Maleta de libros

'Mamá para cenar', una novela caníbal

Portada de Mamá para cenar.

Shalom Auslander

Shalom Auslander (Monsey, Nueva York, 1970) escribe su historia más delirante, donde las convenciones sociales absurdas y las tradiciones familiares rocambolescan desencadenan una serie de acontecimientos a mitad de camino entre hilarantes y terribles. Mamá para cenar (editorial BlackieBooks) estará en las liberías a partir del 22 de septiembre y en infoLibre adelantamos un fragmento de la novela de Auslander:

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'Mamá para cenar'.

Las madres saben fatal.

Son repugnantes, de la cabeza a los pies —la cabeza es la peor parte—, y no hay condimento que valga, pregúntale a cualquiera que se haya comido una. Ya puedes asarlas, cocinarlas al baño maría, deshidratarlas o convertirlas en cecina, que no servirá de nada. Incluso el olor es horrible: asa una a la parrilla y pensarás que alguien ha estado quemando neumáticos de coche; y, no es por nada, pero con un poco de alioli probablemente un neumático sabría mejor que una madre.

Que conste que no es una cuestión de género, no te emociones. Las mujeres en general no saben peor que los hombres y, de hecho, a menudo saben mejor. En gran medida depende de la preparación, por supuesto, pero los hombres tienden a vivir vidas sedentarias, lo que les da un sabor ahumado que no es del agrado de todos. Las mujeres, en cambio, tienden a ser más activas y a vivir más tiempo; su carne es más magra y su sabor, más sutil.

Pero las madres (concretamente, las mujeres que han dado a luz) son harina de otro costal.

Las madres tienden a vivir mucho más tiempo, con lo que se vuelven correosas y secas: sus años condimentados con desilusiones y angustias, sus muertes a menudo precipitadas por largos períodos de confinamiento en cama, que acartonan músculos y articulaciones.

Como decían en la antigua patria: «Con madre muerta en el convite, nadie repite».

No es que los padres sepan bien, pero los hombres suelen morir antes y a menudo de forma repentina. A ver, tampoco es que sean wagyu, pero sí son mucho más apetecibles que las madres.

«Y ¿qué pasa con los que mueren realmente jóvenes?», te preguntarás. «¿Saben bien?»

Pues sí.

Son una delicia.

Es una ironía terrible, de la que solo el antiguo pueblo caníbal es consciente:

Cuanto más joven es el muerto, más dulce es la carne. Cuanto más dulce es la carne, más amarga es la pena.

* * *

Séptimo Seltzer estaba en su oficina con vistas al bullicioso distrito del SoHo de Manhattan, preguntándose cuántos Whoppers (con doble de bacon y extra de queso, sin lechuga) de Burger King iba a comerse su madre antes de caer muerta. Llevaba años comiéndolos, a menudo hasta doce al día, todos los días, tratando de engordar para la muerte, como mandaba la tradición.

«¿Cien, tal vez?», se preguntó.

«Mil.»

«Como mucho.»

«Es imposible que se coma más de mil Whoppers», pensó. Estaba muy equivocado.

Séptimo llevaba años temiendo la muerte de su madre, desde antes incluso de que empezara a comer Whoppers. Sabía que el momento se acercaba, ineludible como una tormenta frente a la que solo cabía resistir, sobrevivir de alguna manera. Asimismo, sabía también lo que su madre le iba a pedir cuando llegara el momento final.

Iba a preguntarle... eso.

La pregunta del millón.

Si se la iba a..., en fin, ya se entiende.

Su madre pronunciaría las palabras —llevaba toda la vida esperando aquel momento—, pero Séptimo no podía; de hecho, no podía ni pensarlas. Pero sabía qué palabras serían y sabía también que, a pesar de todas las promesas que se había hecho a sí mismo a lo largo de los años, de su ardiente determinación de no mirar atrás y de su desesperada necesidad de darle la espalda a ella y al patrimonio cultural singular que compartían, iba a llorar, iba a secarse las lágrimas e iba a responder: «Sí, Mudd, claro que sí».

—¿Mudd? —había preguntado el Dr. Isaacson durante una de las primeras visitas.

—Es como llamábamos a nuestra madre —dijo Séptimo. —¿Y eso?

—Bueno —dijo Séptimo—. Es una historia con varias versiones.

—Todas las historias tienen varias versiones —repuso el Dr. Isaacson.

Séptimo llevaba más de una década sin ver a su madre. Entonces, un día, hacía tres años, su hermana Cero lo había llamado y le había dicho que Mudd había empezado a comer Whoppers (con doble de bacon y extra de queso, sin lechuga), una docena al día, todos los días, para engordarse antes de morir. A Cero le preocupaba su comportamiento y le pidió a Séptimo que la llamara e hiciera algo.

