Detective, ayer; costurera, hoy

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Si en la novela se dice que cabe todo, en la llamada novela negra parece caber casi todo y un poco más... Por lo visto, la preocupación mayor de muchos de los periodistas culturales y de los críticos que se han ocupado de esta nueva obra de Carme Riera, ha consistido en centrarse primero, en su color; y, luego, en intentar entender por qué la autora ha vuelto al género ¿negro, policiaco?, si había asegurado que no volvería a hacerlo, tras la publicación de Naturaleza casi muerta (2012). La autora, armada de paciencia y con su socarronería característica, ha comentado entre burlas y veras que más que negra su obra es una novela gris, y “lo gris del negro es el humor”, ha matizado, calificación que parece haber tranquilizado mucho a sus interlocutores, al proporcionarles un llamativo titular.

La autora ha contado en varias entrevistas el largo proceso de gestación de esta obra: empezó a escribirla en el 2004, pero la dejó sin acabar; volvió a ella en el 2006, llegando a escribir 125 páginas, pero no consiguió concluirla hasta el 2017, tras haberla reformado un año antes. Pero estos casi trece años de gestación, en tres etapas, la ha obligado a ir adaptando los hechos a la realidad de una trama que se desarrolla ahora entre el 2010 y el 2016.

Sea como fuere, la novela, cuya acción transcurre durante la pasada crisis económica, se centra tanto en la intriga como en la crítica social (la corrupción, el maltrato machista a las mujeres, el tráfico ilegal, las falsificaciones, la pederastia, el chantaje y esas cuarenta familias catalanas emparentadas entre sí que gobiernan Cataluña desde la noche de los tiempos), con la ciudad de Barcelona al fondo, en el papel de secundaria de lujo, y viajes a Manresa, Tarrasa y Sitges. O sea, a la Cataluña profunda, a la –digamos— charnega y al refugio de los homosexuales europeos, respectivamente. Carme Riera continua así una tradición autóctona que podría arrancar con Francisco García Pavón (el padre de la protagonista, que fue guardia civil, procede de Tomelloso) y continuar con Vázquez Montalbán y González Ledesma. Del creador del detective Carvalho toma el gusto por la gastronomía, se habla de los canelones, las delicatessen del Tívoli, los bombones de La Farga (los mejores), las ensaimadas (las mallorquinas son las ricas), los cruasanes de la pastelería Foix de Sarrià, e incluso se incluye la receta del gazpacho verde (p. 248).

Quien habla en el título es la protagonista, la detective privada Elena Martínez Castiñeiras, dirigiéndose a su perro Jimmy (“no parar hasta vengarle”, p. 187), en un primer rasgo de humor que anuncia el que vendrá después, a pesar del trágico desenlace de tan apreciado animal. En lo que pueda tener de narración policiaca, es completamente atípica: la acción transcurre en Sarrià, un barrio elegante de Barcelona, y no en los bajos fondos de la ciudad; la pluriempleada Elena trabaja para la agencia Holmes & Holmes, a las órdenes de los Puigcercòs, y por cuenta propia; fracasa en sus pesquisas, propiciando la acusación de dos inocentes, encarcelados cuando concluye la acción, de modo que la culpa desempeña un cierto papel en el punto de partida y en desenlace de la historia. Al menos, Jordi y Blai son inocentes de lo que se les acusa, aunque tengan otras culpas quizá menos graves, pero no menos llamativas y molestas. Elena, decía, es una mujer separada de alrededor de 35 años, cuyo aspecto físico se nos describe en varios momentos (pp. 42, 82), como se retrata también a otros personajes, ya sea Solivellas (pp. 15 y 16) ya Blai (p. 54). En el terreno sentimental lleva las riendas de su existencia (véanse las relaciones que mantiene con el metrosexual Jaume y con Matías Montes), y se muestra feminista y defensora de los animales, sin demasiadas estridencias, aunque el apego que le muestra a su fox terrier resulte un poco ñoño, pues los lamentos que le dedica resultan reiterativos. Es hija de emigrantes gallegos, y su lengua, aunque hable catalán, es el castellano. No menos curioso y atípico es su cambio de oficio, cuando se aproxima el desenlace, dedicándose a la costura para ganarse la vida.

