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I can't get no

Puntos de no retorno, de Andrés García Cerdán.

Juan Carlos Abril

Puntos de no retornoAndrés García CerdánReino de CordeliaMadrid2017Puntos de no retorno

El éxito de una forma de pensar, de actuar, lleva a su fracaso, pues esa forma cambia las condiciones de contorno del sistema, de manera que se necesita otra forma mental distinta para resolver los problemas que la primera ha creado y no puede corregir dentro de sí misma. Se llega a puntos críticos o Puntos de no retorno, tal y como titula Andrés García Cerdán (Fuenteálamo, Albacete, 1972) su reciente libro de poemas. Estos puntos críticos suponen pequeños cambios mentales de consecuencias inmensas. El mejor ejemplo fue la Revolución francesa, donde se terminó con la idea del derecho divino de los reyes. Pero otro ejemplo actual son las consecuencias del desastre ecológico y el cambio climático, la destrucción de la capa de ozono y el calentamiento global. En general, cada etapa es distinta de la anterior y desaparece cuando se alcanza un punto de no retorno, un punto crítico, una cima a partir de la cual solo acontece su declinio.

Puntos de no retorno se estructura sin partes alrededor del tema de la música, la canción y la huella que imprimió para una generación que creyó en el rock y en el sueño que prometía, a veces un sueño de inmortalidad incluso, como pudo ser también la juventud: 2[…] Ha ido el tiempo / colándose en los sueños / como una mala víbora / y aquí están ahora, hechos mierda, / descompuestos de ira y de rencor / a nuestros pies" (de "(I can’t get no) Satisfaction", p. 61). Este poema, "(I can’t get no) Satisfaction", es el más largo del libro, y bien podría resumir el horizonte generacional, al convertirse en una lectura vital después de varias décadas, de verle las orejas al lobo de la madurez, y de reconocer el fracaso en tantas quimeras que nos prometió el sueño americano, la misma idea de progreso, esta sociedad basada en las apariencias, y que sin embargo aún resiste: "Consumamos nuestra futilidad, esta triste / habitación sin ventanas, / en cada golpe de respiración / y en cada poema escrito" (p. 64). Lo hace a través de la poesía, ese único instrumento que, una vez despejadas las dudas y las tinieblas del pasado, todavía resplandece, a pesar de todo.

Un nihilismo estructural recorre este poema, "esta partida / que, de todas maneras, teníamos perdida / desde el principio" (p. 65), pero también en el final del poema "Barro": "Como era yo también: nada sobre la nada / nada moldeando la nada" (p. 24), y en otras composiciones que podríamos citar, dotando al conjunto de un sabor o regusto agridulce, al estar tocado por la fugacidad del tiempo, sentirnos desposeídos, desamparados como fantasmagorías o "ángeles de nadie" (p. 42) en la inmensidad del universo, en el vacío de nuestra soledad. Una salida a este laberinto intrincado por el que se resuelve la vida, se propone desde ciertas lecciones de presente, como en el poema "Imperfección", en su estrofa final: "La perfección, el círculo no existen. / Existes tú, muy cerca / de todo, y lejos, / en una furtiva aproximación / a los fragmentos vivos de ti mismo, / a las voces que en ti suenan precipitadas" (p. 26).

Puntos de no retorno es una auténtica y punzante lección de cosas necesarias, como la llamada de la naturaleza en "Rebeco" (pp. 47-49) o "Corrientes" (pp. 55-56), la reflexión clásica de "Grecia (Huesos)" (pp. 31-32) o «Alejandro» (pp. 43-44), entre otras vetas temáticas. Un puñado de verdades nos reclaman para aferrarnos a la vida, seguir celebrándola, pero eso sí, con un ojo puesto en el pasado, en nuestras temeridades juveniles, en nuestras osadías y en nuestras ambiciones, ya sin fatuidad. Nunca hay que renunciar a ellas, aunque el tiempo nos devuelva a un lugar desde el que no partimos.

  Rebeco

Vuela el rebeco.

Por más que las aristas de las rocas

sean afiladas, en la mañana

de la imagen se mueve como una exhalación,

en perfecto equilibrio

entre la metafísica y el caos.

A la hora en que todos maldecimos,

él enarbola su dominio de la montaña.

Qué le importa nuestro egoísmo

si es el dueño absoluto de la altura.

Su efigie se recorta en los peñascos

más altos, más severos.

Ni el lobo ni las águilas

ni el buitre lo intimidan. Es veloz

en la huida, tan infalible

que duele. Al filo

de las quebradas, contra todos

los límites, se atreve a volar

y vuela

más allá de la lógica y consigue

que los ríos furiosos,

que los desfiladeros sean solo

estancias de su reino, íntimamente suyas,

como la niebla y el helecho suyas.

En su piel está escrito el vértigo:

le pertenece.

Sin arrogancia, preciso

en su elasticidad y en su belleza,

traza el animal en el aire

los claros senderos de la mañana,

tan luminosos

que duelen.

Su no conciencia del peligro

es el riesgo más puro. En su instinto

pace ahora este poema

para decir que no hay pared tan alta

ni superficie tan resbaladiza

que no se puedan franquear.

Lee en sus ojos

la llamada mortal de lo salvaje.

*Juan Carlos Abril es poeta y profesor de Literatura. Su último libro es Juan Carlos Abril Lecturas de oro. Un panorama de la poesía española (Bartleby, 2014).

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