Elogio de la pérdida

Eva Fernández del Campo

Javier Garcerá muestra estos días en el Centre del Carme de Valencia una de las exposiciones más bellas que he tenido la oportunidad de ver en los últimos años. En ella, el artista (Puerto de Sagunto, Valencia, 1967) y el comisario, Juan Bautista Peiró, han hecho una selección de obras de varias etapas de la carrera del pintor, que se disponen en los espacios laterales de la Sala Ferreres junto a tres monumentales lienzos; dos de ellos (de 500 por 360 cm) han sido creados ex profeso para el monumental espacio neoclásico de la nave central. El resultado es, por un lado, una exposición de una impactante contundencia visual y, por otro, el testimonio evidente de la trayectoria sólida y absolutamente solvente de un artista que ha hecho del arte su vida y que nos devuelve la emoción y el misterio de la gran pintura.

Creo que dos cosas definen la pintura de Garcerá: primero, que enfrenta al espectador a una experiencia radicalmente paradójica. Gozosamente paradójica. Y, en segundo lugar, que se trata de un trabajo que nos retrotrae de manera muy vívida a lo matérico, a la confrontación al arte como acto laborioso que se realiza con las manos y que tiene que ver con los sentidos, a una experiencia corporal. Ambas cosas quedan muy bien reflejadas en el título de la exposición: Que no cabe en la cabeza, un enunciado con el que el artista nos propone un juego que quizá invita al espectador a acercarse al arte desde aquellas palabras que escribiera Wittgenstein: “La sabiduría es gris y, sin embargo, la vida es multicolor”, entendiendo la sabiduría en el sentido de la razón escincida de la praxis vital. Pero también propone un trabalenguas muy oriental pues, como decia Confucio, no hay nada más visible que lo oculto; una aporía que nos enfrenta al propio sentido del arte. Todo lo verdadero es invisible cuando la luz ruge en el umbral de nuestros ojos, decía Ángel González García. Las obras de Javier Garcerá son inaprensibles, no se dejan fotografíar, ni siquiera se dejan ver desde un punto de vista único; por un lado, porque desprenden esa luz que ruge en el mismo umbral de nuestros ojos, pero, sobre todo, porque se transforman ante la mirada del espectador: se distorsionan con el cambio de perspectiva, con las irisaciones de las sedas pintadas o deshilachadas minuciosamente por las manos del artista o con los juegos lumínicos que hacen aparecer en sus superficies, aparentemente monocromas, auténticos paisajes donde lo irreal se hace real, pero siempre resulta inalcanzable.

Vista de la muestra 'Que no cabe en la cabeza', de Javier Garcerá. / CONSORCI MUSEUS CV

Una selección de obras de la serie De la sombra alumbrada, realizada entre 1999 y 2001, muestra el interés temprano de Garcerá por el Romanticismo y da testimonio de la sólida formación literaria y de un primer afán historicista, algo de lo que irá liberándose con el paso de los años. No así de su interés por la visualización de la nostalgia, de la idea de la pérdida y de la ausencia, que aparecerán como una constante en todo su trabajo; como su propia respiración, que acompaña en una grabación a la obra, haciendo de hilo conductor a todo el trabajo y dando cuenta, también, de una especie de viaje que comienza en espacios industriales abandonados, y continúa en la soledad de su taller, para ir sumergiéndose en paisajes cada vez más etéreos y termina con un desprendimiento de los objetos, que acaban por flotar sobre la cabeza del artista/espectador en una suerte de visión onírica que el pintor relaciona con sus experiencias de meditación.

Otro de los cuadros de Javier Garcerá en 'Que no cabe en la cabeza'. / CONSORCI MUSEUS CV

De nuevo aquí, no puedo menos que acordarme de otro gran maestro chino, Lao Zi, y de la ley del esfuerzo invertido: cuando intentas permanecer en la superficie del agua te hundes, pero cuando tratas de sumergirte, flotas. Una gran enseñanza para este mundo de ansiedad en que vivimos. Frente a la velocidad, el reposo. Así, todo la obra de Javier Garcerá se convierte en un elogio de la inseguridad, de lo inaprensiple, de la pérdida; a medida que su trabajo como artista va cobrando solidez, sus objetos pierden pie del suelo y a medida que su obra madura, la invisibilidad se va haciendo más patente. Y, al final, el artista se ha convertido en un prestidigitador que hace vibrar la pintura y nos ayuda a sintonizarnos con ella sin que medie la cabeza; el objeto no necesita ser definido porque el fondo de inmanencia nos provee de lo evidente, aunque lo evidente solo se vislumbre a veces. No hay nada más visible que lo oculto. Con sus habilidosas manos de artesano el pintor toca los lienzos para hacer desaparecer, ante nuestros ojos, la obra, y provocar en nosotros esa felicidad inmensa que solo los magos producen.

Que no cabe en la cabeza. Javier Garcerá

Del 4 de noviembre de 2016 al 22 de enero de 2017

Un mapa contra el olvido

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Museo: Centro del Carmen (calle Museo, s/n, Valencia)

Organiza: Consorci de Museus CV 

Comisario: Juan Bautista Peiró

Javier Garcerá muestra estos días en el Centre del Carme de Valencia una de las exposiciones más bellas que he tenido la oportunidad de ver en los últimos años. En ella, el artista (Puerto de Sagunto, Valencia, 1967) y el comisario, Juan Bautista Peiró, han hecho una selección de obras de varias etapas de la carrera del pintor, que se disponen en los espacios laterales de la Sala Ferreres junto a tres monumentales lienzos; dos de ellos (de 500 por 360 cm) han sido creados ex profeso para el monumental espacio neoclásico de la nave central. El resultado es, por un lado, una exposición de una impactante contundencia visual y, por otro, el testimonio evidente de la trayectoria sólida y absolutamente solvente de un artista que ha hecho del arte su vida y que nos devuelve la emoción y el misterio de la gran pintura.

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