Carmen Balcells en claroscuro: de la persona y de la agente literaria

Carmen Balcells, traficante de palabras

Carme Riera

Debate (Madrid, 2022)

 

La biografía vive una edad de oro en España, sobre todo si comparamos la producción actual con la que contábamos en décadas anteriores, y no hay más que llamar la atención sobre otras dos que acaban de aparecer, la de Miguel Dalmau, Pasolini, el último profeta, y la de Jordi Amat, Vencer el miedo. Vida de Gabriel Ferrater, ambas en Tusquets.

En el caso que ahora nos ocupa, es necesario recordar, para quienes no lo tengan presente, que la responsable de este libro ha destacado como narradora en catalán, ensayista en castellano y gestora cultural (el libro se lo dedica a varios compañeros de CEDRO, con quienes trabajó en favor de los derechos de autor). Además, ha llegado a la jubilación como catedrática de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Barcelona, habiendo dedicado trabajos imprescindibles a la poesía de la segunda mitad del siglo XX, sobre todo a los autores de la denominada Escuela de Barcelona, pero también a la literatura del Siglo de Oro, con Cervantes a la cabeza, aunque sin olvidarse de la poesía. Si le añadimos, asimismo, que ha estado representada por la Agencia Balcells y que era amiga personal de su fundadora ("casi cuarenta años de amistad", página 81), no nos cabe duda de que resultaba ser la persona idónea para llevar a cabo esta biografía, que ha contado con la aquiescencia de Lluís Palomares, hijo de Carmen Balcells y actual responsable de la agencia. Pero, por eso mismo, se trataba de una empresa difícil que la autora ha llevado a buen puerto al tratar con ecuanimidad e independencia tanto a la persona como al personaje, a la leyenda y al mito, resaltando tanto lo positivo como lo negativo ("tuvo muchas virtudes, y bastantes defectos", afirma Carme Riera, página 18), los inconvenientes que surgían en el trato cercano.     

La biografía se centra sobre todo en dos asuntos: el trabajo profesional, como fundadora de la agencia literaria más importante del mundo hispánico y, probablemente, una de las más influyentes del resto del mundo (administraba los derechos de seis Premios Nobel); y en el carácter —digamos— peculiar de la biografiada. Así, diría que se desarrolla en torno a tres ejes: el círculo familiar, los trabajadores de la agencia y sus clientes, tanto escritores como editores, en varias ocasiones también estrechos amigos, como ocurre en los casos de García Márquez, Vargas Llosa, Cela, tres premios Nobel, Max Aub, Juan Marsé, Manuel Vázquez Montalbán, José Luis Sampedro, Nélida Piñón ("fue posiblemente, después de su madre y tras Lola Cardona [su cocinera y empleada del hogar], la mujer más importante de la vida de la agente", comenta Riera, página 163), Luis Goytisolo mientras permaneció con ella, Alfredo Bryce Echenique, Félix de Azúa, Eduardo Mendoza, Isabel Allende (nunca formó parte del llamado boom), Rosa Montero, Javier Cercas y la misma Carme Riera. Tarde, de la mano de Aurora Bernárdez, llegaron a la agencia los derechos de Julio Cortázar.

El libro, bien ordenado, se compone de 33 capítulos nominados y un apéndice, en los que se ocupa de la gestación y consolidación del mito, de la persona y del personaje que acabó creándose. De sus primeros años, en la Lleida profunda y de la creación de la agencia en Barcelona; y de su vida familiar: sus padres y hermanos, el marido y el hijo. Pero también se ocupa de la relación con algunos de los grandes autores del boom, además de los citados, con Carlos Fuentes y José Donoso, me temo que entonces sobrevalorados como narradores. Y de los nuevos fichajes, algunos ya aludidos: Cela, aunque al morir, su heredero puso en manos de Antonia Kerrigan los derechos, Álvaro Mutis y Jaime Gil de Biedma (fue su albacea testamentaria), entre otros, así como el poeta y ensayista Jaime Ferrán, amigo de juventud, a quien creo, sin embargo, que no llegó a representar. Los colaboradores más cercanos en la agencia a lo largo de los años fueron Magdalena Oliver, Javier Martín, Glòria Gutiérrez, Carina Pons y Carmen Pinilla. Pero, además, creó escuela: Antonia Kerrigan, Silvia Bastos o Maribel Luque, hoy directora literaria de la Agencia Balcells, quizá sean los nombres más destacados. Y no se olvida de las relaciones con otros editores, casi todos los más importantes de la segunda mitad del XX, de Herralde, Beatriz de Moura y Toni López a Gonzalo Pontón. Ni de rememorar sus viajes, casi siempre por motivos profesionales, a diversas ciudades de Europa o de la América Latina. Y, por último, quizá sea la parte menos atractiva, pero necesaria, aborda sus aficiones personales, los distintos avatares de su falsa retirada, pues nunca se fue del todo, los reconocimientos y honores sociales, tanto de entidades políticas como culturales, las nuevas empresas que creó, sin que llegaran a funcionar bien, como en alguna ocasión le advirtió su marido, aunque no le hiciera demasiado caso. Y la venta de sus archivos al Ministerio de Cultura, otra parte de los cuales permaneces en Santa Fe.

