Sofá, palomitas y masacres

Verónica Barcina

En el siglo XXI, la conciencia, si alguna vez existió, está en serio peligro de extinción, como la mariposa monarca (Danaus plexippus), el oso polar (Ursus maritimus) o el Abies pinsapoDetrás de todo ello se encuentra la mano del hombre, cada día menos homo y menos sapiens, como demuestra la evidente regresión evolutiva de la humanidad en manos de antropoides como Trump, Netanyahu, Milei o Abascal. La imagen de un simio descubriendo el poder aniquilador de una quijada (2001 una odisea en el espacio) acude a la mente cada vez que aparece en pantalla alguno de los susodichos u otros de la misma ralea extremista.

Una de las mutaciones experimentadas por el ser “humano”, para compensar la merma de conciencia, es la consolidación del estómago como órgano capaz de engullir comida sin inmutarse a la vez que consume imágenes y sonidos de genocidios, masacres y asesinatos, sean de venezolanos sin juicio o de mujeres a manos de machos. La comida basura puede provocar ardores; la muerte y la sangre provocan cada vez más indiferencia. Entre risas, siempre hay alguien que zapea para huir de Gaza o Ucrania y buscar fútbol, toros, concursos o cualquier entretenimiento de poca o ninguna exigencia intelectual.

En un tiempo donde el llamado buenismo es perseguido y se eleva al poder de los estados a psicópatas sin entrañas, el ser humano asume el riesgo de la autodestrucción como el designio de un dios en cuyo nombre unas minorías sojuzgan a la inmensa mayoría. Cuando la ley de la selva sustituye a la civilización, el sufrimiento y la muerte son la única opción para los débiles, para quienes hacen del buenismo la pauta de convivencia social. Ha sucedido muchas veces a lo largo de la Historia y en ello estamos hoy, esperando sin esperanza a que el apocalipsis televisado entre en nuestros hogares de forma irremediable.

Cuando la ley de la selva sustituye a la civilización, el sufrimiento y la muerte son la única opción para los débiles

Tras siglos o milenios de lucha por la dignidad se ha ido logrando un cierto bienestar, en el llamado primer mundo o mundo desarrollado, que en cuestión de un par de lustros ha casi desaparecido. Hay cosas que la razón no comprende, como el hecho de que la Argentina haya elegido a un híbrido de bufón y sádico para joder la vida a la ciudadanía retrotrayendo sus condiciones vitales y laborales a la lejana época de los faraones; o que el exterminio del pueblo palestino haya sido ejecutado por el gobierno israelí como reedición del padecimiento del pueblo judío a manos del nazismo (víctimas convertidas en verdugos); o que el faro de la democracia mundial haya virado hacia el fascismo que siempre lo habitó.

Noticias de muerte y destrucción, imágenes de horror e inhumanidad, ocupan la actualidad mediática, circulan en las redes sociales y son parte de las charlas habituales en un caos ordenado donde compiten con la indecencia inmobiliaria, la codicia desmesurada del mercado, la inmoralidad energética, la corrupción política y empresarial, el deterioro intencionado de los servicios públicos y el apoyo a su privatización, la persecución de colectivos minoritarios y otras desgracias que convierten la vida en un infierno cotidiano.

De forma inexplicable, las generaciones más amenazadas por el demencial panorama practican el carpe diem rindiendo culto al cuerpo en peluquerías, manicuras, gimnasios, cirugías estéticas y otras industrias desvalijadoras donde disipan los escuálidos salarios en los ávidos altares de la impostura y el postureo. Digamos que es la generación del sofá, la del móvil organizando sus misántropas vidas, la que pide palomitas a Just eat para ver las desgracias ajenas con el convencimiento de gozar de inmunidad. La que vota a su verdugo.

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Verónica Barcina es socia de infoLibre.

En el siglo XXI, la conciencia, si alguna vez existió, está en serio peligro de extinción, como la mariposa monarca (Danaus plexippus), el oso polar (Ursus maritimus) o el Abies pinsapoDetrás de todo ello se encuentra la mano del hombre, cada día menos homo y menos sapiens, como demuestra la evidente regresión evolutiva de la humanidad en manos de antropoides como Trump, Netanyahu, Milei o Abascal. La imagen de un simio descubriendo el poder aniquilador de una quijada (2001 una odisea en el espacio) acude a la mente cada vez que aparece en pantalla alguno de los susodichos u otros de la misma ralea extremista.

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