El boom de los escritores 'Juan Palomo'

Eva Orúe

Dicen las encuestas, y con obstinación notable, que España no es país de lectores. Pero si los encuestadores buscaran escritores, entonces… la cosa cambiaría.

Porque visto el auge de la autoedición, podemos concluir que miles de ciudadanos creen que las historias que pergeñan se merecen una oportunidad. Oportunidad que las ediciones tradicionales no quieren o no están en condiciones de darles.

En el primer semestre del año, la Agencia Española del ISBN ha registrado 2.939 títulos por autores-editores. Muchos, aunque menos que en años anteriores porque la tendencia (2008: 6.146; 2009: 7.465; 2010: 7.845; 2011: 9.251; 2012: 6.590) cambió desde que, en 2012, hubo que empezar a pagar por el registro. Y como muchos no tienen intención de comercializar su obra, pueden tener su libro sin número de ISBN. ¿Cuántos? Difícil de cuantificar.

“Llevamos publicados unos 70.000 libros”, apunta Sergio Mejías, director de Bubok, una de las plataformas que junto a Lulu y Amazon se llevan la parte del león en el negocio de la autoedición. Son tan populares que en septiembre del año pasado, la revista Consumer publicó un estudio comparativo como si se tratara de tres marcas de mayonesa. Pero ni ellas son únicas, ni lo es su modelo de negocio. Editoriales de papel, digitales o de papel y digitales al mismo tiempo… hay donde elegir.

Tomemos dos

En Bubok, la autopublicación es gratuita, proporcionan “las herramientas para ello, una plataforma sencilla y amigable, manuales, tutoriales, etc. Es totalmente gratuito todo el proceso y se comparte el mismo sitio en la librería con aquel autor que ha decidido delegar en nosotros diseños de portadas, maquetaciones o cualquier otro servicio editorial”. Servicios por los que sí cobra.

Es una opción distinta a la que ofrecen sellos como Círculo Rojo, con el que los escritores contactan vía email y envían sus libros en formato Word para obtener (leemos en su web) “un presupuesto detallado donde se incluyen todos los aspectos necesarios para que la obra pueda estar en las mejores librerías (diseño de cubiertas e interiores, maquetación, ISBN editorial, trámites legales, código de barras y servicios de promoción)”. Es decir: es el autor quien paga la edición. ¿Cuánto? Pues depende del formato, del número de páginas y de los ejemplares que imprima (no menos de 50. Y se queda con el 100% de los beneficios). Pero, claro, si el libro es de papel no basta con editarlo: hay que distribuirlo.

Círculo Rojo sostiene (seguimos en su web) que la mayoría de sus autores “tienen gestionada una distribución con librerías o puntos de venta de su entorno, pues está comprobado que los autores venden el 90% de sus obras en el radio de influencia”. Sea, aunque… “Por mi librería no dejan de pasar autores que se autoeditan, ofreciendo sus libros —me comenta una librera madrileña—, y se enfadan si no se los cogemos.”

“Conseguir canales de venta para los libros de nuestros clientes es nuestro caballo de batalla diario”, admite Mejías. En digital es muy sencillo, la tecnología permite colocar un libro en miles de puntos de venta de forma instantánea. Pero en el negocio del libro en papel la historia cambia. “El canal editor-distribuidor-librero no está preparado para los tiempos que vienen, se pagan demasiadas comisiones a los intermediarios y ni distribuidores ni libreros están en disposición de ceder espacio de almacén o de escaparate a nada que no sea un súper ventas. Es un modelo que cambiará pero que en la actualidad dificulta nuestro trabajo de promoción.”

Esbozo de retrato robot del escritor autoeditado

¿Quién acude a esas plataformas o editoriales? Obvio: personas que tienen en un cajón un libro, no necesariamente una novela, y quieren verlo publicado porque confían en él o porque tienen ese capricho. Además, es más que probable que muchos no lo hayan intentado nunca por las vías tradicionales, incluso que nunca antes (antes de que existiera la posibilidad de editarse a sí mismo) se les viniera a las mientes la posibilidad de publicar.

