¿Por qué los hombres no quieren ser machistas?

Miguel Lorente Ideas Propias

A lo largo de mi vida he conocido a hombres de todo tipo. Orgullosos de sus ideas, creencias, ideología, aficiones… y los he visto presumir de su madridismo o su barcelonismo, de su catolicismo y de su islamismo, de su conservadurismo y de su progresismo, incluso de su fascismo y otros extremismos… Nunca han ocultado lo que son o lo que piensan, y menos aún se sienten criticados cuando los llaman sobre la referencia que define su posición en cualquiera de los espacios. Por eso cuando alguien le dice a alguno que es un conservador, un progresista, un taurino, un católico o un madridista, ninguno se siente ofendido; al contrario, todos se reconocen como parte de ese grupo que comparte valores, sentimientos, creencias, aficiones o ideas.

Sin embargo, los hombres no quieren ser machistas. Es decir, no quieren ser reconocidos como hombres machistas cuando en verdad lo son y actúan como tales. La situación resulta bastante curiosa debido a varias circunstancias:

  • Todo lo que son forma parte de la identidad masculina definida por la cultura androcéntrica para los hombres, que es lo que los hace ser machistas.
  • El machismo es esa sintonía con los elementos de la cultura para definir lo que es ser hombre (también lo que es ser mujer), y para relacionarse a partir de esas referencias individuales con el resto de las personas que toman el mismo marco, y lo aplican a sus vidas con sus matices y prioridades.
  • Ser machista, por tanto, no debe ser un problema cuando lo que significa es que se asumen los valores y elementos de la cultura.

Sin embargo, los hombres no quieren ser machistas, pero tampoco quieren dejar de serlo, de romper con el modelo cultural que los hace ser de ese modo que niegan, pero no rechazan.

¿Cuál es el problema entonces? Pues, básicamente, se trata de que la invisibilidad lograda para que el machismo no existiera y todo formara parte de la normalidad, de manera que solo se identificara como tal algunos resultados cuando estos excedían los límites considerados en cada momento histórico, ha quedado al descubierto, poniendo de manifiesto toda la estrategia de opresión y control que el sistema establece sobre las mujeres.

La invisibilidad lograda para que el machismo no existiera y todo formara parte de la normalidad ha quedado al descubierto, poniendo de manifiesto toda la estrategia de opresión y control que el sistema establece sobre las mujeres

El modelo androcéntrico solo ha cambiado cuando la situación injusta sobre las mujeres generaba tanto rechazo y resultaba tan objetiva en su discriminación que, de no cambiar, los problemas contra el sistema habrían sido mayores. Por eso las niñas pudieron ir a la escuela en 1857 y las mujeres a la universidad en 1910, cuando niños y hombres llevaban haciéndolo desde hacía siglos, y por eso también pudieron votar en 1931 o trabajar o viajar al extranjero sin el permiso del padre o el marido en 1975. Esa es la razón por la que los hombres quieren ser machistas sin que serlo sea considerado machista.

¿Y por qué si hacen lo que el machismo impone como cultura no quieren ser machistas? Pues porque su estrategia histórica para mantener la normalidad y sus privilegios se ha basado en la crítica a los resultados que superaban el umbral de lo admitido. Desde esa perspectiva el machismo no existía, y solo se presentaba como tal cuando el comentario, el chiste, la broma, la conducta o la violencia superaban ese límite aceptado en cada momento. En esas situaciones se decía que los hombres que lo traspasaban eran unos machistas, con lo cual al mismo tiempo se afirmaba que el resto de los hombres que no se comportaban de esa forma no eran machistas, y podían seguir siéndolo sin superar el umbral definido. En el fondo es lo mismo que dicen ahora cuando argumentan que la violencia contra las mujeres no es un problema social, porque los hombres que asesinan representan un 0,00…1% de todos los hombres.

Por lo tanto, si se reconocen como machistas en defensa de sus ideas y valores, lo que aceptan es que ellos se encuentran en las mismas circunstancias sociales y bajo las mismas referencias identitarias que los hombres que acosan, maltratan, violan y matan, y, claro, no quieren aceptar que los que son cuestionados por acosar, maltratar, violar y matar, antes de que lo hicieran eran hombres normales como ellos, a los que nadie cuestionaba mientras se movían por debajo del umbral.

Pero esa incoherencia de defender lo que son y justificar lo que hacen como parte del modelo que ellos entienden adecuado para organizarnos en la sociedad, sin reivindicarse como protagonistas, demuestra que sus privilegios y situación de poder está basada en la mentira de presentarse como superiores a las mujeres y que, en consecuencia, no pueden reivindicar esa idea y reconocerse como tales, puesto que si lo hacen se facilitaría un debate social y la toma de conciencia que pondría de manifiesto su mentira.

Entonces, ¿qué es lo que quieren los hombres? Pues que todo siga igual a como era, y que quienes han cambiado, las mujeres, vuelvan a su posición de salida. Por eso ahora llaman mujeres de “alto valor” a las tradwives, es decir, a las mujeres que se identifican con los roles tradicionales para asumir las tareas domésticas y los cuidados de hijos y maridos como esencia de su feminidad según imponen los mandatos de la cultura, o sea, el machismo. No quieren que las mujeres decidan y que al hacerlo tengan las mismas oportunidades que los hombres.

En definitiva, los hombres no quieren ser machistas para poder serlo sin que nadie los vea como tales, lo cual demuestra que el machismo es malo, incluso a los ojos de los propios machistas.

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Miguel Lorente Acosta es médico y profesor en la Universidad de Granada y fue Delegado del Gobierno para la Violencia de Género

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