«No la llames», pensó Séptimo.

La llamó.

«Mierda», pensó Séptimo.

—Hola, Mudd —dijo Séptimo—. ¿Qué tal?

—Me estoy muriendo —respondió ella.

—Te estás muriendo porque comes Whoppers —dijo él. —Como Whoppers porque me estoy muriendo —repuso ella.

El Dr. Isaacson le había aconsejado a Séptimo que no contactara con su madre, pues Séptimo siempre estaba más deprimido cuando hablaba con ella que cuando no lo hacía. Pero la culpa lo había abrumado y la había llamado a pesar del consejo del Dr. Isaacson. Por lo menos se había resistido a ir a verla, algo que se tomó como una pequeña victoria. Mudd, en cambio, se tomó como una gran victoria el hecho de que su hijo la hubiera llamado, puesto que sabía que tarde o temprano aparecería ante su puerta.

—Pues vale —respondió él—. Haz lo que quieras. Sigue comiendo Whoppers, pero no pienso ir a verte. Como dejando claro que no había perdido.

—Me has llamado —dijo ella—. Eso es lo único que importa.

Como dejando claro que había ganado.

«Mierda», pensó él.

Tres años más tarde, sentado en su oficina, Séptimo Seltzer estaba ocupado con una macabra operación matemática: una docena de Whoppers al día, todos los días, durante un año.

—Oye Siri —le dijo a su teléfono—, ¿cuánto es doce por trescientos sesenta y cinco?

—He encontrado lo que estás buscando —dijo Siri—. Doce por trescientos sesenta y cinco son cuatro mil trescientos ochenta.

«¿Cuatro mil quinientos Whoppers al año?», pensó Séptimo. «Es imposible que se coma cuatro mil quinientos Whop pers en un año.»

Era por la mañana pero, al otro lado de la ventana de su oficina, el cielo sobre el río Hudson había empezado a adquirir el tono gris apagado y oxidado de la carne de matadero cuando ha pasado demasiado tiempo fuera de la nevera. Se acercaba la primera nevada del invierno, que iba a pillar a la ciudad desprevenida, pero Séptimo tenía demasiado trabajo como para preocuparse por eso. Su escritorio estaba enterrado bajo una montaña de manuscritos por leer, cada uno de ellos (lo sabía) otra tediosa versión de lo que últimamente le había dado por llamar la No Tan Gran Novela Algoamericana. Era lo único que se escribía en aquel momento y lo único que Rosenbloom, su jefe, quería publicar.

La No Tan Gran Novela Algoamericana tenía una serie de elementos esenciales que Séptimo, con todo su odio por el género, se había dedicado a codificar rigurosamente. El Viaje del Héroe Algoamericano (porque todos habían emprendido un viaje, ¡que Dios lo ayudara!, y todos eran héroes) constaba de seis fases elementales. La primera fase era el Arduo Viaje al Nuevo Mundo, el peligroso y miserable viaje desde Algún Lugar hasta Estados Unidos (algunas veces en coche, otras en tren, pero normalmente en un barco que flotara cuanto menos, mejor; las balsas son uno de los medios de transporte favoritos desde Twain, después del siempre popular «aferrarse a un madero a la deriva»). Los protagonistas se dividían mitad y mitad entre Víctimas que Huyen de Algún Mal Mayor e Inocentes que Persiguen Sueños Nobles pero poco Realistas. A esta fase le seguía la breve pero crítica Fase Dos, Sueños Destruidos que Llevan a la Desesperación Total. Sueños de libertad, riqueza, seguridad o amor: cualquier sueño servirá, siempre y cuando acabe hecho añicos. (En las obras que la crítica consideraba las verdaderas joyas del género, acababan destruidos los cuatro tipos de sueños, una técnica a la que Séptimo se refería como la Escalera de Color de las Adversidades.) Inmediatamente después de los Sueños Destruidos que Llevan a la Desesperación Total venía la tercera fase, la Determinación Frente a la Represión Sistemática. Esta fase, junto con la cuarta, la Lucha por la Aceptación, constituía el meollo de todas estas historias, el momento en el que el personaje principal, puro de corazón y con los ojos abiertos de par en par, aprendía que el Nuevo Mundo que lo había adoptado era un retrete sucio al que inevitablemente lo arrojarían antes de tirar de la cadena. Pero se trataba siempre de protagonistas nobles y que no se rendían, de modo que finalmente llegaban a la quinta fase, el Deseo Revelado como Defecto Trágico, en la que el personaje principal descubría que el problema no estaba en el Nuevo Mundo, sino más bien en su propio deseo de estar allí, una carencia espiritual inherente al héroe que hacía que éste prefiriera las recompen sas frívolas, vacías y superficiales del Nuevo Mundo a las recompensas más profundas y espirituales del Viejo. Esta fase era crucial para el éxito del libro, ya que nada aseguraba tanto la aceptación cultural de una obra como el rechazo de la cultura en cuyo seno había surgido.

