¿Cuánto has leído este año? La presión de medir los libros como si fueran pasos o canciones

Llega el fin de año, y con él, los balances: repasamos qué hemos hecho, qué hemos consumido y cómo hemos empleado nuestro tiempo a lo largo del año. Cada vez son más las aplicaciones que, a partir de los datos que acumulamos casi sin darnos cuenta, nos devuelven resúmenes temáticos de nuestra vida cotidiana: cuántas películas hemos visto, cuántos días hemos ido al gimnasio o cuántos pasos hemos caminado. A esta dinámica también se suman las plataformas para registrar nuestras lecturas anuales como Goodreads, Babelio, The StoryGraph o Fable.

En el caso de la lectura, existen varias aplicaciones o webs que nos permiten recoger, cuantificar y después compartir los libros que hemos leído. Al igual que el ya famoso Spotify Wrapped, plataformas como Goodreads ofrecen el “Year in books 2025” (Año en libros 2025), que recoge “estadísticas de lectura anuales personalizadas”.

Esta cultura de la medición, que puede resultar tan atractiva, puede tener también un lado menos positivo. Cuando la lectura se cuantifica y se compara —ya sea con otros usuarios de aplicaciones o en redes sociales— el placer de leer puede transformarse en una especie de obligación.

Un ‘wrapped’ de lecturas

Cualquiera puede llevar un registro manual de los libros que ha leído a lo largo del año, y aun así, plataformas como Goodreads logran atraer a millones de lectores para que compartan sus lecturas y, al final del año, reciban un resumen personalizado. Desde su creación en 2007, Goodreads ha acumulado millones de usuarios que pueden gestionar sus estanterías digitales: marcar qué libros han leído o cuáles desean leer, pero también publicar reseñas y puntuaciones o dar y recibir recomendaciones de otros miembros de la comunidad.

A estas estadísticas se suman los retos de lectura, conocidos en estas plataformas como “reading challenge”. Al inicio del año, cada usuario establece el número de libros que quiere leer, y a lo largo de los meses va registrando sus lecturas: marcando cuándo las empieza y las termina, puntuándolas con hasta cinco estrellas o dejando reseñas. La plataforma permite seguir el progreso en tiempo real, mostrando si vas por delante o detrás de tu objetivo. Cuando llega diciembre, las aplicaciones no solo revelan si se han cumplido los propósitos anuales, sino que también ofrecen otros datos: el libro más corto y más largo leído, el promedio de páginas por lectura o el total de páginas acumuladas a lo largo del año. Estos resúmenes convierten la lectura en una experiencia medible y visual, similar a otras métricas de hábitos personales, con la intención de motivar y celebrar el tiempo dedicado a la lectura.

Estos retos son muy útiles y “compartibles” para usuarios como Marcos, de 26 años, que lleva usando la aplicación de Goodreads desde hace tres años. Reconoce en conversación con infoLibre que ponerse un objetivo anual le empuja a leer más. Además, suele compartir en redes sociales sus resúmenes: ”Los he compartido porque quedaban muy bien todos los libros juntos, y también porque te sientes orgulloso de todo lo que has leído”. Elena, de 24, también comparte sus resultados de lectura porque le hace “ilusión” mostrar algo que ha conseguido y “disfrutado” a lo largo del año. Esta posibilidad de compartir lo que leemos al año encaja muy bien en redes sociales, donde no solo se recomiendan libros, sino que los hábitos y logros personales se transforman en contenido.

La necesidad de “sumar” libros

“Mis libros de este 2025”, “Mi wrapped de libros”, “Mi resumen de lecturas de este año”... Al igual que se comparte la “racha” en Duolingo o los artistas más escuchados en Spotify, bajo estos títulos –o los hashtags #booktok #goodreadschallenge o #2025reads– se comparten en redes las recopilaciones anuales de lecturas.

La mayoría de estas publicaciones responden a balances exitosos. Predominan los recuentos de quienes han cumplido —o incluso superado— sus objetivos de lectura, mientras que los retos no alcanzados o los propósitos más modestos apenas se muestran. Esta exhibición selectiva del hábito lector puede generar presión entre quienes no han llegado a sus propósitos o han leído menos, hasta el punto de sentir que no merece la pena compartir sus resultados o de verse empujados a “sumar” títulos en busca de validación social.

La presión por acumular lecturas empieza incluso a modificar la forma de leer. En redes sociales, especialmente en TikTok, se han popularizado prácticas como la llamada “lectura en diagonal”, una “estrategia” que consiste en saltarse descripciones extensas o centrarse únicamente en los diálogos para avanzar más rápido en un libro. Lo que se presenta como un truco para leer a mayor velocidad, responde, en muchos casos, a la urgencia por terminar el mayor número de títulos posibles –ya sea para cumplir los objetivos marcados o acercarnos a la cantidad que leen otros usuarios–.De hecho, algunos creadores de contenido de Booktok –la comunidad literaria de TikTok– han reconocido leer en diagonal para llegar a más libros. 

Esta presión por cumplir no proviene solo de la comparación entre lectores, sino que también está integrada en el propio diseño de las plataformas. Aplicaciones como Babelio –similar a Goodreads–, recuerdan a sus usuarios a lo largo del año que deben mantener el ritmo para cumplir: “Estamos ya en octubre y es momento de saber si tenemos que acelerar nuestro ritmo o si estamos cumpliendo con nuestras metas”. Aunque se insiste en que “se trata de un desafío personal, no de una competición con los demás”, emplean un lenguaje que favorece la urgencia por llegar al número de lecturas.

