Ayuso y la reducción de ayuda a los pacientes dependientes

Petri Rogero | J. Luis Carpintero

La atención a las personas en situación de dependencia no puede convertirse en un negocio ni depender de la capacidad económica de las familias. Se trata de un derecho humano fundamental ligado a la dignidad y a la obligación del Estado de proteger a quienes se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad.

Los pacientes con enfermedades graves como la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) necesitan una red pública de cuidados estable, universal y humana. Sin embargo, la progresiva privatización de los servicios sociales y sanitarios ha debilitado este principio de solidaridad, transformando el sufrimiento en un espacio de rentabilidad empresarial.

La Ley de Dependencia de 2006 reconoció el derecho de las personas dependientes a recibir apoyo para desarrollar actividades básicas de la vida diaria. Aun así, miles de personas continúan esperando ayudas mientras España invierte apenas un 0,8% del PIB en dependencia, muy por debajo de la media europea.

La externalización de los cuidados ha provocado un deterioro de la atención, listas de espera interminables y una creciente precariedad laboral entre las trabajadoras del sector. Muchas familias se ven obligadas a asumir en soledad una carga física, emocional y económica insoportable. El peso de esta realidad recae especialmente sobre las mujeres, que constituyen la mayoría de las cuidadoras informales y sufren graves consecuencias psicológicas y laborales.

España invierte apenas un 0,8% del PIB en dependencia, muy por debajo de la media europea

La situación en la Comunidad de Madrid representa uno de los ejemplos más alarmantes de esta deriva. El Gobierno regional de Isabel Díaz Ayuso pretende aplicar recortes de hasta el 40% en las ayudas destinadas a pacientes con ELA en situación de gran dependencia, precisamente quienes necesitan ventilación mecánica y asistencia permanente para sobrevivir.

Aunque la Ley ELA de 2024 buscaba garantizar una protección homogénea, la realidad demuestra que la vida de los pacientes continúa dependiendo de su código postal y de la renta familiar. Mientras otras comunidades amplían las ayudas públicas, Madrid reduce las prestaciones a cantidades insuficientes, obligando a muchas familias a asumir gastos imposibles o incluso a renunciar a cuidados esenciales.

Esta desigualdad territorial rompe el principio de cohesión social y convierte un derecho básico en una lotería geográfica. Además, el Tribunal Supremo ha señalado recientemente que los cuidados esenciales para personas con gran dependencia no pueden tratarse como servicios voluntarios ni someterse a criterios mercantiles.

Por ello, resulta urgente blindar legalmente las prestaciones vinculadas al soporte vital, eliminar los copagos en servicios esenciales y reforzar una red pública de cuidados digna y universal. Porque una sociedad democrática se mide por la forma en que protege a quienes más la necesitan. El cuidado no puede seguir siendo un privilegio: debe ser un derecho garantizado para todos.

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Petri Rogero | J. Luis Carpintero

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