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Un dios descosido

Francisco Javier Irazoki

Francisco Javier Irazoki

La sección de microrrelatos inéditos 'Liebre por gato' está coordinada por Fernando Valls y Gemma Pellicer. Esta nueva entrega recoge dos textos de Francisco Javier Irazoki.

Un dios descosido

La madre campesina nos transmitió el mensaje antes que sus hijos escribiésemos la carta a los Reyes Magos: “Los reyes ayudan a muchos niños. Pedid poco”.

Todos los 6 de enero recibíamos juguetes entonces habituales: unas canicas empecinadas en desaparecer, el muñeco inmutable, la pistola que sólo asustaba por su inocencia.

Enviaba mi lista corta de deseos al centro del trío de reyes. Presentí la arrogancia con que Melchor dirigía su comitiva. Tampoco me atrajo Baltasar, aplaudido por caridad. El discreto Gaspar era mi enlace para los regalos.

Harto de la modestia obligatoria, al final de la infancia expresé mi indisciplina pidiendo el objeto inalcanzable en nuestro fútbol: un balón de reglamento. La madre guardó el sobre cerrado que contenía mis frases desobedientes.

Nunca supimos qué parajes cruzó ella para ofrecerme un lujo esférico. Aún ignorábamos el vocablo mafia, pero podíamos definir con precisión sus callejones y tratos peor iluminados.

El día del reencuentro con los otros niños, yo llevaba en una mano la cartera con los libros escolares, la goma, los lápices. Mi otra mano sujetaba los sueños concentrados en una bolsa de plástico. Extraje el milagro y le di una patada. Me dolió hasta el aire respirado.

Con el primer bote del balón, acudían los amigos y empezaba mi fuga urgente. Los compañeros se disputaron la pelota o remataron de cabeza y temí que sus pensamientos estallasen al chocar con un hormigón recubierto de cuero. Décadas más tarde, intuyo que aquellos jugadores van a hablarme con palabras deshechas en trizas.

Titular indiscutible del equipo escolar, mi prestigio de futbolista se basó en la rapidez con que huía del balón. Rodaba el dios manchado de hierba y fui, sin talento, un fugitivo.

Un atardecer, recogí el balón de reglamento, reblandecido contra las paredes del colegio. Su cuerpo había perdido la redondez perfecta. Acaricié su maldad herida por magulladuras.

Sus venenos se rompieron torcidos y asomaban los hilos tristes de un dios descosido.

Por compasión y cautela, no lo golpeé.

Palabras descalzas

Joaquín Laín llegó al pueblo con un grupo de prisioneros. Anarquista vencido en la Guerra Civil, se decía que fue capturado en un lugar impreciso de su Levante natal.

Cumplió su condena y se hizo propietario de una tienda olorosa a la que íbamos para contemplar su rapidez aritmética. Vendía comestibles, paraguas, tejidos, aperos de labranza. Los niños nos emborrachábamos gratis con los aromas de su local.

En nuestra mocedad sólo le oímos frases comerciales. El precio de las mercancías que nos vendió ocultaba su republicanismo derrotado. Cerrada la tienda, se aficionó a pasear descalzo por caminos de tierra. Lo divisábamos en sendas tan poco conocidas como sus pensamientos.

Lo traté de cerca en los últimos años de su vida. Mi juventud escuchaba. Por si la rebeldía de mis melenas estuviese desorientada, me previno contra la violencia política. Él se adhirió a una facción minoritaria del movimiento libertario incompatible con el castigo, la brutalidad y el disparo. Para él, herir a otros era rodar hacia una sima. Se opuso a todas las creencias que no necesitaban discrepantes. Después de ser apresado, se aisló durante treinta y siete años en el disimulo y el silencio. Mientras conversábamos, yo miraba fijamente sus labios o sus pies desnudos. No le quedaba tiempo para la doblez, tampoco para el adorno. De la boca de Joaquín salían para mí unas brújulas: sus palabras descalzas.

Parece mentira

 

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) fue periodista musical en Madrid y formó parte de CLOC, grupo de escritores surrealistas. Desde 1993 reside en París, donde ha estudiado armonía, composición e historia de la música. En Cielos segados (Universidad del País Vasco, 1992) recopiló toda su poesía hasta 1990. Además, ha publicado los siguientes libros de poemas en prosa: Los hombres intermitentes (Hiperión, 2006), Orquesta de desaparecidos (2015), Ciento noventa espejos (2017) y El contador de gotas (2019). Es autor también de La nota rota (2009), compuesto por semblanzas de músicos de distintas épocas, Retrato de un hilo (2013), libro de versos, y la antología poética Palabra de árbol. En la actualidad colabora como crítico de poesía en El Cultural, suplemento del diario El Mundo.

 

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