A pesar de que la Transición española se sigue catalogando como modélica, libros como Retrato de la Transición. La memoria que escondimos en el desván, de Francisco J. Leira Castiñeira, desmitifican este periodo histórico. Entre sus páginas, editadas por Siglo XXI, se realiza un viaje hacia atrás en el tiempo para abordar el regreso de la democracia en España, pero también con vistas a futuro, en pleno auge de la ola reaccionaria.
Leira Castiñeira es profesor de la Universidad Carlos III de Madrid y doctor en Historia por la de Santiago de Compostela, con la tesis La socialización de los soldados del ejército sublevado (1936- 1945). Su papel en la consolidación del Régimen franquista, que fue galardonada con el premio Premio Miguel Artola 2019 a tesis doctoral. También ha escrito Soldados de Franco. Reclutamiento forzoso, experiencia de guerra y desmovilización militar (Madrid, Siglo XXI, 2020).
infoLibre adelanta un fragmento de esta obra, que sale a la venta el próximo lunes 19 de enero.
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Lo que no quisimos ver tras el consenso de 78
Dorian Gray, el personaje principal del libro de Oscar Wilde, guarda sorprendentes similitudes con la transición a la democracia. Aquel periodo ha sido sacralizado por políticos, por medios de comunicación y por parte de la generación que lo protagonizó. Es cierto que esa etapa pudo deslumbrar, pero el paso del tiempo ha revelado una narrativa que fue más allá de la necesidad política y que se asentó sobre un discurso rígido e incuestionable. Las declaraciones de algunos políticos, las posturas de algunos sectores de la prensa y los datos de ciertas encuestas, como las del CIS, reflejan que hoy un sector sociopolítico sigue prefiriendo no mirar ese retrato por miedo a lo que pueda encontrar.
El relato hegemónico presenta la transición como un proceso ejemplar de reconciliación nacional, acordado entre antiguos enemigos, y como un modelo para otros países. Se exalta la figura del rey Juan Carlos I como garante de la democracia, se glorifica la aprobación mayoritaria de la Constitución de 1978 como el gran hito fundacional del nuevo sistema político y se ensalza la llamada cultura del consenso como la clave que permitió el paso pacífico de la dictadura a la democracia. Sin embargo, esta visión ha ocultado otros detalles —el miedo a una regresión autoritaria, las limitaciones impuestas por el aparato franquista, aún vigente en muchos ámbitos del Estado, la violencia política en las calles y la renuncia a profundizar en una memoria crítica de la dictadura— y ha silenciado otras voces —el asociacionismo vecinal, los movimientos sociales y la cultura alternativa— cuya vitalidad fue muy superior a la representación parlamentaria que lograron. Esta versión oficial ha derivado en una especie de intocabilidad simbólica: la monarquía parlamentaria, la Constitución, la bandera, el modelo de descentralización, que en gran medida parte desde Madrid, se han convertido en los pilares incuestionables del edificio constitucional. Ponerlos en cuestión, más que un derecho democrático, se ha considerado durante décadas una amenaza al sistema mismo. Hoy nadie se acuerda del rechazo casi generalizado del nombramiento de Adolfo Suárez, ni de su marcha por la puerta de atrás —si no fuese por su sereno papel en el 23F— tan solo siete años después.
En su contexto, la transición fue sin duda un logro, pero convertirla en mito ha impedido en muchas ocasiones que la democracia española evolucione según las necesidades y las exigencias de cada momento. Su legado institucional es, en gran medida, una herencia viva que, sin embargo, necesita revisarse a la luz de nuevas sensibilidades y realidades. Lo primero será aclarar por qué sostengo que la transición no comenzó con la muerte de Franco, sino en pleno franquismo y dentro de la mentalidad de sus líderes. Desde 1975, tras la muerte del dictador, se articuló un proceso destinado a insertar a España en la órbita de los países democráticos europeos. Pero ese proceso —sin aludirlo abiertamente— estuvo desde el inicio condicionado por un pasado incómodo, violento y no resuelto. Voluntaria o involuntariamente, quienes protagonizaron la transición distorsionaron la historia de España y efectuaron una reinterpretación con el fin de construir un nuevo marco institucional sin tener que afrontar los traumas colectivos. Es cierto que durante la transición se impulsaron algunas medidas para reparar el daño que se causó a los «vencidos» de la guerra civil. Se reconocieron pensiones y derechos simbólicos a funcionarios depurados y combatientes republicanos. También se aprobaron indemnizaciones para quienes fueron encarcelados por causas políticas, pero la transición evitó incorporar plenamente este pasado en su relato oficial.
