¿Qué es la curva del olvido?

La curva del olvido

Pedro Zarraluki

Destino

Barcelona

2021

Pedro Zarraluki regresa tras algunos años de silencio con una nueva novela, La curva del olvido, en la que vuelve a adentrarse en las relaciones paterno-filiales. En esta ocasión las que mantienen dos hombres en la cincuentena con sus hijas, que apenas inauguran la década de los veinte. El escenario elegido es una cala solitaria de la Ibiza de 1968, recién descubierta por el turismo y por los jóvenes melenudos, como les llaman en la isla a los hippies, que conviven con una clase social privilegiada, hedonista y rica, que disfruta también de la soledad de sus playas y de su rica gastronomía.

En una de esas calas pasan sus largas vacaciones de verano nuestros protagonistas: dos viejos amigos atravesados por el duelo; recién enviudado Andrés, recién separado Vicente. Los secretos que encierra esta amistad se desvelarán a lo largo de la novela generando una sutil tensión narrativa. La historia está poblada de otros personajes secundarios bien perfilados: el alemán Jacob, rijoso y anti-nazi; el pintor Esteban Capella, que pinta la nieve cuando está frente al mar, y el mar cuando observa la nieve; la viuda Josefa Martínez Sasa, arisca y tierna propietaria del único hotel restaurante de la zona donde se alojan los protagonistas; o Armonía, una joven y soñadora hippie. Así como otros que irán apareciendo poco a poco a lo largo de la novela, porque Zarraluki ha optado por una narración lineal, encadenando escenas que muestran tanto el avance del verano como la metamorfosis que experimentarán los personajes, especialmente Sara y Candela —hijas de los dos amigos—, que encontrarán una respuesta, provisional tal vez, a sus crisis juveniles.

El siguiente diálogo nos da pistas sobre el título.

—¿Qué es eso de la curva del olvido?— preguntó.—La que describen los recuerdos a medida que los vamos perdiendo— le respondió Jacob—. Por supuesto cada uno de nuestros recuerdos tiene su propia curva… (pag. 192).

De olvidar el dolor que nos infligen los otros, de mantener la amistad a pesar de las traiciones, del amor paterno-filial, de las ilusiones calladas, las perdidas y las realizadas, de la incertidumbre del futuro, de la culpa y las diferencias intergeneracionales, del envejecimiento y las distintas formas de enfrentarse a él (La memoria, como el vigor de la orina, iba perdiendo caudal con la edad, pero algunos recuerdos mantenían toda su fuerza —pag. 206—), trata esta novela, que se lee de un tirón porque Zarraluki ha construido su mundo en un escenario que brilla con la luz de un Mediterráneo todavía salvaje, en el que nos emplazamos cómodamente para observar como auténticos y discretos voyeurs las peripecias de sus protagonistas.

De fondo, la España franquista que inicia una tímida apertura al mundo, la corrupción como modus operandi de una clase social privilegiada, que cuenta con el favor de las autoridades para conseguir sus fines económicos o de otro tipo, las transformaciones del mundo que corren en paralelo a las de los protagonistas, todas ellas hacia delante, dejando en la curva del olvido los recuerdos más penosos o dejándose morir en ellos, como le sucede a Andrés, cuyo sentimiento de culpa por la muerte de su mujer lo arrastra y lo aleja de la vida y de su hija, la bella Candela.

En contra de la opinión de quienes piensan con Aristóteles que la felicidad no tiene historia, Zarraluki nos transmite en esta novela el encanto del verano, la belleza del paisaje y de la juventud, la felicidad de los placeres simples, la joie de vivre. El carácter de Vicente y de su hija Sara, de Jacob o de Armonía, impregnan la narración de una alegría sin aspavientos, la que sienten, a pesar de los pesares, quienes experimentan la vida como merecedora de ser vivida, quienes se abren a ella y saben dejarse llevar. De hecho, el autor ha decidido que casi todos los personajes evolucionen hacia la realización de sus deseos, sin recurrir a ningún tipo de sentimentalismo, claro está, sino transmitiendo el dinamismo extraño y tragicómico de la propia vida.

La novela sorprende por la aparente sencillez de su factura, lineal, como ya dijimos; dividida en dos partes que transcurren en un mismo escenario; pocos personajes principales y atractivos personajes secundarios; breves analepsis y ninguna prolepsis, pues el futuro queda insinuado con la misma incertidumbre que el propio presente, todo ello salpicado de observaciones sobre las relaciones humanas que definen la personalidad de sus protagonistas.

Andrés, de carácter apocado y depresivo, atrapado en su duelo, afirma:

—En cambio, yo ya no tengo planes —dijo—, y estoy a gusto así. La verdad es que relaja mucho sentirse acabado (pag. 74).

El pragmático y vitalista Vicente, por su parte, muestra su filosofía vital de este modo:

Bajó las escaleras que conducían a la calle pensando que hacer y pedir favores lo era todo en la vida. De hecho, era lo único que nos llevaba a relacionarnos con los demás (pag. 252).

Sin efectismo, con una naturalidad orgánica, el autor ha construido una historia donde opta por captar la vida desde esa tolerante atalaya en la que nos sitúa, si tenemos suerte, el paso del tiempo.

En realidad los tranquilizaba ver cómo, sin que ninguno de ellos lo hubiera planificado, se iban aclarando las cosas. Cada cual se ponía en su sitio con la facilidad con que se coloca la última pieza de un puzle, ajenos al hecho incontestable de que al día siguiente habría que deshacerlas todas y devolverlas a la caja (pag. 318).

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Es lo que ha hecho también, en mi opinión, Pedro Zarraluki en su hermosa novela.

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Lola López Mondéjar es psicoanalista y escritora. Su último libro es Qué mundo tan maravilloso (Páginas de Espuma, 2018).

La curva del olvido

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