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Gonzalo Hidalgo Bayal: de los años escolares a los 'tiempos asimétricos y descompuestos'

Hervaciana

Gonzalo Hidalgo Bayal

Tusquets (Barcelona, 2021)

Se compone este libro de trece capítulos digamos que interrelacionados, pues comparten la misma voz narrativa y responden a un mismo propósito rememorativo y testimonial, sin que por ello el conjunto se organice mediante una sucesión cronológica de acontecimientos. De este modo, los capítulos pueden leerse de manera independiente, aunque “El signo del león”, el séptimo, y “Pluma 22”, el undécimo, están relacionados, siendo así que, en su conjunto, muestran distintas posibilidades, se complementan, adquieren matices y, en suma, una complejidad y riqueza mayor. No me parece, por tanto, que se trate, como se ha afirmado, de una novela, ni tampoco de un libro de cuentos, sino de unas memorias ficcionalizadas, un relato de formación, centradas en los años de aprendizaje, en el poso que dejó ese tiempo en la vida del narrador. Lo que distingue a este libro de las memorias al uso más tradicionales es que en ellas se percibe un empeño porque el lector se convenza de que se encuentra ante el testimonio verdadero de una vida, algo que me parece que no ocurre en nuestro caso, pues la preocupación de Hidalgo Bayal estriba, sobre todo, en que las historias le interesen al lector no solo por lo que cuenta, sino también por cómo las presenta, que funcionen como meros relatos, e incluso que emocionen.

El narrador, que aparece identificado con el autor (véanse las dedicatorias, a sus condiscípulos, en la p. 9, seguidas de la cita de Stefan Zweig, con la referencia a “los compañeros de galeras”, p. 11), rememora algunos episodios de los años que siendo adolescente pasó interno, estudiando el bachillerato, en el Real Colegio de San Hervacio, nombre pomposo y un punto estrambótico, trasunto parece ser del Seminario Diocesano de Plasencia donde se formó el autor entre 1962 y 1968, cuando lo expulsaron debido a su escasa vocación. De todas formas, me parece que se distancia de aquella tradición compuesta por los libros de Joyce y Gabriel Miró, de Alberto Insúa (De un colegio de jesuitas. Dulces memorias, 1907, de título engañoso), de Pérez de Ayala (A.M.D.G., 1910), al que se alude (p. 91), o de Manuel Azaña (El jardín de los frailes, 1927), pues aquí se nos proporciona una visión algo distinta de los internados religiosos, desde el momento en que no se cargan las tintas solo contra el rigor y la estrecha disciplina de los curas, sino también contra las pequeñas maldades de los propios compañeros, o se relata su destino, no siempre acorde con las expectativas que despertaron.  

Los lances están centrados en casos concretos, en la singularidad de la conducta de algunos condiscípulos, en los sucesos que protagonizaron, de los que el narrador da cuenta como testigo o coprotagonista. Este tipo de historias y rememoraciones no es la primera vez que aparecen en la obra de Hidalgo Bayal, pues se encuentran también –por ejemplo- en sus novelas Campo de amapolas blancas (1997) y El espíritu áspero (2009), de la misma manera que los frailes hervacianos aparecían en Amad a la dama (2002) y en La sed de sal (2013), libros que titula con palíndromos.  

En algunos momentos, en pocos, el narrador alude al presente (lo tacha de “tiempos asimétricos y descompuestos”, p. 127), al reencontrarse, años después, con alguno de aquellos frailes, como el llamado Pastor, en “Ratón de fondo”; o compañeros, según ocurre en los casos de López, o Ruiz, buen jugador de ajedrez, y “el increíble relato con que nos estremeció una noche de invierno con eclipse de luna” (pp. 139 y 150), y de Escudero (p. 185); o al confesarnos que nunca más volvió a verlos tras salir del colegio, tal fue el caso de Zamora (p. 182). La historia que cuenta López/Ruiz aparece como un relato intercalado protagonizado por un maquis, un hermano de su abuela ya muerto, lo mataron los carabineros (sic), parece ser que tras ser denunciado por una hermosa mujer, pero que se les aparece con el aspecto de un hombre joven durante una excursión que realizan los escolares a los montes de La Pendencia. Al igual que cuarenta años después el narrador se encontrará con su condiscípulo en una calle de Madrid, sin saber entonces que murió doce años antes en un accidente de coche. La historia de Escudero, a quien el narrador encuentra muy deteriorado físicamente y emparejado con una joven campesina analfabeta, es la del condiscípulo que acabó desencantado de las ilusiones de la izquierda revolucionaria, tras intentar llevar a la práctica, al terreno real, sus conocimientos de antropología americana, tal y como fabula el narrador, sin llegar a conocer su historia a ciencia cierta. 

