Una Europa unida por el conflicto

Tras cuatro años de guerra, al fin ha llegado la tregua. Pero no hay descanso para Razha, ni para su madre, ni para su hija: los soldados siguen en la calle, aún rondan con sus pasamontañas, y continúa también la falta de trabajo, de asistencia médica, el sobresalto ante el timbre de la puerta, ante una la llamada al móvil de un teléfono desconocido. Sobrevivir no es algo que pueda darse por supuesto. Con su nueva novela, Hindenburg (Seix Barral), Cristina Cerrada (Madrid, 1970) da un paso más en su trabajo sobre el conflicto bélico, y sobre el conflicto bélico en Europa. Ese, Europa, era el título de su libro anterior, publicado en 2017. Si allí hablaba de los refugiados que llegan huyendo de la guerra, pero con la guerra siempre pegada a la piel, ahora se acerca un poco más a la violencia. 

Aquella vez, la procedencia de los personajes estaba voluntariamente velada: no había referencias geográficas ni temporales, no se sabía cuál era su patria ni su destino, y tampoco los detalles históricos de aquello que le shabía expulsado de su país. Aquí, esos datos se desvelan solo parcialmente: ahí está Kiev, allí está Ordessa. "Nos pilla lejos y quizás fonéticamente no lo reconozcmos, pero todos los topónimos que aparecen son alternaciones de topónimos ucranianos. Y me he documentado exclusivamente en ese periodo, en Ucrania, entre 2014 y 2015, cuando ocurre la guerra del Donbáss", explica la autora a este periódico. En septiembre de 2015, año y medio después del inicio del conflicto, la ONU contaba ya más de 8.000 muertos y 17.800 heridos. 

Este es el segundo volumen de lo que se anuncia ya como una trilogía. De hecho, esa tercera novela ya está en marcha, y ahí da otro paso más: la acción estará localizada temporal y geográficamente: Georgia, 2003, el año del golpe que tumbó Edvard Shevardnadze y que llevaría al poder a Mikhail Saakashvili, momento a partir del cual se recrudece el conflicto con Abjasia y Osetia del Sur. En este próximo trabajo y en Hindenburg utiliza un mecanismo similar. Hindenburg acaba siendo un thrillerthriller, aun ambientado en un contexto bélico, algo que le permite "paliar la dureza del fondo que tiene el texto"; el tercer título será una novela policiaca, para "paliar los rasgos de autor" y generar una recepción "más cómoda" en el lector. Una forma, en ambos casos, de acercar, gracias a las convenciones del género, realidades aparentemente ajenas al público español. 

 

Solo aparentemente, defiende Cerrada, que no cree que ocuparse de la historia reciente de Europa del Este suponga hacerse cargo de una historia ajena. "Europa es mi casa. Cuando yo era pequeña, se hablaba de si éramos Europa o no, y era una extravagancia eso de ser europeos, pero ahora eso no es así", reivindica. "Las diferencias que puede haber entre el habitante de una gran urbe en España y de una gran urbe en Georgia es… ninguna. Ninguna, de verdad". Dibuja una imagen: una mujer camina por el centro de una gran ciudad, se acerca a un Zara para buscar unos zapatos o una chaqueta. Si esa mujer vive en una ciudad española, la posibilidad de que una bomba destruya el edificio, la calle y su propia vida, es remota. Si esa mujer vive en una ciudad ucraniana, en un momento determinado, la probabilidad es alta. Por lo demás, dice, la diferencia sería imperceptible

"Hay muchos rasgos que nos identifican y nos hacen parte de una entidad cultural que es la misma", defiende. Entre todos ellos, uno: el conflicto. "Lo que nos ha unido desde el siglo XIX hasta hoy es la guerra, porque ha nacido en las mismas zonas, por las mismas razones. Y esta, concretamente, es una guerra que tiene que ver con uno de los puntales causantes del conflicto en Europa, el separatismo, un tema que está evidentemente abierto en todo el continente". En Internet, ciertos europeístas comparten gráficos con las guerras sucedidas en Europa desde la Edad Media; a partir de la creación de la Unión Europea, el continente aparece libre de conflictos bélicos. Cristina Cerrada se ríe: "Eso no es ya eurocentrismo, sino europadeloestecentrismo", dice. Las bombas caen en las fronteras de la Eurozona, en ese espacio geográfico inequívocamente llamado Europa. "Otra cosa es que no queramos verlo o aceptarlo", dice la autora. 

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Por eso aboga por mirar más allá de las fronteras españolas para encontrar historias que contar. "Tenemos una cierta tendencia a la suspicacia, a recelar de lo ajeno, y eso es algo que creo que está en la raíz de los problemas sociales y de los conflictos políticos y armados", dice. Lo mismo ocurre en la ficción. Pero asegura que la uniformización de Occidente genera ciertas paradojas: "Yo me sentiría más extranjera escribiendo algo que suceda en una pequeña ciudad de provincias española que de una gran ciudad europea que puede ser similar a la ciudad donde vivo". Entre Razha y ella, defiende, media solo el haber nacido más acá o más allá en el mapa. En algún universo paralelo, los escritores ucranianos narran la guerra de 2015 en España. "Creo de verdad que cada vez más las historias van a trascender las fronteras de los países", apunta. 

Aunque Europa y Hindenburg sean novelas cortadas por las mismas obsesiones, no son literariamente similares. La diferente distancia que media entre los personajes y el núcleo del conflicto tiene también en el lenguaje. "Heda", dice, recordando a su personaje anterior, "vive su trauma por lo que pasó, que ha ocurrido y se ha ido llenando de silencio; Razha habla de algo que está pasando y que puede seguir pasando". Heda ha huido, la guerra queda atrás y está varada en un hostal, soñando con una vida que parece no comenzar nunca. Razha vive en la acción, movida por una herida aún abierta, por el instinto de supervivencia, por el miedo. Eso también afecta a la palabra. Porque la guerra, dice la novelista, es enemiga de la palabra. Heda recuerda su daño y reconstruye su vida a partir de los silencios que la habitan, cuando la amenaza ha terminado. Razha no habla, hace: "La palabra solo puede estar cuando ya no está esa experiencia traumática". Escribir la guerra es parte del proceso de reconstrucción. 

 

Tras cuatro años de guerra, al fin ha llegado la tregua. Pero no hay descanso para Razha, ni para su madre, ni para su hija: los soldados siguen en la calle, aún rondan con sus pasamontañas, y continúa también la falta de trabajo, de asistencia médica, el sobresalto ante el timbre de la puerta, ante una la llamada al móvil de un teléfono desconocido. Sobrevivir no es algo que pueda darse por supuesto. Con su nueva novela, Hindenburg (Seix Barral), Cristina Cerrada (Madrid, 1970) da un paso más en su trabajo sobre el conflicto bélico, y sobre el conflicto bélico en Europa. Ese, Europa, era el título de su libro anterior, publicado en 2017. Si allí hablaba de los refugiados que llegan huyendo de la guerra, pero con la guerra siempre pegada a la piel, ahora se acerca un poco más a la violencia. 

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