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Aperitivo de investidura

Publicada 20/07/2016 a las 06:00 Actualizada 20/07/2016 a las 13:01    
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El estreno de la XII Legislatura se ha celebrado este martes con el aroma que tienen los platos precocinados, sólo pendientes de que un fallo del microondas o un ataque de creatividad en el último momento varíe su sabor o aspecto. El acuerdo alcanzado por Mariano Rajoy y Albert Rivera sobre la composición de la Mesa del Congreso es un aperitivo del que pueda servir para que el PP gobierne en minoría, ya sea por el consentimiento de los nacionalistas o porque desde el PSOE se ceda a la presión política y mediática que desde el minuto uno de esta partida le ha colocado como supuesto y único responsable de que España tenga Gobierno este verano o se convoquen unas terceras elecciones.

Ese acuerdo que ha dado a Ana Pastor la presidencia del Congreso y a Ciudadanos dos puestos en la Mesa que no le correspondían deja en evidencia el sentido exacto que algunos tienen de la cacareada "regeneración". Por muchos ejercicios de amnesia que practique Albert Rivera, está reiteradamente grabado que durante meses Ciudadanos criticó a otros partidos (muy especialmente a Podemos) por lo que consideraba un rasgo de la denostada "vieja política": acordar o ceder en cuestiones de contenido a cambio de obtener "sillones". Hasta el momento, los de Rivera han ejercido su aspiración de cuña o bisagra apoyando al PP a cambio de dos sillas en una Mesa a la que los resultados electorales obtenidos no le permitían sentarse.

Hubo otro argumento reiterado por Rivera (y por otros grupos) como clave para avanzar hacia la regeneración democrática: la presidencia del Congreso debe ejercerla alguien de un partido diferente al que gobierne, con el fin de garantizar el buen funcionamiento del sistema y los equilibrios de poder entre el Ejecutivo y el Legislativo. Parece que una cosa es predicar y otra renunciar a ocupar parcelas de poder, por limitadas que sean. Si añadimos además las múltiples promesas de no apoyar un Gobierno presidido por Rajoy, a estas alturas el valor de la palabra de Rivera cotiza por debajo del tipo de interés del dinero que presta el BCE, o sea cero.

Rajoy y la regeneración

Para justificar ese cambio de criterio sobre la presidencia del Congreso, Ciudadanos ha filtrado (y en el PP no lo niegan) que Rajoy pretendía poner en el cargo a Jorge Fernández Díaz o a María Dolores de Cospedal, y que ha sido Rivera quien exigió a Rajoy otro nombre que representara "mejor" la "regeneración". No era difícil. Tratándose de un ministro del Interior grabado en su despacho mientras conspiraba para forzar y filtrar pruebas contra adversarios políticos y de una secretaria general del PP que pasará a la historia de la corrupción política por su explicación del "despido en diferido" de Luis Bárcenas, cualquier ser humano sin antecedentes penales era sin duda "mejor" opción.

En lo que se pone menos el acento es en lo que a uno le parece tan escandaloso como significativo: Rajoy pretendía colocar a Fernández Díaz no en la puñetera calle (que es donde le corresponde por acumulación de dislates) sino al frente del poder legislativo, como tercera autoridad del Estado. Esa intención define de forma meridiana el afán de Rajoy por "regenerar" la política. El precio de no tener ya mayoría absoluta consiste de momento en que quizás envíe a Fernández Díaz de embajador al Vaticano y ponga a Cospedal de ministra del ramo que se le antoje.

¿Representa Ana Pastor la regeneración política que Ciudadanos defendía como condición indispensable para facilitar nuevo gobierno del PP? Es cierto que Pastor no ha sido salpicada por ninguno de los mil quinientos escándalos de corrupción que sacuden al PP, como también lo es que no hay noción de que, siendo subordinada directa y amiga íntima de Rajoy desde jovencitos, haya exigido en reunión alguna, ni del Gobierno ni del partido, la cabeza de ningún protagonista de esos casos. O que haya amagado en momento alguno con dimitir de sus puestos ante el nivel de pestilencia política que la rodeaba. Pastor forma parte del llamado G-8, grupo de ministros que gozan de la máxima confianza personal de Rajoy frente al llamado clan de "los sorayos", más jóvenes y unidos a la vicepresidenta en funciones Soraya Sáenz de Santamaría. Respecto a la capacidad, competencia, sensibilidad o sinceridad política de Ana Pastor, basta repasar su actuación como responsable de Fomento tras el accidente ferroviario de Angrois (Santiago) y escuchar a los familiares de las víctimas.

Ciudadanos ha proclamado que dirá no a Rajoy en la primera votación y se abstendrá en la segunda para facilitar la gobernabilidad sin entrar en el Gobierno. Anunciar a la vez un primer no y una segunda abstención deja clara la dosis de puro simbolismo o postureo que contiene, puesto que, si uno ve razones para un no o para abstenerse, tendrá las mismas el 3 de agosto que dos días después (salvo ofertas de sillones o de otras especies por medio). Es obvio que Rivera quiere trasladar toda la presión al PSOE para hacerlo pasar como único responsable de que haya gobierno o se repitan elecciones. Tanto con lo ocurrido en la Mesa del Congreso como en su actitud para la investidura de Rajoy, Ciudadanos demuestra que sus principios responden al más puro pragmatismo marxista (de Groucho, entiéndase). Una característica, por cierto, que el PSOE debería haber valorado cuando decidió convertirlo en pareja de hecho durante la anterior legislatura.

El auxilio nacionalista

Por otra parte, conviene dejar claro que este primer acuerdo en el bloque de derechas formado por PP y Ciudadanos ha funcionado porque la ausencia de alternativa lo permite. El voto en blanco de nacionalistas vascos y catalanes impedía que ni siquiera en segunda votación pudiera ganar un candidato al que apoyaran PSOE y Podemos, y por eso ha perdido Patxi López. Y este es el segundo mensaje trascendente de la inauguración de legislatura. Se diga lo que se diga, y por mucho que se insista en que la división social y política ya no es entre derecha e izquierda sino entre "arriba y abajo", lo cierto es que los grupos que representan intereses conservadores (sean españolistas, vascos o catalanes) han defendido en la práctica una posición común. En el caso de la antigua Convergència, probablemente a la espera de que se les facilite a cambio grupo parlamentario propio. Y en el de ERC, con la misma coherencia que le permite gobernar en Cataluña con la derecha catalana de toda la vida: poniendo su objetivo soberanista muy por delante de su ideario progresista.

Tres días después de advertir que no acudiría a la investidura si no cuenta con apoyos suficientes, Rajoy se ha declarado dispuesto "a gobernar con sólo 137 diputados". Aunque lo parezcan, una cosa y la otra no son incompatibles. Rajoy está decidido a seguir en el poder (y a ejercer un gobierno débil) ya sea moviendo al 'sí' a Ciudadanos o con la abstención de socialistas, nacionalistas o episcopalianos. En esto la derecha (ya lo demostró Aznar) no conoce líneas rojas, aunque permanentemente se las marque a los demás.

Esta cruda realidad tiene una consecuencia obvia: mientras PSOE y Podemos se perciban mutuamente como el gran adversario a batir y no acepten colaborar entre ellos ni sumar puntualmente a terceros, las fuerzas conservadoras, pragmáticas y nacionalistas, mantendrán el poder. La regeneración puede esperar.

EL AUTOR


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