Quedan en el texto, sin embargo, huellas de la biografía del narrador, de sus habilidades y carencias. Así, cuenta que pasó interno en un colegio los años del bachillerato, donde los “educaban en la austeridad y el ascetismo, en la renuncia y la resignación”; que casi todos los alumnos procedían de pueblos que sobrevivieron en el abandono; y que, entre ellos, había algunos alumnos desalmados. De sí mismo afirma: “No creo haber sido nunca una mala persona ni haber deseado jamás males ajenos”; que “era torpe y lento con el balón, mediocre en ping-pong y aceptable en futbolín (…), en cambio, [era] competente moviendo fichas sobre el tablero”; que no destacaba como estudiante, debido a su vagancia; que vendía enciclopedias, puerta a puerta, aunque aspiraba a trabajar como corrector de pruebas en una editorial; y desde el presente narrativo, ya “adscrito al desencanto”, observa con distancia “los sentimientos de un joven de adolescencia tardía, sin hábitos galantes ni recursos de seducción”, para concluir completando el autorretrato retrospectivo: “Quiero decir que la figura de aquel joven que ahora veo es la de un pobre infeliz, cándido y absurdo, que, manso corderillo, perro fiel, pasaba tardes enteras y discontinuas con una chica [la Isadora del capítulo 11], generalmente amarrado a la Pluma 22, invitado a veces a las fiestas que organizaban sus compañeras” (pp. 29, 47, 67, 76, 120, 123, 140, 204, 205 y 213). 

Habría que destacar también los finales y, entre ellos, me parece que sobresale el de “Cancerbero”, que es también el del libro (p. 270); la aparición de aforismos (“Cada uno es el agrimensor de sus tristezas”, p. 76) y palíndromos (“Sema da Adames”, p. 20); así como las numerosas referencias culturales o literarias: de la poesía de Juan Ramón Jiménez a Mientras agonizo, de Faulkner, en la primera página; pero también, de forma más o menos explícita, a Larra y Gerardo Diego; al Kempis, la Imitación de Cristo, fue uno de los libros más leídos de todos los tiempos, y a la Biblia; a la epístola de San Pablo a los Corintios; a Jorge Manrique, a la Fábula de Polifemo y Galatea de Góngora; al poema “Mi vaquerillo”, de Gabriel y Galán; a Quevedo, a quien remeda en un par de ocasiones; a la Eneida; refiere también aquella sentencia que nos recordaban en el colegio: “Roma no paga a traidores”; al Libro de Fernán González, cuando alude al “bestión mascariento”, que se repite como una especie de leitmotiv en otras obras de nuestro autor; a la jarcha “Tanto amare, habib…”; a “las tres grandes mujeres de la novela decimonónica, Emma Bovary, Ana Karénina y Ana Ozores”, a las que yo añadiría la Fortunata galdosiana; la referencia a Bécquer y Bergamín, “esperando la mano de nieve…”; recuerda “la lectura [escolar] de episodios memorables de la Iliada y la Odisea, capítulos de la Mitología griega y romana de Humbert o dramatizaciones fragmentarias de Los persas, de Antígona, de Edipo rey”; pero también comenta una representación escolar de La ciudad sin Dios, de Joaquín Calvo Sotelo; se refiere al poema “Saber sin estudiar”, de Nicolás F. de Moratín, a versos de Espronceda o de La vida es sueño; y a la célebre frase de Lampedusa, ya un lugar común (pp. 15, 22, 36, 74, 85, 94, 106, 127, 144, 147, 167, 169, 173, 176, 190, 221, 226, 237, 240 y 268). 