Pero otros llegan a este puerto tras haber sido rechazados por la industria editorial. “Mi agente —nos cuenta Fernando Gamboa— llevaba un tiempo ofreciendo mis novelas La última cripta y Ciudad negra a las editoriales sin que estas mostraran mayor interés por las mismas, y cuando descubrí la posibilidad de autopublicarme con garantías de calidad y distribución, no dudé en hacerloLa última cripta Ciudad negra”. Confió en Amazon y no deja de felicitarse. Ambas se convirtieron en súper ventas, y ambas han encontrado su camino hasta el papel.

Porque lo curioso es que la opción digital, que parecía el último refugio, puede ser puerta de entrada. Las editoriales se fijan en lo que ocurre en la red, eligen novelas y las someten luego a los controles habituales. Es al menos lo que hacen en Ediciones B, donde ya han publicado 13 libros “nativos digitales”. “Para una editorial comercial como Ediciones B, con vocación de llegar a un público mayoritario, el proceso lo que ha hecho, más que invertirse, ¡es mejorarse!”, dice la editora, Lucía Luengo, responsable también de B de Books.

Antes, los editores encargaban uno o, como mucho, dos informes de lectura, leían ellos mismos y decidían. Ahora, husmean en una zona donde todo cabe porque, como confirma Mejías, “no hacemos una criba, es la filosofía del proyecto, no es compatible el mensaje de 'publica sin límites' y luego tenerlos; al final, la criba se hace de forma natural” y leen no sólo los libros, sino también reseñas en blogs, redes sociales, comentarios de los lectores en las plataformas digitales y rankings de venta que demuestran que esa novela está gustando mucho. “Para nosotros —afirma Luengo— el lector es lo primero, y la edición digital le ha puesto en el lugar que le corresponde”.

Cenicienta 2.0

De este modo, el patito feo puede convertirse en un bello cisne de papel y ganar así el prestigio que ese soporte confiere. O no. Porque quizá las nuevas generaciones no lo vean así, menos aún cuando la autoedición meramente digital puede ser una manera de vivir.

“¡Yo lo hago! —proclama Gamboa—. El mercado digital en España aún es muy pequeño comparado con el anglosajón, y aún estamos muy lejos de los beneficios millonarios de los autoeditados en Estados Unidos, pero de momento es suficiente como para vivir de ello, y el futuro se presenta muy prometedor.” Eso sí, no basta con poner la novela y sentarse a esperar. “De hecho muchos escritores que no son conocidos internacionalmente viven muy dignamente con los ingresos de sus libros digitales en inglés —dice Armando Rodera, que primero triunfó en Amazon y entró luego en el catálogo de B de Books—. En español es más complicado, pero ya hay unos cuantos escritores que lo están consiguiendo. Es necesario tener varias novelas destacadas en los rankings de Amazon, tanto en la plataforma americana como en la española, pero sí se puede conseguir un sueldo modesto mensual. Aunque no es nada fácil, requiere mucho esfuerzo y dedicación.”

Eso sí: frente al sistema de siempre, en el que el escritor ha de confiar en la sinceridad de su editor, el único que controla tiradas y pago de derechos, las plataformas de autopublicación les proporcionan el control total de obra y ganancias. “Amazon te permite modificar textos, portadas, sinopsis o categorías mientras estudias los resultados obtenidos—confirma Rodera—. Tienes informes completos y personalizados de tus ventas, actualizados cada hora, y pagos mensuales de tus royalties. Te permite llegar a lectores de todo el mundo a un solo clic de distancia, algo impensable hace tan sólo unos años.”

En cualquier caso, pocos son los que vislumbran un futuro sin editoriales, sólo con escritores que se editan a sí mismos. “Las editoriales han sido desalojadas de su Olimpo —sentencia Gamboa—, desde donde elegían sobre la suerte de miles de escritores, y decidían qué libros debían llegar a los lectores. Ahora eso ha cambiado, y gracias al libro digital y la autopublicación, la relación escritor-lector es directa y sin necesidad de intermediarios.”

Dicen las encuestas, y con obstinación notable, que España no es país de lectores. Pero si los encuestadores buscaran escritores, entonces… la cosa cambiaría.

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