Hantavirus. La extraña bandera de las derechas María Eugenia Rodríguez Palop
Hace ya tiempo que, cada vez que alguien me pregunta educadamente “¿cómo estás?”, mi respuesta es una repregunta: “¿en comparación con quién?”. Todo el mundo entiende que es una expresión realista. Sin entrar en detalles. La crisis originada por ese crucero con pasajeros enfermos o quizás portadores del hantavirus ha sido una oportunidad muy clara para comparar distintas formas de gestionar la salud pública, pero también de distinguir entre buenas o malas personas, entre políticos responsables o verdaderos ineptos, entre gente solidaria o ególatras de manual, entre dirigentes respetuosos con los derechos humanos y la legalidad internacional o tipos que sólo reivindican el “sálvese quien pueda”... Incluso hemos podido distinguir entre ratas y hombres, entre patriotas de boquilla y quienes defienden lo común y están donde deben estar. Sin un solo grito.
En lo peor de la pandemia se me quedó grabada una reflexión del profesor Daniel Innerarity que repito a menudo: “Ni los científicos saben tanto como creemos, ni los políticos pueden tanto como parece”. Partiendo de esa máxima, es razonable admitir que la gestión de esta crisis de salud pública por parte del Gobierno de coalición ha sido irreprochable. ¿Era su obligación? Sí, pero también habría podido ponerse de perfil, desoír la petición de la Organización Mundial de la Salud y de la Comisión Europea y sumarse a la ola populista y demagógica de la “prioridad nacional”. Tiene toda la razón David Trueba cuando advierte que “los que pretendían que los pasajeros del barco en cuarentena siguieran en alta mar durante semanas con un cadáver en el congelador tan sólo prolongaban el lema populista de nosotros primero” (ver aquí). Ese patrioterismo ratero deshace cualquier “nosotros” y deshumaniza por completo la convivencia. Toda “prioridad nacional” acaba en la defensa de los intereses de las élites con mayor poder económico y financiero, quienes confían en que ese “sálvese quien pueda” los protege, primero y casi exclusivamente, a ellos.
Sí, conviene comparar para poder valorar a cada cual en su justa medida. No se trata de poner el ventilador, sino el aire acondicionado. Cada gobernante lleva su mochila en gestión de crisis. El PP tiene en su “haber” el accidente del Prestige, el del Yak-42, los atentados terroristas del 11-M, el descarrilamiento del Alvia a Santiago, el del Metro de València, el desastre de la dana… Miren al retrovisor y repasen lo que se hizo y cómo se hizo. Cualquiera diría que tienen un manual de instrucciones que siguen al pie de la letra: primero negar la realidad de lo ocurrido, segundo desviar la atención buscando culpables sin el menor fundamento, tercero demonizar a las víctimas señalándolas como activistas políticos, y cuarto obstaculizar la acción de la justicia para esquivar responsabilidades. Todo con un hilo conductor: la mentira como principal mensaje político. Y siempre con la inestimable ayuda de toda una batería mediática de potencia sufragada con dinero público.
Los gobiernos de Pedro Sánchez han acumulado desde 2018 una experiencia inédita en gestión de crisis. Y hablamos de crisis que superan la gravedad de un accidente aéreo o un vertido de petróleo, sólo comparables (quizás) a la masacre terrorista de marzo de 2004. Examinada con perspectiva y con el análisis comparativo respecto a otros gobiernos nacionales o autonómicos, la gestión de la pandemia del covid en 2020 tiene como principal mancha la que aportaron una ultraderecha negacionista y una derecha irresponsable, muy especialmente con una presidenta de la Comunidad de Madrid que todavía a día de hoy sigue instalada en la mentira, la opacidad y el desprecio a las víctimas de los Protocolos de la Vergüenza aplicados en las residencias de mayores durante los primeros meses del covid (ver aquí).
