Para releer a Ana María Matute

El libro de Ana María Matute. Antología de literatura y vida (Edición de Jorge de Cascante)

Blackie Books

Barcelona (2021)

Se compone este libro de numerosos materiales relativos a la vida y obra de Ana María Matute, de textos breves completos y de extractos de sus narraciones y declaraciones sobre literatura, así como de numerosas fotos, no siempre conocidas, sin olvidarse de reproducir manuscritos, dibujos, entrevistas (destacaría las dos de Manuel del Arco, en 1954 y 1959, y la caricatura que aparece en la primera) y muchas de las cubiertas de sus libros, como las sobrias de Destino, varias de ellas excelentes. Se añade a todo ello el prólogo y las explicaciones del editor, quien reconoce la ayuda que le ha prestado, sobre todo, Alba G. Mora, aunque en alguna ocasión aislada peca de jovial.

Podría decirse, en suma, que esta antología supone una buena puerta de entrada a la literatura de Ana María Matute, autora que ha merecido todos los reconocimientos posibles, pero a quien la crítica académica no le ha hecho todavía justicia, a pesar de ser una de las grandes escritoras españolas, en castellano, del siglo XX y de comienzos del XXI, junto a María Zambrano, Rosa Chacel, María Teresa León, Carmen Conde, Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite, Gloria Fuertes, Esther Tusquets y Almudena Grandes, por solo citar a las ya fallecidas.

Quiero resaltar el gran esfuerzo editorial que ha debido de haber detrás de la composición de este libro, así como sus buenos resultados, su atractivo diseño. La edición, en tapa dura, con cubierta en tela, su tintado, me parece –en esencia– modélica.  

Respecto a la selección de textos, resulta oportuna la aparición de algunos microrrelatos de Los niños tontos (1956), a los que el editor llama cuentos, como si fueran lo mismo (en la página 229 se reproduce un titular de la revista El Español en donde se tacha al libro de novela), aunque prescinde de los cuentos que aparecen en ese libro, que también los hay; de relatos breves; y de lo que me parece más discutible, de extractos de cuentos y novelas, pues con esos fragmentos apenas puede uno hacerse una idea cabal de lo que cuentan esas narraciones, ni tampoco de cómo lo cuentan. Tomemos el ejemplo de Los hijos muertos (1958), quizá junto a Olvidado rey Gudú (1996), sus mejores novelas, del que se nos proporcionan ocho fragmentos (páginas 98, 122, 131, 178, 245, 256, 351 y 435), sin que tras la lectura logremos hacernos ni siquiera una composición de lugar aproximada de la complejidad de esta novela, ni de su estructura, temas, motivos, personajes, espacios en que se desarrolla la acción, el trasfondo histórico y social, o el estilo.

Respecto a la existencia de la autora, creo que el editor abusa de la relación entre vida y literatura en su obra, a pesar de que Matute la desmiente en numerosas ocasiones. Así pues, se cuenta la relación con sus padres y hermanos, con su tata Anastasia, con su suegra y con su hijo Juan Pablo, su nuera y sobrinas, así como con Julio Brocard, su segundo marido, el Bueno. Pero acaso tendría que haberse explicado mejor quién era Ramón Eugenio de Goicoechea, el Malo, sus muchas pretensiones como escritor y los modestos resultados que obtuvo con sus libros. 

 Por lo que se refiere a las declaraciones sobre su concepción de la literatura, debe tenerse en cuenta que –en esencia– fue una narradora de historias, una escritora intuitiva, poco dada a la teoría y a las explicaciones –digamos– técnicas sobre su obras. A pesar de ello, las reflexiones que aparecen tanto en el Imaginario Matute (páginas 38-49), como en los Apéndices finales son de suma utilidad para una mayor comprensión de su obra. El discurso de entrada en la Academia, un género que no le hacía gracia alguna, y el que dio con motivo de la entrega del Premio Cervantes, resultan también utilísimos para comprender mejor su vida y sus inquietudes literarias. Y quizá podría haberse añadido los prólogos que les puso a los cuentos de Cortázar e Ignacio Aldecoa, en aquellas ediciones de la colección RTV, en 1982 y 1983. 

