Ayuso, víctima de la Riviera Maya Pilar Velasco
El circuito iberoamericano de Ayuso por la nueva derecha ultra y populista probablemente no termine en México, pero será difícil que la gira permanente de la presidenta madrileña siga moviéndose con la opacidad que lo ha hecho hasta ahora. Lo más llamativo del viaje no es siquiera su duración. Es el vacío informativo de las reuniones, de los interlocutores, de los resultados concretos. Lo que se ha gastado Ayuso en México junto a su séquito sigue siendo una incógnita, a la espera de que las solicitudes al Portal de Transparencia obliguen a la Comunidad de Madrid a dar explicaciones. Diez días de agenda en off para reunirse con cuatro gobernadores conservadores, un puñado de empresarios y encadenar entrevistas en medios afines no justifican ni el despliegue institucional ni el gasto público. Entre otras cosas porque el principal objetivo nunca fue atraer inversiones. El viaje estaba pensado para alimentar la construcción política internacional de Ayuso y reforzar su agenda personal al margen de la dirección nacional del PP.
Si para algo ha servido este enésimo viaje al extranjero es para hacer el ridículo en México, en Madrid y en las embajadas. Mientras la Casa Real y el Gobierno trataban de recomponer puentes con gestos institucionales y prudencia diplomática, Ayuso aterrizaba en México con un dispositivo organizado al margen de las embajadas y apoyado por el PAN para convertir a Hernán Cortés en arma arrojadiza cultural.
Su periplo mediático por los medios amigos tampoco ha conseguido que la escasa agenda pública sea creíble. Nunca existió un peligro real para la presidenta, la amenaza diplomática la ha propiciado Ayuso y el show de Hernán Cortés ha terminado en un error de cálculo. En México, el revisionismo colonial convertido en provocación identitaria incomoda tanto a la izquierda como a buena parte de la derecha. Ayuso viajó creyendo que podía exportar su batalla cultural —de la mano de Nacho Cano— y acabó proyectando una caricatura de la derecha española en el exterior.
Pero más grave que el ridículo político es la normalización del uso de las instituciones para fines partidistas. Lo que hay detrás del viaje a México es la consolidación de una red de alianzas ideológicas con la derecha ultra iberoamericana financiada desde la Presidencia madrileña. Lo hizo en Ecuador, en Miami y ahora lo replica en México. Viajes que debería asumir el Partido Popular y que, sin embargo, terminan sufragándose con recursos públicos. La internacionalización del ayusismo no es diplomacia madrileña: es la construcción de un liderazgo político personal financiado desde las instituciones.
Tampoco se entiende por qué Ayuso eligió un país al que su propio espacio político describe reiteradamente como un narcoestado para atraer inversiones. Ni con qué empresarios se reunió exactamente. Ni por qué lo hace al margen de las cámaras comerciales y los canales institucionales habituales. España es el segundo inversor en México y mantiene unas relaciones bilaterales especialmente delicadas. Precisamente por eso sorprende aún más que la frivolidad política del viaje no haya sido frenada por el PP nacional.
Ese es el verdadero éxito político de Ayuso: haber construido un ecosistema donde la transparencia se interpreta como una agresión y donde pedir explicaciones equivale a ser sospechoso de conspiración
No es oficial que Ayuso se diera un fin de semana de vacaciones en la Riviera Maya, pero ni la presidenta, ni su jefe de gabinete, ni el secretario general del PP madrileño, Alfonso Serrano, se han atrevido a negarlo con claridad. Este lunes, en Espejo Público, Serrano lanzaba un “sí ha tenido agenda”, sin ser capaz de detallar dónde había estado el fin de semana.
A los ayusistas no les salta ninguna alarma con la falta de transparencia ni el uso de los recursos de la comunidad para la agenda personal de su presidenta. Los mismos que denuncian una supuesta corrupción sistémica porque una asesora de Moncloa trabajara para Begoña Gómez consideran irreprochable que el jefe de gabinete de la presidenta madrileña participe activamente en la personalísima estrategia judicial y mediática de Alberto González Amador. Los mismos que ven golpes al Estado de derecho en cada decisión del Gobierno jamás aplican a los suyos el mínimo estándar de exigencia. Al juez Juan Carlos Peinado tampoco le llegará un recorte de titulares de Manos Limpias de la presidenta de Madrid alertando de la gestión. Porque en el ayusismo, la corrupción siempre ocurre lejos de casa.
Ese es el verdadero éxito político de Ayuso: haber construido un ecosistema donde la transparencia se interpreta como una agresión y donde pedir explicaciones equivale a ser sospechoso de conspiración. El victimismo habitual para evitar la rendición de cuentas. México ha sido la última metáfora de esta dinámica. Diez días de ruido, propaganda y opacidad para volver exactamente al mismo sitio. A una política convertida en espectáculo personal financiado desde las instituciones.
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