Aquí no solo ha hecho el ridículo Fernando Clavijo con sus ratas nadadoras; se ha retratado también el trío Feijóo-Abascal-Ayuso con su absoluta incapacidad para mostrar el más mínimo sentido de Estado
Como ya han advertido científicos de muy diferente origen y formación, lo más parecido al brote de hantavirus del crucero MV Hondius no es el covid, sino el brote de ébola de finales del verano de 2014 que se llevó por delante las vidas de dos misioneros y una auxiliar de enfermería. Busquen, por favor, documentos y vídeos sobre la gestión que hizo la entonces ministra de Sanidad del PP, Ana Mato (ver aquí). Cualquier comparación con Mónica García y su actuación en la última semana es letal para la primera. Baste decir que en aquella ocasión tuvo que salir Fernando Simón a salvar al gobierno del PP del devastador ridículo que estaba haciendo (cosa que, al parecer, aún no le perdonan en Génova a quien Pedro Sánchez mantuvo como Coordinador de Emergencias Sanitarias).
Por supuesto que en toda gestión de crisis se cometen errores, y es exigible que se asuman, se corrijan y se extraiga de ellos aprendizaje para el futuro. Pero, sinceramente, no quiero imaginar ya una crisis de salud pública o una catástrofe gestionada por un Rajoy, un Trillo, un Aznar, una Mato, un Mazón… No estoy hablando aquí de ideología (que también), sino sobre todo de rigor, seriedad, capacidad, eficacia, entrega… Pregunten, sin distinción de siglas, a los valencianos si les gustaría tener al frente a un Mazón ante una nueva dana (que llegará, desgraciadamente), o a los gallegos y gallegas si recuperarían a un Rajoy o a un Cuiña frente a un nuevo vertido de petróleo. O en Madrid a una Ana Botella tras un accidente en una macrofiesta de Halloween (ver aquí).
Y sí, menciono la ideología porque toda estrategia política tiene consecuencias. Cuando un partido conservador abandona la trinchera de los principios democráticos de la igualdad, la libertad, la fraternidad… y abraza disparates discriminatorios como la llamada “prioridad nacional” (con o sin “arraigo”), termina haciendo lo que el PP hizo nada más estallar la crisis del hantavirus: pedir la dimisión de la ministra de Sanidad, culpar a Sánchez de un supuesto “caos” que no existía y dar la espalda a la responsabilidad de España ante la Organización Mundial de la Salud, la Comisión Europea y el respeto a los derechos humanos. Nada alejado de la alucinógena tesis de Santiago Abascal: “El hantavirus es un invento de Sánchez para ocultar los casos de corrupción”. O sea la misma idiotez que lanza la reaparecida Ayuso, que además denuncia haber sido “abandonada” (por Sánchez, obviamente) en una “situación de peligro extremo” en México (riesgo máximo que la ha obligado a pasar unos días de vacaciones discretas en la Riviera Maya, ¡sin ningún pudor!).
Lo cierto es que, pasadas casi dos semanas, seguimos sin saber exactamente qué habrían hecho las derechas en una situación similar: ¿habrían dejado el barco a la deriva? ¿Habrían enviado un comando para extraer sólo a los españoles (y mucho españoles) del pasaje? ¿Habrían quizás encargado a Netanyahu bombardear el crucero para evitar cualquier posibilidad de contagio? Aquí no solo ha hecho el ridículo Fernando Clavijo con sus ratas nadadoras; se ha retratado también el trío Feijóo-Abascal-Ayuso con su absoluta incapacidad para mostrar el más mínimo sentido de Estado. Con ese desparpajo patriotero siempre dispuesto a proteger a las élites, nunca pendiente de los vulnerables.
P.D. De ratones y hombres, de John Steinbeck, fue uno de los libros que más me impactaron en la adolescencia. Por su lenguaje, por su dureza, por la crudeza de la historia narrada. Por su retrato en parte autobiográfico de la Gran Depresión, tan deprimente como el que escribió en Las uvas de la ira. Dibuja –con casi un siglo de antelación– las consecuencias inhumanas de un capitalismo salvaje (y eso que ni podía imaginar el autor los dominios de los tecnooligarcas). Es la historia de dos migrantes que solo buscan sobrevivir. Prioridad humana (no nacional).
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