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Amar la naturaleza

Rafael Santana

La Naturaleza ha sido siempre un referente para mí desde pequeño. Tanto por influencia de mi padre y, sobre todo, de mi madre, que a su vez la recibió de su abuela, mi bisabuela materna. Amante de la natura desde la más tierna infancia, me pasaba las noches asomado al balcón, una pequeña ventana para contemplar el cielo, desde donde viajaba al espacio exterior entre estrellas, constelaciones, galaxias y planetas. Otras veces era a través de mis lecturas, de los libros de montañismo, desde donde escalaba imaginativamente hasta las más altas cumbres, el alpinismo, el andinismo y la cordillera del Himalaya. Y desde bien pequeño salí al monte cada domingo, cada oportunidad que tuve. El monte “coronado” era nuestro patio de recreo particular.

La Naturaleza, como a mi gusta escribirla, en mayúsculas, es nuestra madre. Debemos cuidarla.

Somos tierra, en esencia, y tras abandonar este mundo definitivamente, volveremos a ser polvo, polvo de estrellas.

Porque también estamos hechos de la misma esencia, de la misma materia que las estrellas. Somos la misma substancia, protones, electrones y neutrones...

La Naturaleza es nuestra madre. De ella venimos. A ella iremos a parar tras nuestra muerte.

La Naturaleza es el aire que respiro. La Naturaleza es la Tierra que piso, los alimentos que como. Es el agua que bebo y en la que me baño. Que riega los alimentos que después voy a comer. La Naturaleza es el fuego que me calienta con los rayos del sol y que hace crecer todo en este mundo, que calienta la vida. La Naturaleza son los árboles que en su continua regeneración del aire que respiramos hacen posible la vida en este Planeta.

Soy Tierra,

Soy aire,

Soy mar,

Soy fuego en vasta soledad.

La Naturaleza tiene en mí su más leal aliado. Porque tras muchos años de vaivenes, de incomprensibles giros del destino, que han dibujado el círculo quebrado de mi existencia, sigue siendo la más firme referencia sobre la que me asiento, sobre la que me sustento.

He fijado la vista en las estrellas desde que tengo memoria y en las montañas, los bosques y la mar, ya que nací a sus orillas, respirando el yodo y el salitre marinero.

He caminado por los valles, entre las mesetas de los viñedos. He surcado olivos primigenios. Sigo andando pese a mi terca edad en la que me pongo de hastío y, sin embargo, sigo diciéndome que lo mío es caminar. Caminar pese al allende de los estíos, vagando por el fondo del mar. Sin apelativos, desnudo, intrínsecamente despacio, vacío, desnudo de toda soledad.

Te amo más que a mi vida, voy caminando despacio, sin tiempo, sin prisas, sin límites, lleno de soledad. Soledad amarga porque quiero ser libre y volar con el viento. Porque amo a esta tierra mía, que tanto quiero, que tanto me dice.

La Madre Tierra, la Pachamama, como la llaman por tierras americanas, el planeta azul, según se ve desde el espacio, que gira y gira sin cesar, llevándonos por el universo, único y diverso, viajando por la galaxia de la Vía Láctea.

Todo está en continuo movimiento, en continua transformación y en permanente cambio, sosteniendo un delicado y continuo equilibrio (por algo el cambio es lo único permanente en el Universo Tao).

Todo es energía vibrando y cambiando y transformándose.

Todo son ciclos.

Como los ciclos de la continua regeneración y muerte, en la que nos hallamos inmersos desde los albores de este universo hasta la llegada de las parcas, con su barco que nunca ha de tornar.

Rafael Santana es socio de infoLibre

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