La relación que entabla con sus autores fue tan cercana que llegó a prestarles un piso que tenía en Barcelona o la casa de la Segarra (Lleida), para que pudieran escribir con tranquilidad. Les anticipó dinero, o les proporcionó una mensualidad, organizó homenajes, en fiestas o comidas, los colmó de flores, para lo cual necesitaba tener una florista de confianza, e incluso a veces les mandaba su taxista de cabecera, como lo llama la autora, cuando pensaba que podían necesitarlo. Yo mismo lo comprobé en una ocasión, volviendo con Marsé en avión desde Jerez, cuando el taxista nos esperaba en el aeropuerto para depositarnos en nuestras casas. Tuvo, además, unos periodistas en los que confiaba, como Juan Cruz y Rosa Mora, del diario El País, y Xavi Ayén, de La Vanguardia, aunque a este último, por lo que se nos cuenta, no le quedara más remedio que pagar algún que otro peaje, a cambio de abrirle  puertas que permanecieron cerradas para casi todos los demás.   

El libro, por tanto, es mucho más que una estricta biografía de Carmen Balcells, pues se ocupa también de cuándo y cómo surgen las agencias en España y de su manera de funcionar; de una cierta historia de la edición en nuestro país durante las últimas cinco décadas; y de la lucha por los derechos de autor y por la dignificación del trabajo de los escritores. Este último aspecto resulta fundamental, pues gracias a sus conquistas legales algunos autores pudieron vivir de la escritura. Así, acabó con los contratos draconianos que duraban toda la vida; consiguió que los editores pagaran anticipos y que no intervinieran en los derechos extranjeros de los libros contratados en España; apostó por compartimentar los derechos y vender las ediciones de bolsillo a varios sellos —cuantos más, mejor—, lo que culturalmente generaba confusión, aunque resultara económicamente rentable; y fue la artífice de la llamada cláusula Balcells, que permitía a los escritores tributar a Hacienda de manera fraccionada. En cambio, el invento de la torna, la venta de un paquete conjunto de escritores, resultaba abusivo, creo que dañino para los editores y humillante para los escritores que iban en el lote casi de comparsas.  

Se trata, en suma, de un libro bien documentado, en el que se vale de las consultas en diversos archivos, entre ellos el de la propia biografiada, depositado en Santa Fe, de numerosos testimonios personales y de un conocimiento profundo de la bibliografía, tanto académica como periodística. Echo de menos, me pongo chinche, alguna referencia al libro de conversaciones de Miguel Fernández-Braso con García Márquez, el primero en su género, y el dossier de Quimera sobre los agentes literarios. Carmen Balcells mimó a algunos autores, aunque no con todos logró las ventas apetecidas, ni consiguió imponerlos, a pesar de sus empeños, habiendo quedado en un semiolvido, como ocurrió con Vicente Leñero, el talentoso José Antonio Gabriel y Galán, y Manuel de Lope, por solo citar tres casos a los que se refiere Riera. A otros no los atendió tanto como les hubiera gustado, quejándose de la falta de interés que mostraba por ellos, pero lo más frecuente ha sido oír hablar bien de ella, o muy bien, a sus representados, e incluso a los editores, tras las negociaciones por el pago de derechos.

En una ocasión, la agente me preguntó qué me parecía la obra de Gustavo Martín Garzo, si le veía futuro como escritor, pues no hablamos de las posibilidades de las ventas, porque de eso ella sabía mucho más que yo. El caso es que elogié su obra y luego supe que se había convertido en su agente, que él la abandonó posteriormente, se cuenta en el libro por qué, y que finalmente volvió con ella, como también regresó Cabrera Infante (su infumable traducción al español de Cuba de Dublineses no hubo manera de que tuviera una alternativa porque la agente se negaba a conceder los derechos para hacer otra versión). En cambio, la abandonaron Vicente Leñero, Guelbenzu, Jorge Edwards, Rosa Regás, Vázquez Figueroa y la viuda de Roberto Bolaño; y no quiso representar a Zoe Valdés, con la excusa de que era una mujer, aunque la razón real debió de estribar en sus constantes alegatos contra el castrismo, cosa que solo se les permitía a autores como Cabrera Infante o Vargas Llosa. Pero quizá las críticas más duras se las hicieron José Donoso, en El jardín de al lado (1981); Carlos Barral en su novela Penúltimos castigos (1983); el disparatado García Viñó en la revista La Fiera literaria; La subasta (2019), pseudonovela –así la llama la autora— de Rafael Borràs; y en Recuerdos sin retorno (2013), de Daniel Vázquez Sallés, quien trabajó en la agencia, el hijo de Vázquez Montalbán.