Considero un acierto del editor el haber utilizado materiales que no suelen tenerse en cuenta, tales como las entrevistas que le hicieron en diversos programas de televisión. Hay que destacar también las numerosas fotos, sobre todo las de Mansilla de la Sierra, y la que le hizo Oriol Maspons (página 285), pero sobre todo, las de Colita, de quien afirmaba que era su fotógrafa particular: "Me saca siempre tal y como soy, nunca estereotipada" (página 339). De entre todas las fotos que esta le hizo, destacaría tres, reproducidas en las páginas 318, 340-341 y 461. En la primera, tomada en la terraza de su casa de Sitges, en 1970, aparece junto a dos de sus grandes amigas: Ana María Moix y Esther Tusquets (la he comentado en un número reciente de la revista Ínsula); en la segunda, de la que se nos dan tres versiones, creo recordar que se publicó por primera vez en la revista Camp de l´arpa, también hecha en Sitges, aparece tumbada en la hierba, con una mirada hosca, junto a Ana María Moix, Jaime Gil de Biedma, la editora Maite Arbó, Carlos Barral, con su gorra marinera, Juan Marsé e Ivonne Hortet, la mujer de Barral; y en la tercera, de 1999, la acompañan Carmen Martín Gaite y Josefina Aldecoa, otras dos buenas amigas. Se incluye otra foto que me parece también antológica, aunque no figura el nombre de su autor. En ella está acompañada por Clara Janés, Gloria Fuertes, Carmen Conde y Rosa Chacel (páginas 402 y 403). El caso es que si hubiera que hacer una historia de la literatura española a partir de sus fotografías, idea que me tienta, estas cuatro deberían figurar.  

En cambio, echo de menos alguna foto de Julio Brocard, su segundo marido, quien por lo visto se negaba a que lo retrataran, así como otras en compañía de Cela o de Carmen Ballcells, quienes tanto la ayudaron económicamente en momentos en que pasaba serios apuros. Y en la instantánea en que están entrevistándola tras conseguir el Premio Nadal, habría que haber indicado que en ella aparecen el crítico Dámaso Santos, los editores Rafael Borràs Betriu y Jordi Teixidor, así como el periodista y escritor Néstor Luján, entre otros menos conocidos (página 241). O que los titulares de prensa que se recogen en la página 247 son un ejemplo perfecto del machismo y la ignorancia, mezcla explosiva del —digamos— periodismo cultural de la época. Por otra parte, el editor podría haber evitado el pie de la foto que aparece en la página 149, la parte compuesta en negrita.

En suma, podría decirse que Ana María Matute, escritora precoz, gran luchadora, como el Pequeño Cosaco que siempre fue, al igual que tampoco dejó de ser nunca del todo la niña Totitos, sobrevivió a la guerra y el estrépito de las bombas le curó de golpe la tartamudez; a una madre arisca que guardó sin embargo sus primeros escritos y se los regaló el día de su boda, pero que la desheredó; a la torpe educación de las Damas Negras, un elegante colegio femenino de monjas situado en la parte alta de Barcelona; a un matrimonio fallido, además de a la separación de su único hijo; a las tosquedades de algunos historiadores académicos (la crítica, frente a lo que se viene diciendo, siempre apoyó su obra, buena prueba de ello es que Los hijos muertos fue Premio de la Crítica en 1958); o a la depresión (ojo a ese Diario negro, cuyo origen son las sesiones, entre 1973 y 1979, con su psiquiatra Domingo Carreras). Ana María Matute, por si todo lo anterior fuera poco, tuvo que sobrellevar una crisis de creatividad que le duró unos veinte años, de la que salió victoriosa con la publicación de la excelente Olvidado rey Gudú (1996). Ella se definió como hombreriega y de carácter torcido como un pimiento, pero quien tuvo la fortuna de tratarla la recuerda más bien como una mujer amable, cariñosa, sensible y, en suma, encantadora. Murió hace ocho años y creo que el paso del tiempo no ha hecho más que correr en favor de su literatura, de lo que este libro, tan bien editado, es un testimonio más.

Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario. 

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