El primer mecanismo al que se recurrió fue el silencio: para evitar —o eso se decía— un nuevo conflicto armado, se decidió no hablar de la guerra civil ni del franquismo. Esta omisión afectó a todos los ámbitos: impregnó la educación, los medios de comunicación, la producción cultural y el relato institucional. En segundo lugar, se difundió, y aún hoy se reproduce, una tesis que solo puede calificarse de verdad a medias: la de la «particularidad española». ¿Fuimos realmente tan distintos al resto de Europa? Solo en parte. Es cierto que la dictadura franquista duró casi cuatro décadas, pero España no fue un caso aislado. La llegada del fascismo, el auge de los nacionalismos autoritarios y el colapso de los sistemas liberales fueron fenómenos comunes en casi todo el continente, y muchos países europeos atravesaron conflictos civiles internos, además de sufrir las consecuencias de dos guerras mundiales. Y, en tercer lugar, se intentó adoptar una postura centrista inexistente y se idealizó el concepto de la tercera España. Este concepto, que plantea una vía alejada de los extremos enfrentados en la guerra civil, sirvió a muchos actores políticos para desmarcarse tanto del franquismo como del republicanismo y permitió a buena parte de la derecha desprenderse del estigma del franquismo y adoptar una postura equidistante.
Ver más'Las huellas de la Transición'
La transición española no fue un periodo perfecto —ninguno lo es—, pero resulta imprescindible observarlo sin nostalgia ni rencor para aprender tanto de sus aciertos como de sus carencias. El principal mérito de este modelo de reforma es que hizo frente al riesgo de una involución autoritaria —como la del 23F—, pero dejó abiertas cuestiones fundamentales: el encaje territorial del país, la jefatura del Estado, la aplicación efectiva de los derechos sociales, la reparación de los represaliados de la guerra civil y del franquismo. Con las primeras elecciones democráticas, que revelaron una «correlación de debilidades», ningún partido consiguió los resultados suficientes para imponer su proyecto, y todos se vieron obligados a negociar, ceder y construir consensos. En aquel contexto, las ambigüedades no solo eran funcionales, sino necesarias, porque servían para llegar a acuerdos. Sin embargo, su prolongación hasta hoy genera una parálisis institucional que impide dar respuesta a las nuevas exigencias sociales.
Una democracia que no se actualiza es una democracia que envejece. Lo que pone en peligro la democracia es la petrificación de la Constitución, no la idea de reformarla. La generación que padeció el crac económico de 2008 tiene razón en señalar que no hubo una ruptura política ni institucional con el régimen anterior. La crítica al sistema político de 2011 nacía de una firme vocación democrática. Sin embargo, la confrontación intergeneracional —agria y precipitada—impidió alcanzar acuerdos esenciales para que toda la ciudadanía se sintiera partícipe. El descontento con las instituciones ha sido capitalizado por la extrema derecha, que enarbola la bandera de la antipolítica con posiciones xenófobas, homófobas, machistas y autoritarias. Por eso, no es momento para luchas generacionales que no conducen a ningún sitio.
Debemos entender que en algo estamos de acuerdo: en que queremos un Estado de derecho moderno, plural y vanguardista que sea un referente a nivel mundial. La defensa de la democracia no puede entenderse como el patrimonio exclusivo de una época ni de unos protagonistas concretos, sino como un esfuerzo colectivo, inacabado y permanente que nos compromete a todos: a quienes la construyeron, a quienes la habitamos y a quienes la heredarán. Por eso sería profundamente injusto —y paradójico— que la generación del 78, que luchó con valentía para abrir espacios de libertad y participación, se convierta ahora en un obstáculo para la transformación que reclama la generación actual y que reclamarán las generaciones futuras. El objetivo de Retrato de la Transición. La memoria que escondimos en el desván —compuesto con más de cincuenta testimonios de los protagonistas de este periodo— no es fortalecer la democracia actual, sino alertar de que la forma más honesta de actualizarla consiste en mostrar esa pintura que hemos guardado en el desván.
A pesar de que la Transición española se sigue catalogando como modélica, libros como Retrato de la Transición. La memoria que escondimos en el desván, de Francisco J. Leira Castiñeira, desmitifican este periodo histórico. Entre sus páginas, editadas por Siglo XXI, se realiza un viaje hacia atrás en el tiempo para abordar el regreso de la democracia en España, pero también con vistas a futuro, en pleno auge de la ola reaccionaria.