La novela, narrada por la protagonista (“quien escribe soy yo, en primera persona del singular femenino, sin desdoblamiento alguno”, p. 15), se nos presenta como la rememoración de un antiguo caso de la exdetective que no se resolvió de manera adecuada. Arranca la trama con la desaparación de Robert Solivellas i Pujolí, un pequeño empresario estrechamente vinculado al poder político nacionalista, cabeza de una pintoresca familia, compuesta por la esposa, Monserrat Bofarull, muy apegada a los dictámenes de la vidente Luz Segura, y sus tres hijos: Montsita, enamorada de un colombiano, que responde al reduplicado nombre de Guillermo William Jaramillo, con quien acabará casada, y residiendo en Bogotá, y Jordi, componente de una banda punk, de la que también forma parte un matón ridículo que lleva el nombre de Blai Puig, y la niña "chinita" adoptada, Elena Liu Solivellas. Casi todos los nombres y apellidos de estos personajes son simbólicos o arquetípicos y de rancio abolengo catalanufo, como diría un personaje de Marsé.

Esa voz de la protagonista es la que se impone en la narración, en un intento por contribuir a la exculpación de los injustamente acusados. Para ello, Elena, que no es una mujer culta, ni domina el lenguaje (“no soy muy buena literariamente”, confiesa, p. 18), se apunta a un taller de escritura. Esta distancia que se produce entre la voz de la narradora y protagonista, que utiliza frases breves, un lenguaje limitado (cae en buena parte de los tics y anglicismos a la moda del día, empezando por el ya parece ser que inevitable evento, sin que tampoco falten catalanismos) y se pierde en explicaciones prolijas, y el habitual de la autora, con su catalán de Mallorca y un peculiar estilo literario, de frase extensa y lenguaje rico y cuidado, es una de la mayores novedades y atractivos de esta novela. El caso es que lo único que ambas comparten son el barrio en que viven, en Sarrià, aunque en viviendas de diferente categoría (el piso de Elena se describe con minuciosidad, p. 23), y las convicciones feministas. Y a este último propósito, hay que recordar que la novela está dedicada a Montserrat Roig y a Rosa Montero, en el caso de esta última “por las batallas libradas y por la muchas que nos quedan por librar”. Tampoco me resisto a recordar que las dos vecinas de la detective se llaman Rosita la Pastelera, que es el apodo del político y escritor Martínez de la Rosa, y Rosita la Pisa Bien, remedando el mote de Enriqueta la Pisa Bien en Luces de bohemia.

Carme Riera le rinde homenaje a Vázquez Montalbán, no en vano casi al final reaparece la policía Manuela Vázquez, que ya conocíamos de su novela del 2012, recordándonos los asesinatos de la Universidad Autónoma de Barcelona, la muerte del escritor Vázquez Montalbán en Bangkok y sus aficiones culinarias. Y en cierta forma, también se homenajea a Juan José Millás, al convertirlo en el columnista preferido de la protagonista, y a Joan Sales, cuya novela Incerta glòria es justamente ponderada.

Tampoco escasea el humor, sobre todo al comienzo de la narración, y la sátira, salpimentados de una cierta burla, como ocurre en el caso de los caganers (la figura de un hombre en posición de evacuar que suele colocarse en el belén, a menudo se trata de personajes famosos, como ocurre en este caso: Pujol, Maragall y Carod Rovira); figuritas que no solo desempeñan un papel en la trama, sino que también le sirven a la autora para reírse de ciertas costumbres locales. Aunque, por el contrario, aproveche la ocasión para defenderlos de ese tópico que les ha caído encima: l'avara povertà di Catalogna, tal y como se lee en la Comedia, de Dante. Por otra parte, cuestiona el glamour del trabajo como detective (p. 51), se burla de la labor de los psicólogos (p. 59), e incluso aparece un guiño a ciertas peculiares aficiones amorosas de Gimferrer, presentes en su poesía (p. 207).

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Como es habitual en nuestra autora, la novela se ha publicado simultáneamente en catalán y castellano, siendo suyas ambas versiones, y en cierta forma originales, aunque se la suela considerar como perteneciente al sistema literario catalán. Nacionalistas feroces aparte, cada vez más numerosos, me parece que los lectores catalanes apreciarán mejor las reticencias dedicadas a algunas costumbres locales o las alusiones a los casos de corrupción (por ejemplo, Javier de la Rosa fue condenado por el caso Gran Tibidabo, que aquí pasa a ser el señor De la Flor y Tibidabo Asessors, p. 33). Los lectores del resto de España no sé si conseguirán captar, espero que sí, las sutilezas que destila esta obra sobre la vida catalana en estos últimos años, que ya anunciaba la putrefacción actual. El caso es que de haberse acercado más al presente, cosa que la autora ha declarado que no hará, los caganers habrían podido reproducir los rostros de Junqueras, Forcadell, el majareta de Puigdemont y el racista y xenófobo Torra. Pero esa sería otra novela que todavía está por escribir.  

*Fernando Valls es crítico literario y profesor de Literatura.Fernando Valls

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