‘In my skin’, en el pellejo de una adolescente que tiene que cuidar de sus padres

Fotograma serie 'In my skin'.

Dentro del joyero que es la plataforma Filmin, brilla esta pequeña propuesta británica. In my skin, en mi pellejo, la flamante ganadora de los premios BAFTA a mejor guion dramático y mejor serie dramática. Sus diez episodios cortos, de media hora, se han espaciado en su emisión original desde 2018 hasta recientemente. Siguen la vida de Bethan, una adolescente que miente compulsivamente a sus mejores amigos porque se avergüenza de su familia.

Crecer con padres problemáticos

Su padre es un alcohólico que se puede volver violento en cualquier momento. Tampoco sabe nunca con qué versión se encontrará hoy de su madre, que sufre trastorno bipolar en grado severo.

No es la situación ideal para nadie, desde luego no lo es para una adolescente que busca encajar en un instituto galés de clase obrera y a la que le gustan las chicas. Y no se trata de un melodrama en el que se hayan cargado las tintas para buscar la emoción en los espectadores. Es una situación realista y real.

Una historia real

Esas cosas pasan. Le pasaron a la autora de la serie, Kayleigh Llewellyn. Se ha basado en su propia experiencia para desarrollar este proyecto. Ha alterado algunos datos, el sexo de un personaje, hacer que sus hermanos desaparezcan en la historia, lo suficiente para encajar mejor en la descripción de autoficción que en la de autobiografía.

Su relato se ha convertido en una serie cruda y tierna para contar la enfermedad mental de su madre y vital y muy divertida para recrear la adolescencia de una chica despierta que no se deja tumbar por las circunstancias.

Un pellizco al corazón

La serie pellizca el corazón en todas las facetas de la vida de su protagonista. En el intenso drama familiar, pero también en el descubrimiento del enamoramiento, en la fuerza de las amistades en esa etapa, en el humor y la valentía con las que encara su situación.

De entre todas las historias que marcan la vida de Bethan, la enfermedad de su madre es la principal. En la vida real, la autora, Llewellyn, no pudo enseñarle la serie cuando estuvo lista. En ese momento se encontraba en una fase inestable, ingresada.

Más adelante, cuando finalmente su madre estuvo mejor, se sintió orgullosa de su hija, a pesar de que expone su enfermedad en toda su dureza. También lo hace mostrando cómo la persona con este trastorno es valiosa y útil socialmente.

La enfermedad mental para los seres queridos

In my skin brilla al abordar un asunto central de las afecciones mentales severas, el papel de los cuidadores. Con un padre no sólo inútil por sus problemas con el alcohol, sino además un lastre para la convivencia, el peso de la responsabilidad recae muy pronto en la hija, ayudada por su abuela.

El sacrificio del cuidado convive con sufrir la crueldad de la enferma en las fases agudas. Bethan tiene que aprender que no es su madre quien le habla en esos momentos, sino su trastorno.

En una entrevista en The Guardian, con Rhiannon Lucy Cosslett, Llewellyn explica la difícil interiorización de no pedir cuentas a su madre sana sobre lo que dijo o hizo cuando estaba en fase maniaca. Precisamente, una de las grandezas de la serie es esa relación madre hija tan llena de amor y desgarro.

Querer a una madre y avergonzarse de ella

Llewellyn rememora haber querido muchísimo a su madre en esa etapa y a la vez sentirse avergonzada, incapaz de explicar la verdad a los demás. Un sentimiento muy común a esas edades, pero aquí en un grado extremo.

En otra entrevista para ExChange Wales, Llewellyn además explica como algunos familiares, incluida ella misma, llevan toda la carga sobre sus hombros, al desconocer ciertas ayudas sociales. Y cómo hacerlo pasa diferente factura dependiendo de la fortaleza de cada persona. Entre sus hermanos, algunos se han visto más afectados aún que ella por la situación.

La importancia del humor

Todo ese drama es perfectamente compatible con muchísimo humor. Llewellyn lo busca porque como espectadora es lo que prefiere en pantalla, pero además porque es verdad. Según ella, cuando se escribe denunciando los sinsabores de una clase trabajadora en riesgo de exclusión, puede saberse si los autores lo han vivido en sus carnes por el tono.

