La resistencia de 'El librero de Gaza': "La literatura es el lugar máximo de subversión e imaginación"

Nabil Al Djabir es un viejo librero de Gaza que cada día abre su librería como un acto de cotidiana resistencia. Con la población ocupada en sobrevivir, alimentarse o ponerse a cubierto, es altamente probable que nadie se detenga tan siquiera a mirarle, pero eso no va a hacer que él ceje en su empeño, rodeado por ruinas humeantes y páginas amarillentas repletas de historias variopintas que son, todas ellas y en esencia, también la suya. Porque los ejemplares que tiene en sus manos no son sólo objetos: son fragmentos de una vida, cicatrices de un pueblo. 

"No nos damos cuenta de lo privilegiados que somos en las sociedades en las que vivimos. Sin embargo, en Gaza tenemos a este hombre que abre su librería todos los días, que lee, que espera a que vengan otros lectores. Y en esta cotidianidad se esconde este acto de fortaleza, esta forma de resistir", resume a infoLibre Rachid Benzine (Kenitra, Marruecos, 1971), autor de El librero de Gaza (Editorial Salamandra, 2026), una novela que ya es todo un éxito en Francia y que se está traduciendo a una quincena de idiomas.

Y continúa el politólogo, novelista y dramaturgo franco-marroquí: "Claro, uno podría pensar de qué sirve leer cuando le están lloviendo las bombas sobre la cabeza y no sabes si tendrás comida o agua ese día. Pero lo que está diciendo este librero es que no se va a reducir a sus necesidades primarias, a ser simplemente un animal que busca sobrevivir. Este es un acto de cultura, de resistencia. Por eso, a través del acto de leer una librería es la humanización por excelencia, ya que a través de los libros se habla de cosas singulares y se genera una sensibilidad en estos espacios. No nos damos cuenta de la suerte que tenemos de poder acudir a las librerías con toda la seguridad del mundo".

Nacido en Gaza en 1948, hijo de padre cristiano y madre musulmana, el librero encuentra al fin alguien que le quiera escuchar. Se trata de Julien Desmanges, un joven fotógrafo francés que le conoce por casualidad buscando una instantánea que vender a los medios de comunicación occidentales. Pero una imagen por si sola puede no significar nada si ya estamos insensibilizados ante el horror después de haber visto otras muchas, y es así como se enriquece con la historia personal de Nabil, quien encarna y narra la Nakba, el éxodo, las intifadas, la situación de los refugiados, su completa trama familiar, los años de encarcelamiento, la pérdida de la esperanza... y la cultura y el arte como asidero gracias al que no dejar nunca de sentirse un ser humano.

Porque estamos ante un hombre que ha escogido la lectura como refugio, resistencia y patria mientras 'ahí fuera' de esas páginas amarillentas el mundo su mundo se cae a pedazos. De lo individual a lo universal en un relato que evoca, remueve, indigna y por encima de todo empatiza. "El librero le dice al periodista que tiene que mirar más allá del libro que tiene entre las manos, atravesarlo, como hace una persona con una foto, para ver la historia que hay detrás", plantea Benzine, para quien su protagonista "es la encarnación de la odisea del pueblo palestino, que ha perdido todo pero resiste desde hace setenta años".

"Él en particular vive a través de los libros, como si la literatura hubiera sido su patria", destaca, compartiendo el detalle en absoluto menor de que la raíz árabe de su apellido, Al Djabir, "significa aquel que repara, que cura". Establece así un paralelismo el autor, residente en Francia desde niño, en el que el librero se convierte en una especie de farmacéutico que cura lo más puro que todos llevamos dentro para así "resistir a la deshumanización" que provoca la muerte y la destrucción a la que está sometido desde hace tantas décadas el pueblo palestino.

La literatura no es capaz de salvarnos de las bombas, no es capaz de devolvernos a las mujeres o a los niños asesinados, pero permite guardar las palabras, la parte humana, guardar la irreductibilidad

Esto es, claro, extrapolable también a otros contextos de violencia, siempre tratando de preguntarnos si las palabras nos pueden de alguna manera salvar de un destino fatal: "Es verdad que la literatura no es capaz de salvarnos de las bombas, que no es capaz de devolvernos a las mujeres o a los niños asesinados, pero sí que permite guardar las palabras, la parte humana, guardar lo que llaman la irreductibilidad, donde a pesar de la opresión y de la violencia hay una cosa que puede resistir dentro del ser humano a la deshumanización. Lo que trata Nabil provocar en el otro a través de la lectura es la resistencia por excelencia, el hecho mismo de poder decir que aún guardamos esa parte de seres humanos".

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Citando al autor francés del siglo pasado Georges Bernanos, recuerda Benzine que "la esperanza es la superación de la desesperanza", al mismo tiempo que concede que viendo lo que sucede en Gaza "uno puede sentirse desesperado por la impotencia de no poder actuar". "Pero sí que creo que el arte, la literatura, el teatro, tienen una forma de poder cambiar estas realidades. Y no con una especie de esperanza ingenua con la que digamos que mañana las cosas van a ir mejor, pero sí sintiendo que el arte puede habitar las ruinas y meterse por las grietas para generar de alguna forma esa esperanza". 

No es casualidad que en los países más autoritarios vayan muy en contra de la literatura, porque es el lugar máximo de subversión y de imaginación

De esto último hay pasajes muy concretos en esta novela, como cuando un grupo de niños interpreta el Hamlet de Shakespeare en un campo de refugiados y se pronuncia la famosa pregunta: ¿Ser o no ser? "Esa frase resuena de una forma completamente diferente en un teatro grande en Madrid a como resuena en Gaza, porque es una cuestión que allí tiene un significado especial, porque realmente nos estamos cuestionando si tenemos derecho a existir", argumenta el autor, antes de insistir en que, efectivamente, "la literatura nos permite de alguna forma unirnos todos en la condición humana". 

Y es que, a su juicio, "la cultura es una forma de mediación" sin la que no se entiende al ser humano en sí mismo. "Los autores siempre se ponen a escribir cuando todo se derrumba. y la literatura sí que ayuda a transformar esta pena", señala, antes de añadir: "La cultura nos ayuda a encontrar las palabras y nos ayuda también a abrir otro relato al mundo. Y es Paul Ricoeur quien dice que pasamos del texto a la acción pasando por la imaginación porque así se generan otras formas de sentir y de crear. Por eso, no es casualidad que en los países más autoritarios vayan muy en contra de la literatura, porque es el lugar máximo de subversión y de imaginación".

Nabil Al Djabir es un viejo librero de Gaza que cada día abre su librería como un acto de cotidiana resistencia. Con la población ocupada en sobrevivir, alimentarse o ponerse a cubierto, es altamente probable que nadie se detenga tan siquiera a mirarle, pero eso no va a hacer que él ceje en su empeño, rodeado por ruinas humeantes y páginas amarillentas repletas de historias variopintas que son, todas ellas y en esencia, también la suya. Porque los ejemplares que tiene en sus manos no son sólo objetos: son fragmentos de una vida, cicatrices de un pueblo.