Cine político made in USA

Algunos aficionados cortos de miras o con anteojeras suelen reducir el cine de Hollywood a las películas de efectos especiales, persecuciones de coches, impresionantes despliegues técnicos y guiones superficiales y vacíos. Está claro que, dentro de la enorme producción cinematográfica de EEUU, estos filmes acaparan una buena parte de la taquilla. Pero las películas norteamericanas que han pasado y pasarán a la historia apuntan, de un modo u otro, a un cine político y crítico con el poder, a las tramas remotas o contemporáneas que desnudan las miserias del sistema.

Las candidaturas de los Óscar de este año confirman este rasgo definitorio de Hollywood porque obras como Lincoln, Argo, La noche más oscura, Bestias del sur salvaje o incluso Los miserables y Django desencadenado enlazan con la riquísima tradición de cine político y social made in USA bajo diversos formatos. A vuelapluma bastaría recordar títulos como Todos los hombres del presidente, Primary colours, Los idus de marzoTodos los hombres del presidentePrimary coloursLos idus de marzo o El candidato para comprobar que la pujanza de este género atraviesa las últimas décadas y no se limita a los clásicos.

Este cine reúne lo mejor de la narrativa cinematográfica de Estados Unidos, es decir, que combina unas magníficas puestas en escena, un didactismo culto y popular a la vez, unos espléndidos guiones y unos soberbios actores. En una palabra, esta sabia mezcla asegura el famoso éxito de crítica y público. Por ello las candidatas a los Óscar 2013 han reventado las taquillas en Estados Unidos y en Europa, al tiempo que han sido bien valoradas por los paladares cinéfilos más exquisitos.

El compromiso con este cine político de consagrados como Steven Spielberg, que tarda años en rodar su viejo proyecto sobre el presidente norteamericano que abolió la esclavitud, o del encumbrado actor Ben Affleck, que decide pasar al otro lado de la cámara para evocar en imágenes la crisis de los rehenes en el Irán de 1979, demuestra que, más allá de los efectos digitales y de las servidumbres de la gran industria, el espíritu rebelde de Hollywood sigue vivo.

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Y los poderosos y sus vergüenzas siempre están en el punto de mira de este género porque no olvidemos que el gremio cinematográfico de EE UU, el de los cómicos en definitiva –al igual que ocurre en España y otros países–, apunta a la irreverencia, la crítica y la denuncia. No resulta gratuito, por tanto, que la derecha norteamericana odie (y el verbo no es exagerado) el talento inconformista que se proyecta desde Hollywood. Por esa razón cabe recordar que la brutal caza de brujas del senador McCarthy, en los años cincuenta, se ensañara con actores, directores o guionistas acusados de filocomunistas. De la misma forma y en sentido inverso sorprende que ídolos de la gran pantalla como Clint Eastwood tomen partido solemne y público por un candidato republicano tan insustancial y ultra como Mitt Romney, en las pasadas elecciones. Ahora bien, ese alineamiento mayoritario con el Partido Demócrata no impide en absoluto que un progresista como George Clooney dirija e interprete un despiadado ataque contra sus colores políticos en Los idus de marzo.

Así pues, que nadie se sorprenda de la energía y la vigencia del cine político made in USA. La cosecha de los últimos tiempos, que se ha llevado una buena parte de las estatuillas de los Óscar, sigue una larga tradición y forma parte de los genes de Hollywood. En ese sentido, el cine europeo, donde a veces se menosprecia este género, tiene mucho que aprender de la excelencia y la lucidez de los cineastas norteamericanos. Por si alguien tenía dudas, la gran fiesta de los Óscar ha vuelto a consagrar un cine político que nunca dejó de estar de moda.

Algunos aficionados cortos de miras o con anteojeras suelen reducir el cine de Hollywood a las películas de efectos especiales, persecuciones de coches, impresionantes despliegues técnicos y guiones superficiales y vacíos. Está claro que, dentro de la enorme producción cinematográfica de EEUU, estos filmes acaparan una buena parte de la taquilla. Pero las películas norteamericanas que han pasado y pasarán a la historia apuntan, de un modo u otro, a un cine político y crítico con el poder, a las tramas remotas o contemporáneas que desnudan las miserias del sistema.

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