En algunos casos se hace “porno de la pobreza”, afirma en otras declaraciones. Pero quienes lo han experimentado saben mejor que nadie que el humor es un mecanismo de defensa, muy presente cuando las cosas se ponen duras.

Por otro lado, cuando eres niña no sabes bien que hay otros mundos, lidias con el tuyo aprovechando cada ocasión para reír, ironizar o desplegar chulería y sarcasmo.

Llewellyn afirma haber crecido rodeada de personas graciosas. Incluso su padre, ya fallecido, que aparece casi como un villano, era una persona divertida y con sentido del humor.

Interpretar la bipolaridad

La serie hace un esfuerzo de rigor y delicadeza para mostrar la bipolaridad. Un doctor especialista en el trastorno supervisaba los guiones. Y el compromiso de la intérprete del personaje Trina, Jo Hartley, ha sido radical. Acordó con la autora no conocer a su madre durante el proceso. Su preparación venía por otras vías, incluida la documentación.

En el reportaje de The Guardian, la actriz, Hartley, afirma que este personaje es el que más lejos le ha llevado en profundización en su carrera. Durante el rodaje se mantenía apartada de todo el mundo. No se lavaba el pelo tampoco en días de descanso y permanecía en personaje después de la grabación.

Un personaje que cambia en cada momento

Su interpretación resulta especialmente complicada por la inestabilidad de la enferma a la que encarna. A modo de guía, elaboraron una escala del uno al cinco para el momento de la crisis en la que se encuentra Trina en cada escena.

Se comporta de manera distinta en cada fase. Según Llewellyn, tener un familiar con bipolaridad se parece a abrir un kínder sorpresa.

La serie ha salvado a su autora

In my skin no solo ayuda a los espectadores a ponerse en el lugar de los protagonistas. Ha salvado la vida de su autora. Este proyecto la ha sacado de la precariedad y le ha dado la posibilidad de convertirse en una cotizada guionista, ahora en el equipo de la consolidada serie Killing Eve.

Llewellyn comenzó su proceso de superación personal sin saberlo. En el grupo de teatro del instituto fue encontrando el ambiente al que quería pertenecer. Desconocedora siquiera de que se podía vivir de la escritura, primero se desempeñó como actriz.

De la precariedad al éxito

La guionista, que va a cumplir 36 años, solo comenzó a escribir hace una década. Aunque en 2012 ya elaboró un proyecto de serie premiado que finalmente no se produjo.

La inestabilidad laboral y una serie de seis fallecimientos en su familia en un solo año acabaron con su red de apoyos. La dejaron al borde de la indigencia. Sólo la asistencia de la Caridad del Cine y la Televisión, una institución británica que brinda apoyos a los miembros de la industria audiovisual, le ayudó a subsistir económicamente.

El proyecto de In my skin, que vendió en 2017 a la BBC, para una primera y breve temporada, lo cambió todo. Preocupada por exponer a su familia de semejante manera, logró finalmente su aprobación y la admiración de la crítica.

Una adolescente furiosa

En sus últimos episodios hay ciertos cambios respecto a los primeros. Trina, la madre de Bethan, se encuentra en una fase estable, lo que permite a la joven centrarse más en si misma. La autora del guion dice de si misma que era muchas veces una adolescente odiosa.

Más bien parece rabiosa por disfrutar, por saborear la etapa que está viviendo. Desafía las normas en ocasiones, pero sobre todo se empeña en absorber sus experiencias con sus amigos y con sus primeros amores.

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Gabrielle Creevy encarna a la protagonista absoluta de la serie. Le imprime más carisma en cada secuencia, hasta conseguir deslumbrar. Es una compañera perfecta para el drama, pero también para el enamoramiento.

La naturalidad y la verosimilitud con la que se cuentan estos primeros amores de una joven lesbiana suponen otro de los atractivos de In my skin. Afortunadamente, se suma a una tendencia en la que cada vez hay más variedad en los relatos de afecto o de sexo.

Mientras Isabel Díaz Ayuso afirma con premeditación, lo llevaba escrito, que “en Madrid no hay clases sociales” en esta serie tenemos un vibrante ejemplo de cómo en el mundo real –una serie es más real que su discurso– la clase trabajadora en riesgo de exclusión se apura para mantenerse a flote.

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