No faltan tampoco referencias a una cierta poética, vinculada a los relatos orales: “Quien empieza a contar una historia tiene la obligación de llegar hasta el final”; “en toda audiencia hay siempre oyentes más partidarios de la precisión histórica que amantes de la sustancia de la historia que se cuenta”; o “siempre sentimos la necesidad de redondear las historias, de hacer que la realidad se acomode a los cánones inmemoriales de la narración (porque lo cierto es que la realidad pocas veces ofrece algo digno de contarse)”, cuestionando no solo la llamada autoficción sino, sobre todo, lo que denomina “la realidad de la realidad”, como ocurre en “Calle del Codo”, dadas las incoherencias que se constatan en esta historia, y la alusión a “El monte de las ánimas”, la leyenda de Bécquer (pp. 111, 144, 146 y 178).

¿Pero quizá los lectores se pregunten cuál es el propósito del autor? Varias de estas historias se centran en personajes que no siguen la vocación para la que se suponían abocados, debido a diversos avatares del destino. Se trata, más bien, de antihéroes o de jóvenes que, en la adolescencia, parecían tener hechuras de líderes, personajes casi siempre solitarios que no se ampararon ni aborregaron con el grupo, aunque no acabaran cumpliendo las expectativas que despertaron. El narrador, un hombre que fue en su juventud un chico discreto, al rememorar los hechos –contándonos qué fue de…- se muestra casi siempre compasivo con sus antiguos compañeros, a la manera cervantina, y huye de las historias de acoso sexual de los religiosos

Si hubiera que destacar alguna de las historias, como me parece que hay que hacer, me decantaría por “La cólera de Isaías”, “Calle del Codo”, que lleva una “Coda (del Codo)”, y al leerlo debería tenerse en cuenta la historia de esta singular calle madrileña, con un cierto protagonismo en la historia literaria, de Quevedo a Arturo Pérez Reverte y su capitán Alatriste, además de “Pluma 22” y “Cancerbero”. En el primero se cuenta una historia en la que David acaba venciendo a Goliat, el joven Viñas al fraile que la tenía tomada con él y le hacía la vida imposible en el colegio, contado por un narrador testigo. Al segundo, ya me he referido. Mientras que “Pluma 22” es la historia de un enamoramiento y un desengaño, un caso de sufrimiento amoroso, de la relación entre una guapa joven –digamos que- aprovechada y de un pretendiente acomplejado, de la belleza y de la bondad interesada, pues se vale del préstamo de su máquina de escribir –aquí desempeña el papel de la magdalena en Proust- para intentar conquistarla, sin que falte una cierta sorpresa final que relaciona este cuento con otro anterior. Pero trata también de la memoria, de los recuerdos reales y de los inventados (la sonrisa y el gesto de adiós que le dedica Isidora, la última vez que se vieron, como “un montaje posterior [supongo] de la memoria, y ni siquiera sé si es un recuerdo real”, p. 222), pues según comenta el narrador: estamos “más entregados al saqueo de la memoria que a su alimentación”, y añade: “la memoria (…) es engañosa, se pierde en desfiladeros improbables, se tambalea en el abismo” (pp. 202 y 203). Pero lo importante es la manera de presentar las historias, el papel que desempeña en ellas el narrador, la cuidada y rica prosa, la estructura y el estilo, en suma. Por último, “Cancerbero”, relato que cierra el libro, ya no está protagonizado por los alumnos, ni tampoco por los frailes, sino que en él se nos cuenta la historia de Saturnino, Sátur, un individuo “con notorias discapacidades”, el portero del colegio y de los partidos de fútbol, que fue expulsado al descubrirse las relaciones sexuales que mantenía con una limpiadora, aunque nunca llegó a perder el aprecio de los estudiantes. 

Se trata, en suma, de un libro que se vale del estilo más adecuado para las historias que quiere contar, y de un tono en el que no falta el juego paródico, las alusiones literarias o el humor, en que se nos cuenta cómo se formó el carácter (la amistad, el rencor, la envidia, la solidaridad o el laicismo) de muchos jóvenes que estudiaron en lo que en la España del franquismo se denominaba colegios de curas, sin cargar en exceso las tintas y repartiendo afectos y culpas por igual.

*Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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