La guerra en mi familia

Miguel Miranda Aranda

Mi abuela Miguela siempre vistió de negro. De negro y de amargura. Antes de la guerra, la gripe la dejó viuda y se quedó sola con tres hijos para criar. Mi padre era el pequeño. Dionisio era el mayor y, poco más que adolescente, se fue voluntario al frente. Habían bombardeado nada menos que a la Virgen del Pilar y había que defenderla de los rojos malvados. O, por lo menos, así se lo metió en la cabeza un cura del pueblo, al que yo mismo llegue a conocer décadas después con las insignias de coronel encima de la sotana. Y decían que, en una acalorada discusión en un campo de futbol, llegó a enseñar el arma que escondía. Pero eso ya fue en los 70.

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A mi tío Dionisio le fue peor. La primera vez mi abuela lo reclamó por hijo de viuda, pero luego lo reclutaron por edad, volvió al frente y, en el último permiso que disfrutó, me aseguraba mi padre que ya tenía dudas y malos presagios. En un pueblo llamado Marcén, en la provincia de Huesca, una bala le atravesó el pecho de lado a lado sin que el “Detente, bala” que llevaba (un Sagrado Corazón con esa leyenda) tuviera ningún efecto. Allí estuvo enterrado hasta que, pocos años después, mi abuela, desconsolada pero más fuerte que un roble, viajó con un taxi; preguntando averiguó el lugar exacto de su tumba y se volvió al pueblo con el féretro en el techo del coche, supongo que entre el pasmo y la sorpresa de los que la vieran pasar. Al principio dejaron sus restos, creo que por imperativo político, en un nicho gratuito del Panteón de los Caídos, que todavía existe aunque en franco deterioro. Pero en cuanto pudo, mi familia rescató los restos para que compartieran el nicho de sus padres, a la vez que hacía un gesto de desafección a un régimen que no trajo sino desgracia. Todavía está la lápida con su nombre, pero el nicho está vacío.

“Había que defender a la Virgen del Pilar”, decía el cura-coronel. Esa fue la droga con la que inocularon a tantos jóvenes mientras ellos se quedaban en la retaguardia

La vida de mi abuela fue realmente dura. Era obrera textil. En los famosos años del hambre, sacar adelante a dos hijos no fue fácil y seguramente eso agrió su carácter, que solo se aliviaba queriendo y viendo crecer a sus nietos. Quiero creer que fuimos un bálsamo para ella y que alguna alegría le dimos en sus últimos años.

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Aunque ya solo quedaban los recuerdos transmitidos, quise visitar aquel pueblo en el que mi tío Dionisio murió, ver el pequeño cementerio en el que estuvo enterrado, subirme al cerro más alto y contemplar aquel paisaje, el último que vio en su corta vida, y tratar de entender por qué tuvo que morir. “Había que defender a la Virgen del Pilar”, decía el cura-coronel. Esa fue la droga con la que inocularon a tantos jóvenes mientras ellos se quedaban en la retaguardia. Y ahora dicen que las bombas, que todavía se ven colgadas dentro de la basílica, no son objeto de la memoria histórica. Lo que hay que aguantar, incluso de historiadores supongo que ávidos de cobrarse el favor.

En los 70, por un artículo en una revista escolar, fui objeto de una investigación policial y seguramente por la edad, pero también por las circunstancias familiares, me libré. Cuando la policía acudió al Ayuntamiento a pedir información, se encontraron con un funcionario falangista que conocía bien a mi familia y contaba que les había mandado de vuelta a Zaragoza diciéndoles: “Hombre, por favor, si es sobrino de un caído por la patria”. Y los policías hicieron mutis por el foro y yo ni me enteré hasta algunos días después. Afortunadamente, mi abuela no se enteró, porque en su cabeza se hubieran despertado todos los peores fantasmas familiares.

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Me llamo Miguel por ella y no la olvido.

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Miguel Miranda Aranda es antropólogo, trabajador social y socio de infoLibre.

Mi abuela Miguela siempre vistió de negro. De negro y de amargura. Antes de la guerra, la gripe la dejó viuda y se quedó sola con tres hijos para criar. Mi padre era el pequeño. Dionisio era el mayor y, poco más que adolescente, se fue voluntario al frente. Habían bombardeado nada menos que a la Virgen del Pilar y había que defenderla de los rojos malvados. O, por lo menos, así se lo metió en la cabeza un cura del pueblo, al que yo mismo llegue a conocer décadas después con las insignias de coronel encima de la sotana. Y decían que, en una acalorada discusión en un campo de futbol, llegó a enseñar el arma que escondía. Pero eso ya fue en los 70.

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