Mejor cerca del suelo

Acumulación de pasajeros en las instalaciones de la Terminal 1 del Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid Barajas, a 1 de julio de 2022, en Madrid (España).

Como si fuese una persona de esas súper profundas, sensibles y originales que va a un programa buscapareja —¿concursantes se llaman? ¿cómo se llama a esa gente?—, lo diré: me encanta viajar. Planear a dónde ir, qué ver, la compañía con la que siempre viajo, estar de vacaciones… Todo lo que implica un viaje me gusta. Ahora bien, ¿está muy lejos? ¿Hay que atravesar el mar? Uy, ahí la cosa se pone complicada. Digamos que los aviones no son lo mío. Bueno, por ser clara: odio volar. Me da auténtico terror. Yo, cuanto más cerca del suelo, mejor. Ponme un coche, una moto, un tren, una bicicleta o un patinete, lo que quieras, pero no me eleves por los aires, por favor.

Cuento esto porque, cuando se me planteó hacer un artículo para esta sección, empecé a dar vueltas a qué lugar no volvería ni harta de vino. ¿Algún sitio en España? Qué va, todos los viajes han sido increíbles. ¿Y fuera? Tampoco he salido mucho fuera, y todas mis experiencias son buenas, además de que los destinos siempre me han gustado. El bloqueo era un poco importante. Pero pensando y pensando, recordé un viaje a Budapest que, aunque me encantó, resultó un poquito atropellado. Que si no entienden mi inglés —yo lo hablo genial, el problema son ellos—, que si tengo que ir con el pijama debajo de la ropa porque el frío es indescriptible, que si casi nos quedamos sin hotel… No me parecía mala opción para contaros. Además, antes de despegar, la aventura empezó en el aeropuerto.

Lo tenía claro. Ese era mi “Conmigo que no cuenten”. Empiezo a escribir y, al terminar de contar lo del aeropuerto, me asalta la duda. “¿Fue en este viaje? Yo juraría que sí, pero no estoy segura”. Se me empiezan a venir a la mente otras anécdotas similares. “¿Y te acuerdas de cuando…?”, me digo a mí misma una y otra vez. “Jolín, es que a donde yo no volvería jamás es a cualquier sitio que implique volar”, concluyo.

Quien me conoce sabe que peco un poquito de tener unos nervios sensibles, digamos. Y un vuelo me los altera. Por eso, cuando sé que tengo que coger un avión, hago cosas raras. A ver, no de manera exagerada, pero casi siempre pasa algo.

Esta es la historia que me ha traído hasta aquí...

Como ya he dicho, no recuerdo el destino, pero sí sé que llegamos al aeropuerto cinco horas antes, más o menos, de la hora de embarque. De esto estoy segura porque son los horarios que manejo en los aeropuertos. Si ya estoy nerviosa y encima existe la remota posibilidad de ir con prisas, apaga y vámonos. En esta ocasión fue un acierto.

No es que hubiera mucha gente, no, es que la larga cola que se formó en el control fue culpa mía. Todo iba bien, a pesar de que en mi cabeza aflorasen pensamientos del tipo: "Seguro que llevo un arma en el bolso y no lo sé", "a lo mejor he metido droga en la maleta y no me acuerdo y ahora me pillan y me meten en la cárcel y cómo le explico yo esto a mi madre"... Lo típico. Me recuerda esto al monólogo de Enrique San Francisco en el que contaba que, al pararle la Guardia Civil cuando iba al volante, pensó que "algo" debía "llevar mal": "el carné caducado, un faro roto, el coche robado...". Pues tal cual.

En nuestro caso también entró en juego la Guardia Civil. Vayamos por partes. Pusimos las maletas en la cinta, nos quitamos cinturones y dejamos en las cestitas de colores los objetos electrónicos. No recuerdo exactamente por qué, pero la mujer que trabajaba en nuestra cinta nos pidió abrir la maleta. "Ya está, ahora saldrá la heroína que llevo escondida entre un pantalón y se me caerá el pelo". "No puedo", empecé a decir. No por miedo a que saliese algún estupefaciente, es que no podía de verdad. El candado de seguridad de la maleta se había quedado atascado de alguna manera. "¿Recuerda la clave?", me preguntó ella. "¿Pero cómo no la voy a recordar? ¡Claro!", le dije yo. "¡No puedo abrirla!", seguí diciendo, ya un pelín de los nervios.

