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Los diablos azules

La edad de las palabras

Sede de la Real Academia Española.

Javier Vela

"Meter a un poeta en la Academia es como meter un árbol en el Ministerio de Agricultura", dejó escrito Juan Ramón Jiménez en uno de sus más célebres y mordaces aforismos. No en vano, el poeta de Moguer fue el único Premio Nobel de Literatura que declinara la invitación de ingreso en la Real Academia Española. Sin embargo, y desde su fundación a comienzos del siglo XVIII, han sido legión los escritores que, en su condición de cultivadores del lenguaje, han entrado a formar parte de esta institución dedicada, según leemos en sus estatutos, a velar porque los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico.

Pero la RAE no sólo está integrada por filólogos y escritores. Sus miembros encarnan los perfiles más diversos de la sociedad, y abarcan la práctica totalidad de las áreas del conocimiento. Ingenieros, filósofos, científicos, juristas, médicos, historiadores, periodistas y una larga lista de expertos en su ámbito de estudio se dan cita cada jueves en la sede que la Academia tiene desde 1894 en la calle Felipe IV del madrileño barrio de Los Jerónimos. Allí, el pleno formado por los académicos asistentes presenta enmiendas y adiciones al Diccionario. Acto seguido, se examinan las propuestas formuladas por las diversas comisiones de trabajo a las que los académicos han sido asignados. De manera complementaria, además, la Real Academia Española mantiene estrechas filiaciones con las academias nacionales de los restantes veintiún países hispanohablantes, bajo el marco de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Este órgano de colaboración y trabajo conjunto, galardonado en el año 2000 con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, promueve una política lingüística panhispánica desde la consideración de que los ciudadanos de habla española comparten una patria común, su lengua, y un mismo patrimonio, su literatura.

Los miembros de la Academia son elegidos de por vida por el resto de los académicos y se les conoce como "Inmortales" (quizá por influencia de la Academia francesa, donde los académicos son designados con el mismo apelativo). Cada académico tiene un sillón asignado a su persona y distinguido con una letra del alfabeto, que puede ser mayúscula o minúscula. Aquí hablan tres de ellos:

Luis Mateo Díez (I). La invención del pasado

Elegido académico en el año 2000, Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) leyó su discurso de ingreso en mayo de 2001. Premio Nacional de Literatura y de la Crítica por La fuente de la edad (1986) y Premio Nacional de Narrativa por La ruina del cielo (2000), es uno de los narradores contemporáneos más destacados del panorama literario español. A lo largo de su ya extensa obra, el autor leonés ha vuelto incansablemente la vista hacia sus raíces en un intento de reconstruir su propia memoria por medio de la ficción. "La creación de universos imaginarios", señala a este respecto, "supone una aportación fundamental a la lengua a través de lo que llamaríamos la 'palabra narrativa". "Escribo para contar", afirma. "Uso las palabras para contar la vida, para construir con ellas esa otra realidad de lo imaginario." En cuanto a sus tareas como académico, Luis Mateo Díez dice asumir las funciones de un novelista, de un creador: "Participo en las comisiones donde fundamentalmente se repasa el Diccionario, y se estudian las definiciones y acepciones de las palabras. También", añade, "las nuevas incorporaciones. El creador, no lo podemos olvidar, es una suerte de francotirador de la lengua y, como tal, suele tener un peculiar instinto verbal y sintáctico. Tal vez en manos de los creadores está el posible límite de expresividad y libertad de una lengua, y su enriquecimiento". Entre sus palabras predilectas, figuran "melancolía", "imaginación" y "oralidad".

Inés Fernández-Ordóñez (P). Mujeres académicas

En 1784, María Isidra de Guzmán y de la Cerda, primera mujer doctora por la Universidad de Alcalá, fue admitida en la institución como académica honoraria, pero, aunque pronunció su discurso de agradecimiento, no volvió a comparecer más. Fue probablemente la primera mujer académica del mundo, y no volvió a haber otra hasta la elección como académica de número de Carmen Conde en 1978. Más tarde entrarían a formar parte de la institución las escritoras Elena Quiroga (1983), Ana María Matute (1998), Soledad Puértolas (2010) y Carme Riera (2013), la historiadora Carmen Iglesias (2002), la científica Margarita Salas (2003) o la hispanista Aurora Egido (2014).

