Creatividad

Alejandro Duque Amusco

Creatividad 

Hace un mes fui visitado por lo que podríamos llamar, para entendernos, un estado repentino de “inspiración”. Contaré, por el inmenso placer de revivirlo, qué fue lo que ocurrió.

Tenía desde hacía bastante tiempo unas notas en prosa que había escrito tumbado en la terraza un mediodía radiante de primavera. Escribí aquellas notas de un tirón, enajenado por un sol indolente que espoleó la fantasía y la hizo desparramarse en un sinfín de imágenes y asociaciones poéticas.

Yo escribía. Sin esfuerzo. Una lengua hablaba en mí, como en un rapto maravillado. Miraba el cielo cruzado de veloces nubes blancas, de serenidad azul, con el asombroso círculo solar dominando aquel abismo –el cielo me ha parecido siempre más abismo que cima–, y a la misma velocidad que discurría aquel paisaje de nubes, latía mi corazón y escribía mi mano. Dejé allí aquellas anotaciones y, una vez guardadas en la carpeta, durmieron durante el resto del verano.

En septiembre las retomé. No las había olvidado pero me producían malestar. Era un material en estado virgen al que había ahora que mancillar para dotarlo de unidad y sentido. Conozco bien el doloroso esfuerzo que exige volver sobre esa arcilla y modelarla. Peor que no tener nada. Tomé la decisión de enfrentarme a aquella masa verbal y de luchar con ella hasta dominarla y darle forma al completo. Fueron dos, tres días. Días de andar absorto en el poema, como sonámbulo, pensando en cada solución, sopesando el efecto de una palabra u otra, hasta que una noche, ya tarde, se despejaron las dudas, y vi.

Vi –o acaso debería decir fue visto a través de mis ojos– el poema, su ser exacto, entero. Su plasmación fue rápida y, al terminarlo, lo encontré intenso de expresión, necesario de imágenes, sin lastres, y con esa ligereza que el pensamiento libre logra a veces.

Me pareció un milagro. Todo el esfuerzo realizado hasta entonces no contaba ya, se desvanecía, carecía de sentido porque el resultado felizmente era lo único que pesaba en mi consideración. El gozo de ese momento, intenso, lo invadía todo. Era la alegría de la fecundidad tanto tiempo esperada. Una visita de luz. Me pareció un poema de una belleza ajena a mí, rara, persuasiva, ¿quizás también irrepetible?

Fue en ese momento, como obedeciendo a un impulso más redentor que expiatorio, más salvador que de condena, cuando del bolsillo saqué el mechero, lo encendí y lo acerqué al papel, que no tardó en prender con una viva llama liberadora.

Experiencia

A falta de herramientas, el reloj tuvo que ser colgado en la pared no mediante la necesaria sujeción –una alcayata clavada en un taco profundo–, sino por un pequeño gancho adhesivo que no ofrecía demasiadas garantías. Allí lució el reloj, pese a su temeraria colocación, durante dos días, marcando el fugaz transcurso de las horas.

En plena noche sucedió, con gran estrépito, lo fácilmente previsible. Despertó a todos los que viajaban por sus sueños un ruido brusco, como de golpe de cristal, acompañado de pequeños sonidos de metal (tuercas, manillas, agujas), confundidos entre los añicos a que había quedado reducida la esfera.

El sobresalto fue enorme. El primero en levantarse avanzó por el pasillo, medio sonámbulo, a tientas, pero con la seguridad –no necesitaba más pruebas– de que el reloj se había estrellado contra el suelo. El soporte no había aguantado.

Empezaba a pisar los diminutos trozos de vidrio, cuando encendió la luz. Allí, en la pared, seguía colgado, intacto, resistente, el reloj, con su agudo tic-tac. Por el suelo, partido en mil pedazos, yacía desparramado el tiempo.

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* Alejandro Duque Amusco (Sevilla, 1949), desde su primer libro, 'Esencias de los días' (1976), ha cultivado una poesía que aúna sensorialidad y reflexión. Con los años ha evolucionado a un progresivo despojamiento, del que da clara prueba 'Un único corazón' (2022), su último libro. Cultivador también de la prosa como crítico y ensayista, esta es la primera vez que ofrece una muestra de sus microrrelatos inéditos.

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