Se apiadó de mí. "Déjelo, no la abra", me indicó. Pero yo ya estaba en pleno bucle. "Si el problema no es ahora, ¿qué hago al llegar? ¡Va todo aquí dentro!", le dije, como si le importase a ella y no tuviese suficiente con estar trabajando. No podía ayudarme, me decía. Me sugirió, no sé si con sorna, que acudiera a la Guardia Civil, que estaba ahí al lado.

Pues lo hice. "Por favor, no hagas el ridículo", debió de pensar Miguel. Me dio igual. A ver, en serio, sigo pensando que no es tan raro, ¿no? ¿Cómo me iba a cambiar de ropa? Me fui directa hacia uno que parecía más o menos simpático, le expliqué la situación y le pedí por favor que me abriera la maleta, como fuese. Me dijo que podía intentar forzarme el candado y me dieron unas ganas tremendas de darle un abrazo. Le di las gracias y se puso manos a la obra.

Ahí estuvo un rato largo, metiendo un gancho. Cuando reflejaba que ya no podía más y que eso no había manera de abrirlo, yo le animaba como el público de La ruleta de la suerte a los concursantes. "¡Que sí, que sí puedes!", le decía. Y surtió efecto. La maleta se abrió y yo nunca antes en mi vida había sentido el impulso de decir "viva la Guardia Civil". Esta tampoco iba a ser la ocasión. 

Un trauma desde pequeña...

Esta no ha sido la única historia. La primera me pasó bien pequeña, en mi primer vuelo. Yo tendría unos 11 años y unas ganas locas de llegar por fin a Eurodisney. También tenía ganas de saber cómo era eso de montar en avión, claro, pero la aventura, como me pasó recientemente, empezó en el control. A pesar de que este recuerdo es algo más borroso, me acuerdo perfectamente de mi hermana, mi prima, mi madre y yo pasando el arco de seguridad casi sin hueco entre nosotras. "¡Pi, pi, pi!", contestaba la maquinita. "Por favor, retrocedan y de una en una", nos indicaban. Salíamos y mientras una pasaba la otra iba detrás, pero la de delante ya había pitado y justo retrocedía. Y vuelta a empezar. En fin, una escena graciosa si la ves desde fuera, frustrante desde dentro y desesperante para los trabajadores.

No sé el tiempo que pudimos estar así. Solo sé que yo no sabía hacia dónde moverme. En medio de nuestro ridículo ritual, ya empezaron a sacar tijeras del bolso de una, grapadoras del de otra... "¿Pero esto qué es?", nos preguntaban. Como pinta de atentar no teníamos —ya digo que nos chocábamos entre nosotras todo el rato—, pues lo dejaron en un apartado y ya está. "¿Y eso que llevas tú ahí qué es ahora?", me preguntaron al llegar mi turno para pasar el arco. "Mi tamagotchi", respondí yo. Lo llevaba colgado al cuello, como siempre, y no me lo iba a quitar. "Venga, anda, pasad". Habíamos vencido.

El resto del viaje no fue mal. Es más, la experiencia no me pareció aterradora. Eso empezó a pasarme años después, cuando en un viaje a Tenerife, también de pequeña, confundía las olas del mar con "trozos de un avión estrellado", pensaba yo. Desde entonces, para abajo, nunca mejor dicho. Cada vuelo, más miedo. Tanto es así, que en el primero que tuve que hacer sola tuve la poca vergüenza de decirle a la mujer que se sentó a mi lado: "Hola, tengo miedo, por favor, ¿le importaría ir hablándome?". Nunca la voy a olvidar porque fue un absoluto encanto. No paró de hablar. Y como para decirle que se callara, encima.

Hacen falta más personas como ella, sobre todo en los aeropuertos, para lidiar con personas insoportables pero absolutamente aterrorizadas como yo. En lugar de eso, me he encontrado a una trabajadora del aeropuerto de Tel Aviv que estuvo 15 minutos con mi pasaporte en la mano preguntándome que por qué había viajado hasta allí, si llevaba armas en la maleta, si alguien había tocado mi equipaje... Al final, acabó queriendo comprobarlo, y esa vez sí que se abrió, sí. Y de par en par.

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