Hantavirus. La extraña bandera de las derechas María Eugenia Rodríguez Palop
Los primeros pasos en la gestión del hantavirus han dado mucha información acerca de la caladura moral y política de nuestros líderes. Los momentos críticos, generalmente marcados por la incertidumbre y la confusión, son una prueba de fuego para ver con claridad con quién se puede contar y con quién no.
La política del cierre de puertos y fronteras, por la que tanto han peleado las derechas, el rechazo a la gobernanza internacional, el descrédito de la OMS y otros organismos multilaterales, todo ese pack con el que nos vienen machacando se ha demostrado, finalmente, vacuo y absurdo. Las derechas llevan años rentabilizando miedos, fomentando el alarmismo y expandiendo bulos. Son los mismos que llenaban las calles con sus cacerolas y sus muñequeras rojigualdas en plena pandemia, los que se negaron al desembarco del Aquarius con sus emigrantes moribundos, los que prohíben socorrer en el mar y acusan a quienes lo hacen de traficar con personas, los que empezaron despreciando el Derecho Internacional y han acabado despreciando el mismísimo Estado de Derecho.
El delito de omisión de socorro es probablemente el único que garantiza la solidaridad en nuestro sistema penal y, aunque no opera, como tal, fuera del perímetro estatal, tiene una enorme relevancia simbólica, discursiva y política. Estamos legalmente obligados a evitar o mitigar un daño siempre que podamos hacerlo. “Quien puede, debe”, pero hay quien mira sistemáticamente hacia otro lado.
Pedro Sánchez ha apelado al orgullo de ser español identificando la españolidad con la generosidad, la disposición a cuidarnos y a cuidar de otros. “El mundo no necesita más egoísmo, ni más miedo. Lo que necesita son países solidarios que quieran dar un paso al frente”. Frente a quienes, como Clavijo, Ayuso o Feijóo, optaban por dejar a la tripulación varada en Cabo Verde, el Gobierno de España ha optado por proteger a nuestros 14 compatriotas y organizar un operativo que ha sido aplaudido sin ambigüedades. “El mundo necesita este tipo de amabilidad y compasión”, ha dicho el director general de la OMS, Tedros Adhanom. Las felicitaciones por la gestión de la crisis sanitaria han llegado por doquier, desde las Naciones Unidas a las instituciones europeas y el papa León XIV.
Se puede construir identidad y nación a partir de las tesis del bote salvavidas y el sálvese quien pueda, o se puede defender la idea de una nave tierra en la que quepamos todos. Se pueden acentuar los riesgos compartidos, el miedo y la pistola para alimentar un tejido social onanista, o preservar los bienes relacionales que permiten sostener y ampliar una vida en común. Es una cuestión ideológica y así ha sido siempre.
Quizá alguien podría pensar que el dueto PP-Vox maneja esas sofisticadas tesis utilitaristas que consisten en sacrificar a unos pocos para salvar a la mayoría
Nunca quedó demostrado que el hombre fuera un lobo para el hombre. Las posiciones hobbesianas no son descriptivas sino normativas, y solo indican una opción posible de entre un amplio número de alternativas. Hobbes quiso justificar un sistema individualista, jerárquico y darwinista, y, lógicamente, acabó defendiendo el autoritarismo sin fisuras de un Gran Leviatán. Pero en ese momento también hubo quien pensó en una arquitectura que pasara por crear comunidad acabando con el ombliguismo y la desigualdad estructural.
La solidaridad ha sido la gran olvidada de la tríada de la revolución francesa; un principio republicano por antonomasia, que trasmuta el cuidado de virtud cívica a deber público de civilidad, y que, en palabras de Rorty, nos empuja a ampliar el círculo del “nosotros” a los que antes considerábamos ellos. Nada tiene que ver con la asfixiante organicidad del “nosotros primero” o la “primacía nacional”. Por supuesto, tiene una dimensión ética, pero es, sobre todo, una potente herramienta política y un principio jurídicamente vinculante.
No sé qué hubieran hecho las derechas de este país con los 14 españoles cuyas vidas estaban en riesgo, pero su táctica destructiva y de trazo grueso es todo menos confiable. ¿Nos podemos apoyar en quienes animan a boicotear un operativo de rescate incluso habiendo nacionales implicados? ¿En quienes impiden que ese buque a la deriva pueda llegar a tierra, desconociendo, además, sus propias competencias? ¿En quienes hablan de ratas nadadoras, que igual podrían ser voladoras, condenando con sus ocurrencias y mentiras a decenas de personas? Todo ese despliegue patológico… ¿para qué nos sirve?
Quizá alguien podría pensar que el dueto PP-Vox maneja esas sofisticadas tesis utilitaristas que consisten en sacrificar a unos pocos para salvar a la mayoría, pero, aparte otras consideraciones, hay que tener muy claro que ese tipo de tesis solo funcionan cuando son secretas. Reducir la vida a un simple cálculo numérico no solo es inmoral, sino que, cuando se airea, resulta muy poco eficiente. Nadie quiere estar en manos de quienes podrían eliminarlo por razones oportunistas en el momento en el que no le salieran las cuentas.
Se cumple un mes desde el primer fallecimiento en altamar por hantavirus y hay 25 personas que navegarán seis días más hasta llegar a Rotterdam: el capitán polaco, Jan Dobrogowski, y 24 miembros de la tripulación integrada, en su mayor parte, por filipinos. Por lo que hemos sabido, los 38 filipinos que viajaban a bordo del MV Hondius dependían directamente de la compañía para la que trabajaban, Oceanwide Expeditions, o de las autoridades de los Países Bajos cuya bandera ondeaba en el barco. Filipinas anunció que no enviaría ningún avión para repatriar a sus nacionales, camareros, trabajadores de hostelería y personal de cubierta y máquinas, que quedaban, así, al albur de lo que los neerlandeses decidieran hacer con ellos. El Gobierno filipino los repatriará, tras la cuarentena, en coordinación con su agencia de colocación, Wagenborg Manila, y el propietario del buque. De manera que, a los efectos de sus cuidados, su salud y la conservación de su vida, estas personas no son de ninguna parte. Su nacionalidad es, prácticamente, irrelevante y su bandera es únicamente la de la compañía que las contrata. Escuchando a nuestras derechas en estos días, he pensado mucho en esa bandera.
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María Eugenia Rodríguez Palop es ecofeminista y profesora de DDHH y Filosofía del derecho en la Universidad Carlos III de Madrid.
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