Para Laura Camps, publicista y autora de No nos da la vida, está claro que “nos han metido la productividad en el ADN, y es difícil escapar de ella”. Esta lógica, señala, no se limita al ámbito laboral, sino que se extiende también al ocio, al descanso y a la lectura. “Si descansamos de verdad, no podremos performar nada, así que contará como tiempo perdido”, explica, una idea incompatible con la exigencia de ser productivos de forma constante. Por eso, añade, “elegimos no descansar, renunciamos a muchas actividades y concentramos nuestros esfuerzos en una o dos que debemos maximizar para que puedan exhibirse como un éxito”.

En ese contexto, la lectura se convierte en una práctica especialmente funcional: permite mostrarse ocupado y productivo, y ofrece resultados compartibles en aplicaciones y redes sociales a través del número de libros leídos. Además, apunta Camps, los títulos elegidos no siempre responden al placer personal, sino que a menudo se seleccionan por su utilidad para el crecimiento profesional, reforzando la idea de que incluso fuera del horario laboral debemos seguir “mejorándonos como activos para la empresa”.

De ocio a obligación

Junto a quienes celebran la cantidad de libros que han leído en redes sociales, conviven los usuarios frustrados con sus cifras. “He estado en bloqueo lector cinco meses y solo he leído 30 libros este año”, lamenta una usuaria en una publicación donde otra muestra que ha leído más de 100 libros. Incluso entre quienes cumplen o superan sus retos hay espacio para el malestar: la creadora de contenido @missyreadsromantasy, satisfecha con su balance anual, reconoce aun así que habría preferido leer más despacio y disfrutar más de cada libro.

El problema de convertir en “logros cuantificables” un hobby como la lectura es la presión por un objetivo final, según lo explica Elvira Andújar, psicóloga y neuropsicóloga. Para la también profesora en el CES Cardenal Cisneros, si leemos solo pensando en que vamos a publicarlo o compartirlo, “la motivación para hacerlo se basa únicamente en el producto final y no en el proceso”. Además, esta motivación es “externa y no interna”, pues estamos más pendientes de compartirlo que de disfrutar de la lectura.

Laura Yong, divulgadora en redes sociales, explica que “muchas veces por estar en Internet vemos muchos trends, listas de libros pendientes, libros que se ha leído una persona durante el mes… y nos hace sentir que vamos un poco tarde o que no somos lectores reales por no habernos leído 20 libros durante el último mes”. En su caso, el reto anual de Goodreads terminó resultándole agobiante: “Sentía que no estaba llegando, que no estaba leyendo suficientes libros o que no lo hacía a la velocidad adecuada”.

Perseguir objetivos de forma constante —también en el ámbito de la lectura— puede generar presión, advierte Andújar. “Actividades que antes se disfrutaban por sí mismas pasan a convertirse en un medio para alcanzar un objetivo”, en este caso, llegar a un número “aceptable” de libros leídos en un periodo determinado.

Compartir esos propósitos, añade, es un arma de doble filo. Por un lado, puede resultar “útil y motivador”, pues puede favorecer el compromiso con nuestros objetivos –siempre que en la comparación con otras personas se tengan en cuenta las circunstancias individuales y se mantenga la motivación intrínseca–. Sin embargo, al mismo tiempo también puede intensificar la presión y derivar en situaciones de ansiedad. “Compararnos únicamente a partir de los resultados finales de los demás puede generar expectativas poco realistas y frustración cuando no logramos cumplirlas”, señala. En ese contexto, una actividad placentera corre el riesgo de transformarse en una obligación.

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Estas dinámicas de presión y comparación, señala Andújar, pueden afectar a todas las edades, pero lo hacen con mayor intensidad en jóvenes y adolescentes, más habituados al uso de redes sociales y a la búsqueda de aprobación externa a través de ellas. Esta mayor exposición a la presión no implica, sin embargo, un alejamiento de la lectura. Las estadísticas de España muestran un interés creciente por los libros en casi todos los grupos de edad, pero destaca la población entre los 14 y 24 años, donde el 75,3% lee en su tiempo libre.

Son varios los estudios que señalan la “revolución literaria” que han supuesto las redes sociales y las plataformas de catalogación de lecturas. Una investigación de la Universidad de Almería las describe como “promotores de la lectura”, “prescriptores de confianza” y “aliados de la educación formal y la formación lectora y literaria”. Coincide Estrella Alonso, lectora profesional, escritora y divulgadora como @etoilesinde, quien considera que todos estos actores “hacen de la lectura una actividad menos solitaria”.

Como creadora de contenido, explica que su objetivo es promover la lectura “y punto”, y subraya que ya es motivo de celebración “que alguien haya pasado de no leer a leer, aunque sea un solo libro”. En conversación con infoLibre, defiende la necesidad de dejar atrás la presión por acumular títulos: “Tenemos que ser menos prescriptivos y dejar que cada cual lea como quiera y cuanto quiera. ¿Que a alguien le divierte el reto de leer un libro a la semana? ¡Fenomenal! ¿Que otra solo quiere leer grandes obras de miles de páginas? ¡Estupendo! La lectura está para aprender y para disfrutar, no hay reglas”.

Llega el fin de año, y con él, los balances: repasamos qué hemos hecho, qué hemos consumido y cómo hemos empleado nuestro tiempo a lo largo del año. Cada vez son más las aplicaciones que, a partir de los datos que acumulamos casi sin darnos cuenta, nos devuelven resúmenes temáticos de nuestra vida cotidiana: cuántas películas hemos visto, cuántos días hemos ido al gimnasio o cuántos pasos hemos caminado. A esta dinámica también se suman las plataformas para registrar nuestras lecturas anuales como Goodreads, Babelio, The StoryGraph o Fable.

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