Los finales de estos libros eran el elemento más cambiante y, de hecho, se habían ido adaptando a los tiempos. Durante muchos años, justo antes de que el sol comenzara a ponerse en el Imperio Americano, estas historias terminaban con una séptima fase llamada Reanudación Desafiante de la Esperanza, en la que, a pesar de las dificultades y las penurias, el protagonista se negaba a perder la esperanza, por sí mismo y por Estados Unidos. Habían sido muy populares en su época, pues sugerían que lo único que se necesitaba para triunfar en América era esperanza (y, precisamente por eso, también sugerían todo lo contrario: que si uno no triunfaba en América era por su culpa, algo que parecía molestar mucho más a Séptimo que a los lectores). Más recientemente, sin embargo, los escritores de No Tan Grandes Novelas Algoamericanas habían empe­zado a optar por un final que irritaba a Séptimo todavía más que el de la Reanudación Desafiante de la Esperanza y al que se refería como Redescubrimiento Triunfal de un Patrimonio Cultural Singular, en el que el asediado inmigrante llegaba al en absoluto inesperado descubrimiento de que Estados Unidos era un vasto páramo cultural y espiritual, y comprendía que la cultura de la cual estaba huyendo era a la que tenía que volver, como Marcus Garvey pero sin los elogios al Ku Klux Klan y sin echarle la culpa a los judíos.

No era que Séptimo negara los horrores del mundo: su pueblo había experimentado de primera mano las penurias propias de la inmigración, durante cientos de años y en decenas de naciones. Al contrario, Séptimo estaba tan familiarizado con la inhumanidad del hombre para con el hombre que lo irritaba verla tan homogeneizada.

Séptimo rechazaba todos los manuscritos que leía. El problema no era que fueran previsibles; al fin y al cabo trabajaba en el mundo editorial, o sea que estaba acostumbrado a la previsibilidad. No, se trataba de un problema más grande, con el que llevaba batallando toda la vida: la identidad.

Ese palabro.

Para Séptimo, la identidad siempre había sido una prisión de la que anhelaba escapar. Blanco, negro, marrón, america no, europeo, ruso, hombre, mujer, heterosexual, gay, ellos, los otros, ateos, monoteístas, politeístas... La lista de celdas sin escapatoria posible no paraba de crecer. Y sin embargo, últimamente, a su alrededor, los prisioneros levantaban los grilletes con orgullo sobre sus cabezas y vitoreaban su propia escla vitud. Séptimo trabajaba en el octavo piso de un edificio de oficinas y, de haber tenido la garantía de que el impacto de su cráneo contra la acera iba a matarlo, se habría arrojado por la ventana hacía ya veinte No Tan Grandes Novelas Algoamericanas.

Llevaba meses sin adquirir un solo manuscrito, y esa mañana Rosenbloom había ido a verlo.

—Es que son pésimos —le dijo a su jefe.

—¿Todos? —preguntó éste.

—Sí, todos sin excepción.

—Pero algo tenemos que publicar.

—¿Por qué? —preguntó Séptimo.

—Porque somos editores —respondió Rosenbloom. —Qué mala pata.

—¿Qué te pareció la americanocroata ésa? —preguntó Rosenbloom—. Pensé que era prometedora.

—¿Qué americanocroata?

—La americanocroata lesbiana proaborto.

Séptimo se encogió de hombros.

—No me pareció tan diferente a la americanocristiana au tista adicta a la heroína —dijo.

—¿Te refieres a la americanocristiana autista hemofílica adicta a la heroína?

—No —contestó Séptimo—. La americanocristiana autista diabética adicta a la heroína.

—¿Del tipo uno o del tipo dos?

—Las dos —dijo Séptimo.

Rosenbloom suspiró.

