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Literatura

Joan Margarit y Luis García Montero: poesía "en tiempo de manipulaciones"

Los poetas Luis García Montero y Joan Margarit recitan en el acto de este sábado en la Residencia de Estudiantes, en Madrid.

Lo decía Jordi Gracia: no era este sábado la primera vez que Joan Margarit (Sanauja, Lleida, 1938) y Luis García Montero (Granada, 1958) compartían escenario. Pero los poetas se reunían para recitar en la Residencia de Estudiantes, en Madrid, a días de las elecciones catalanas y en un panorama político en el que se han pronunciado con frecuencia las palabras "crispación" y "enfrentamiento". "Algo tiene de significado latente y explícito esta forma de expresar el respeto y la admiración mutua", decía el historiador. "En ambos hay un corazón que bombea en forma de solidaridad. Cada uno de ellos se plantea cómo reaccionar a los cambios de la sociedad a través de la poesía". Y el poeta granadino lo hacía evidente: "La cultura tiene que insistir en la verdad en tiempo de manipulaciones". 

Los dos escritores comparten, además de tradición y amistad, la editorial Visor y la presentación de sendos libros: A puerta cerrada de García Montero y Un asombroso invierno/Un hivern fascinantUn hivern fascinant (en edición bilingüe en Visor, en catalán en Proa) de Margarit. Pero el acto era mucho más que la lectura conjunta de rigor, tanto más cuanto se repetirá en Barcelona el próximo 20 de diciembre, un día antes de que los catalanes se acerquen a las urnas. Sin grandes declaraciones, sin posicionamientos explícitos, el recital se convertía en un acto político transparente, obvio también a ojos de los más de 200 asistentes.

El peso simbólico se leía en algunas caras del público: Unai Sordo, secretario general de CCOO; Cándido Méndez, su homólogo en UGT hasta 2016; Julio Rodríguez, nuevo secretario general de Podemos Madrid; Ángel Gabilondo, portavoz del PSOE en la Asamblea de Madrid; Inés Sabanés, concejala de Ahora Madrid... Del lado de la cultura, Miguel Ríos, Ana Belén, Víctor Manuel, Benjamín Prado y Almudena Grandes, entre otros muchos. 

Era Gracia quizás quien subrayaba más claramente el significado del encuentro entre estos dos grandes nombres de la lírica en castellano, ambos valedores del Premio Nacional de Literatura: "En una época en la que la tendencia hacia el fundamentalismo se ha agravado, los dos poetas han empezado a desarrollar una verdad humilde, incierta pero más útil para entender las razones de cada cual a pesar de los enfrentamientos. Hay una invitación a restituir las formas más honradas de verdad íntima y, en la medida en que sea íntima, también pública".

Los guiños entre ambos eran más que eso, y tomaban categoría de brazos tendidos entre Barcelona y Madrid, entre Barcelona y Granada. Margarit, leyendo en castellano —él mismo traduce sus poemas escritos en catalán—, nombraba en sus versos la cuesta de Atocha, la estación de Chamartín. El cierre del acto era una comunión literaria: ambos leían juntos, alternándose,el poema de Margarit "La llibertat / La libertad", el catalán en castellano y el andaluz en catalán. Si García Montero se disculpaba por su acento, su compañero le respondía: "No se entiende el acento catalán de hoy sin la influencia andaluza de todos estos años". 

La fecha elegida no era casualidad: el 16 de diciembre que, recordaba García Montero, era también el aniversario de los días de invierno en que Luis Cernuda, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Gerardo Diego y otros se reunían en Sevilla para reivindicar a Luis de Góngora 300 años después de su muerte. Aquellos jóvenes no sabían que estaban fundando lo que se llamaría la Generación del 27. En esta reivindicación de la tradición se enmarca también la admiración mil veces confesada del granadino por el catalán, y devuelta por este, de nuevo una particularidad íntima que tomaba dimensión pública.

Al igual que el peso de la memoria en la obra de ambos, que Margarit hacía evidente en poemas como "Coraje", homenaje a su abuela, y que el granadino explicitaba: "Tiene razón Jordi cuando dice que en A puerta cerrada hay mucha derrota y desorientación con los que está ocurriendo, pero yo pertenezco a una tradición que explicó muy bien Ángel González cuando tituló un libro Sin esperanza, con convencimiento". Los aplausos revelaban que no estaba solo. 

En "Vigilar un examen sobre Historia de España" —publicado también en este periódico—, García Montero parece derrotado ante un presente que no avanza: "Nada me cansa más/ que corregir exámenes./ Ver cómo pasa el tiempo,/ envejecer, sentirse tachadura/ sobre papeles amarillos,/ víctima y responsable/ de un amargo suspenso general". Porque hay también una complementariedad privada en estos libros. En el de García Montero, Jordi Gracia veía una "herida" muy conocida por Joan Margarit. Pero este último ha encontrado en sus propios versos "una manera de asumir el dolor, de celebrar la vida". Un asombroso invierno de calma: "Llega el olvido tranquilizador y vuelve siempre vuelve la alegría". A puerta cerrada acaba por situarse "allí donde discuten las miradas anónimas/ allí donde es urgente la poesía". Y en el abrazo final de los poetas, después de haberse prestado sus lenguas maternas, había algo parecido a la esperanza. 

 

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