La filóloga y catedrática de Lengua Española Inés Fernández-Ordóñez (Madrid, 1961), quien fue elegida académica en diciembre de 2008 y que ocupa el asiento P mayúscula (que el fallecimiento del poeta asturiano Ángel González había dejado vacante), opina que la Academia debe reflejar proporcionalmente la realidad de la sociedad española. "El porcentaje de académicas no responde a la realidad", afirma, "pero también creo que se trata de un problema de relevo generacional. No hay muchas mujeres menores de sesenta años que hayan llegado a ser catedráticas, o que hayan destacado como investigadoras o profesoras universitarias y, si se tiene en cuenta que el ingreso en la Academia tiene lugar habitualmente tras haber culminado una carrera en el ámbito académico o cultural, la nómina entre la que elegir se reduce sensiblemente".

Fernández-Ordóñez dirige el Corpus Oral y Sonoro del Español Rural (COSER), que consta de novecientas horas de grabaciones de la lengua hablada obtenidas en más de setecientos enclaves rurales de la Península Ibérica, de las que existe una nutrida muestra en la Red (www.uam.es/coser). Su candidatura había sido propuesta y avalada por José Antonio Pascual, Margarita Salas y Álvaro Pombo, en base al grado de excelencia de sus estudios sobre Dialectología actual e histórica del idioma español, así como por sus publicaciones sobre el leísmo, laísmo y loísmo, una de las áreas por las que es más conocida. Al igual que José María Merino (ambos fueron elegidos en 2008), tuvo que demorar la toma de posesión de su asiento por razones de trabajo. "El plazo máximo que ofrece la Academia para no perder el derecho de ingreso es de dos años", explica la académica. "Pasado ese plazo, la Academia puede disponer libremente de la plaza". Su discurso de ingreso "combinó la Historia de la Lengua con la Dialectología». Respecto a sus funciones dentro de la Academia, declara: "Intento aportar mi conocimiento de la Historia de la Lengua a través de los testimonios escritos de que disponemos, y siempre en coherencia con mis líneas de investigación". Por último, Fernández-Ordóñez no cree que la lengua avance ni retroceda: "Simplemente, evoluciona". Así, "la labor del filólogo dentro de la Academia debe orientarse a la elaboración de recursos lingüísticos de uso general, como es el caso del Diccionario en red".

Francisco Brines (X). El largo aprendizaje

Francisco Brines (Oliva, Valencia, 1932) es uno de los miembros más representativos de la así llamada Generación poética del 50. Fue nombrado miembro de la Academia en 2001, si bien no tomó posesión de su asiento hasta mayo de 2006. Interpelado acerca de la afirmación de Juan Ramón Jiménez que da comienzo a este reportaje, Brines se muestra escéptico: "El poeta no siempre va por libre", asegura. "Históricamente, ha habido muchos académicos que se desempeñaron como profesores en universidades e institutos, y que por tanto tenían un gran conocimiento teórico sobre su oficio. Basta recordar algunos miembros destacados del 27 o el 98, como Aleixandre o Unamuno".

Brines, que, no en vano, fuera profesor de español en Oxford, cuenta en su haber con los más importantes reconocimientos a su obra y a su trayectoria, como el Premio Adonais, el Fastenrath (que otorga la propia Academia) o el Nacional de Literatura. En sus poemas, de tono intimista y depurada factura, ha ido desgranando su particular imaginario simbólico en torno a temas de resonancia universal, como el amor o el paso del tiempo. Su aportación a la Academia es "modesta", asegura el bardo valenciano con una modestia no menos admirable. "Yo no soy un docente, pero sí creo que la poesía aventura la gramática y la lengua mucho más que cualquier otro género", declara. Afirma Brines que la precisión del lenguaje poético "hace que se rompa la normatividad de la lengua, y da nuevas posibilidades a la palabra. El poeta tiene que defender la ambigüedad", asegura, "jugando con ella para precisar aquello que quiere decir con todos sus matices. Es una experiencia de la palabra y de las normas gramaticales que está al borde de la ruptura o la trasgresión, pero que tiene una razón de ser. Por eso en la Academia siempre ha habido poetas".

Francisco Brines pertenece a la comisión encomendada al Diccionario Normal, "en cuyas reuniones", desvela, "se ven nuevas acepciones o definiciones, o sencillamente cambios o aportaciones del significado de una palabra, y cada uno expone lo que cree pertinente. La Academia es un lugar de extremada cortesía y de aprendizaje continuo", remarca. "Si tengo que decir algo, lo digo; y si no", concluye, "me limito a escuchar".

*Javier Vela es poeta y director de la Fundación Carlos Edmundo de Ory. Su último libro es Javier VelaHotel Origen (Pre-Textos, 2015). 

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