—Somos criaturas tribales, Séptimo —dijo—. La división es el sino del hombre. Y de la mujer. Lo llevamos en la sangre. ¿Alguna vez has estudiado un mapa de la migración humana? Empezamos en África, todos juntos, y salimos cagando leches en cuanto pudimos, desafiando tormentas, océanos, bestias varias y hambrunas. ¿Por qué? ¿Por el wanderlust? ¿Para ver París en primavera? ¡No! Porque no nos soportábamos unos a otros ni un minuto más. El infierno son los demás. Eso lo dijo Sar tre, pero si el hombre primitivo hubiera desarrollado el lenguaje, lo habría dicho mucho antes. O la mujer. Recuerda mis palabras, Séptimo Seltzer: algún día cada cual tendrá su propia nación. No digo cada pueblo: cada persona. Es la única forma de que el hombre esté satisfecho. O la mujer. Seltzerlandia. Rosenbloomia. Abdullahville. Hernández Town. Casillas de medio metro por medio metro, divididas de manera uniforme y repartidas por todo el mundo, rodeadas por muros de tres metros de altura y coronadas con alambre de púas y banderas de colores llamativos; y las personas, cada una en su propia casilla, cantando conmovedores himnos sobre cómo su casilla es la mejor, cómo Dios eligió su casilla sobre el resto de las casillas, cómo ese medio metro cuadrado es su medio metro cuadrado y que Dios se apiade de quien intente arrebatárselo. ¿Y sabes qué querremos entonces?

—¿Pistolas?

—No, eso ya lo tenemos —dijo Rosenbloom—. Querremos historias. ¡Cuentos! ¡Leyendas! Sobre el sufrimiento y la opresión en nuestro cuadrado, sobre nuestros viajes desesperados, sobre la valerosa lucha de nuestro fundador para hacer de nuestro cuadrado el mejor cuadrado que ya es, y sobre los malvados enemigos que aún hoy intentan arrebatárnoslo. En Seltzerlandia contarán historias sobre los sucios Rosenbloom; en Rosenbloomia soñarán con borrar a los Abdullah del mapa; y Abdullah mirará por encima de su muro, verá a Hernández entrar en el cuadrado contiguo y pensará: «Adiós al valor de mi propiedad». Estamos obsesionados con nuestros cuadrados, con nuestra gente, con nuestro pasado. Por eso el hombre no tiene futuro. O la mujer. Ésas son las malas noticias.

—¿Y las buenas?

—Es un mercado en expansión —dijo Rosenbloom, y cogió un manuscrito del escritorio de Seltzer—. ¿Es el del latinxceilandésamericano ciego alcohólico? preguntó.

—Sí —dijo Séptimo—. Muy parecido al del libanoeritreoamericano albino de género neutro.

—Encuentra algo, lo que sea —le ordenó Rosenbloom antes de lanzar el manuscrito sobre el escritorio de Seltzer y salir por la puerta.

Y entonces sonó el teléfono.

Séptimo bajó la mirada y vio el nombre familiar en la pantalla:

Mudd.

Mudd contó una vez que, cuando Primero era un bebé, no sabía pronunciar la palabra madre y le salía mudd. —Y una mierda —dijo Primero; había empezado a decir tacos de muy pequeño—. Si la hubiera bautizado yo —aseguraba—, habría elegido algo mucho peor que Mudd. Segundo se mostró de acuerdo con Primero. Tercero estuvo de acuerdo con Mudd, pero es que Tercero siempre estaba de acuerdo con Mudd. Cuarto, el más listo de todos, se mantuvo al margen y dijo que un mito se convierte en realidad si hay suficientes personas que se lo creen.

Primero despreciaba a Mudd (solo Segundo la odiaba tanto como él, pero la verdad era que la odiaba sobre todo porque Primero la odiaba) y los apelativos que solía dedicarle eran bastante peores que Mudd. La llamaba con la palabra que empieza por a, y con la que empieza por b, y con la que empieza por c, y con la que empieza por d, y con la que empieza por e, y con la que empieza por f... Con todas las palabras, de hecho, excepto con la que empieza por m: madre. Fue el primero en nacer y también el primero, dieciocho años más tarde, en irse. «No contestes el teléfono», pensó Séptimo.

Contestó.

«Mierda.»

—Hola, Mudd —dijo.

Hubo una larga pausa antes de que ella susurrara débilmente:

—Ha llegado la hora.

—¿La hora de qué, Mudd? —preguntó Séptimo. —No te hagas el tonto —dijo Mudd—. Tu hermana ya está aquí. Y también tus hermanos.

—¿Primero está ahí?

—Sí.

—¿Primero está ahí? ¿En tu casa?

—Está abajo —dijo ella—. Con los otros.

—¿Qué otros?

—Todos —dijo—. Ha llegado la hora, Séptimo. ¿Vienes? «Di que no», pensó Séptimo.

—Sí —dijo.

«Mierda.»

Así que Séptimo Seltzer dejó las memorias de un pescetariano arabofilipinxamericano parapléjico presbiteriano siamés y se dirigió a Brooklyn.

'Razones públicas'

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