Su fuerte carácter, el trato que les dio a sus empleados, a quienes la rodeaban, fueran familiares, amigos, escritores o periodistas, queda bien reflejado en estas páginas. Carmen Riera, sin dejar de mencionar que podía ser muy generosa y atenta, preocupada por los demás y cariñosa, o que tenía un gran sentido del humor, por lo que podía reír a carcajadas, aunque también lloraba con tanta facilidad como frecuencia, comenta —a veces aduciendo testimonios ajenos— que podía ser despótica, antojadiza y desabrida, miserable, arrogante y entrometida, celosa y desconfiada, y con tendencia a deprimirse. En suma, que la llamada Mamá grande, la agente con licencia para matar o Balcellstein (por el general Wallenstein, político y militar de Bohemia que luchó contra los protestantes en la guerra de los Treinta Años, a quien Schiller dedicó una memorable trilogía dramática, completada en 1799, en la que aparecía como un ser violento y de mal carácter), aun siendo muy poderosa, a veces se sentía "vulnerable, insegura e infeliz", como sucedió tras un comentario grosero del viejo Lara (página 23). A la opinión de los demás habría que sumarle también su autorretrato (página 21).   

En un terreno más anecdótico, se cuenta que era aficionada a la decoración, a la porcelana modernista y a las estilográficas, que coleccionaba, y sobre todo a la astrología. Le consultaba a menudo a la pitonisa italiana Lisa Morpurgo, y luego a su discípula Magdalena Magliano, quien le pronosticó a Luis Goytisolo que ganaría el Premio Nobel, y a la gastronomía. Su afición a la comida debió llevarla a la gordura que la hizo sufrir y fue por ello objeto de escarnio privado. Los resultados de las visitas a la clínica Buchinger, de Marbella, que también frecuentaba Vargas Llosa, no solían durarle mucho. En una ocasión, a finales de los noventa, me la encontré en la barra del bar del hotel Monasterio de San Miguel, en El Puerto de Santa María (Cádiz), recién llegada de la clínica de Marbella, tomando unas suculentas y generosas raciones de tapas poco antes de cenar, que amablemente me invitó a compartir. Cuenta la autora que a veces afirmaba, "no tan en broma como se pudiera suponer", que "lo que más le hubiera gustado era haber sido alta, delgada y muy guapa para poder convertirse en una mujer objeto" (página 72). A este respecto, la revelación más sorprendente para mí es la breve relación que mantuvo con Armas Marcelo, "nos enamoramos", como él mismo recuerda en sus memorias.

Buscaba conseguir buenos anticipos, los derechos mejores para los escritores, claro, pero también respetaba mucho la calidad literaria. A este respecto, el caso más paradigmático es el de Aliocha Coll (1948-1990), raro entre los raros, cuyos libros, casi ilegibles, logró que aparecieran publicados en Alfaguara, Destino y la mallorquina Calima. Aunque a este respecto, Carme Riera podría haber añadido que recibió el apoyo de Javier Marías, de quien proceden casi todos los datos de que disponemos sobre este singularísimo autor. También se echa de menos la historia de la acusación de plagio a Cela, por la novela que obtuvo el Premio Planeta, historia —de ser cierto lo que se cuenta— en la que Carmen Balcells tuvo un papel relevante y en la que intervinieron como peritos, primero Sergio Beser y luego Luis Izquierdo, cuyo diagnóstico fue completamente distinto.      

No quiero dejar de comentar el cuadro de Gonzalo Goytisolo, que ilustra la cubierta y la contra del libro, en el que aparece la agente desdoblada. Se trata del primero de los retratos que dedicó a otros escritores, como los de Luis, su padre, y su tío Juan, o aquel otro que le hizo a Juan Marsé, por recomendación de la agente. Los dos últimos están colgados en la Biblioteca Nacional, en la galería de Premios Cervantes. Y deseo resaltar que la agencia no parece haber sufrido mermas desde el fallecimiento de su fundadora, habiendo incorporado a autores como Alejo Carpentier, Luis Sepúlveda o Jaume Cabré.

He tenido la fortuna de conocer y tratar tanto a Carme Riera como a Carmen Balcells, mucho más a la primera, como compañera de Departamento y amiga estimada; pero también a la segunda, con quien compartía la amistad con Luis Goytisolo. Gracias a ello, en una ocasión fui invitado a cenar en su casa, en homenaje al autor de Recuento. Coincidimos, además, en algunos de los congresos de la Fundación Luis Goytisolo, situada en El Puerto de Santa María; y, por último, a comienzos de los noventa tuve un curioso encuentro con ella y García Márquez en un restaurante de Barcelona, breve historia que he relatado en otro lugar. El caso es que la impresión que yo me había ido haciendo de Carmen Balcells, a quien podría decirse, sintetizando, que conocí de visita, coincide bastante con la que aquí nos muestra Carme Riera, quien acierta a retratar con soltura y precisión la compleja y poliédrica personalidad de la agente, deshaciendo algunos mitos y leyendas. El libro empieza afirmando que Carmen Balcells le cambió la vida, pero no sólo ocurrió con la autora de esta biografía, sino con otros escritores, sobre todo algunos narradores de España e Hispanoamérica. Se trata, en suma, de un libro de amenísima lectura, imprescindible para entender la historia del sistema literario español e hispanoamericano de las últimas cinco décadas.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

Para releer a Ana María Matute

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