en la butaca. ¿Conocía a Luz? En muy contadas ocasiones Luz había sido tajante. Cortante, incluso. De pronto, Rosario lo recordó: había ido a casa de Luz para coger las cartas del tarot y enviárselas a la casa de la playa. Se lo tenía que haber dicho a su hija. No había ido para espiar a nadie. Sus intenciones habían sido buenas.

No volvieron a hablar del asunto. Félix acudía a la casa de sus suegros en las fiestas familiares, se comportaba con educación, con forzada cordialidad, pero discretamente, sin exageraciones. Seguía siendo atento con Luz, quizá menos cariñoso. Era menos cariñoso con todo el mundo. Rosario apenas le miraba, aunque le saludaba.

Luz tampoco miraba mucho a su madre. Nunca se quedaba a solas con ella, pero cuando iba a ver a sus padres, no sólo en las fiestas familiares, sino con cierta frecuencia, sonreía vagamente al infinito. La misma sonrisa de su padre. Resignación o carácter, manera de ser.

La de Rosario fue una muerte rápida. Perdió el conocimiento una mañana y murió antes de medianoche. Pedro, su marido, la lloró. Luz, su única hija, la lloró también. No sabía si había perdonado a su madre, pero, sorprendentemente, la lloró.

Nunca llegó a preguntarse por qué había ido su madre a su casa en mitad de aquella mañana de verano. Si había llegado a odiarla, no era sólo por eso. Hubiera querido que las lágrimas se llevaran por delante todo el odio acumulado contra su madre. Pero eran unas lágrimas que no se llevaban nada, que sólo intentaban expresar algo, una incertidumbre, una vaga queja. Unas lágrimas que había que olvidar.

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Chicos y chicas

'Se vende sanidad pública'

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Soledad PuértolasAnagramaOctubre de 201617,90 euros

La editorial

Anagrama es uno de los pilares de la edición española. Jorge Herralde, todavía al frente del sello, la fundó en 1969. Aunque ahora se le conoce, sobre todo, por sus colecciones color crema, creadas en los ochenta, y sus autores de ficción, españoles e internacionales, comenzó como una editorial especializada en ensayo "en el ámbito de la izquierda heterodoxa", según la descripción del propio sello. De hecho, el premio Anagrama de ensayo nació diez años antes que el Herralde de novela. La editorial es responsable también de una de las primeras colecciones de bolsillo de España, su colorida Compactos. Según datos de la compañía, actualmente publica unos 75 títulos al año en edición normal y otros 40 en bolsillo

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