Entre lo mágico y lo real: Ángel Crespo desde Italia

Antología personal (para Oreste Macrí) - Ángel Crespo

Olifante, Zaragoza, 2026. Edición de Laura Dolfi. Colofón de Luis Gracia Gaspar.

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La historia de esta selección de poemas y poemas en prosa –hecha a petición de Macrí— empezó a gestarse en 1983, por lo que ha tardado más de cuarenta años en ver la luz. Se enmarca en las relaciones que mantuvo Ángel Crespo con Italia y, más en concreto, con Oreste Macrí, catedrático de Lengua y Literatura Española en la Universidad de Florencia, y uno de los grandes hispanistas italianos de la segunda mitad del siglo XX, con quien mantenía un fructífero diálogo desde 1966. En diversas ocasiones, Crespo le muestra a Macrí su afecto personal y su admiración intelectual, pues, por primera vez —le confiesa— se siente comprendido como poeta. La edición la ha cuidado Laura Dolfi, discípula de Macrí y catedrática de Literatura Española en Parma, profunda conocedora de la obra de ambos. En suma, la persona ideal para ocuparse de esta edición.

Su trabajo ha consistido en rescatar una selección de poemas que provienen de libros publicados entre 1971 y 1982, que en su origen estaban destinados a formar parte, al menos un conjunto de ellos, de una antología que preparaba Macrí, sobre la Poesia spagnola del Novecento, que Garzanti publicaría en Milán en 1985 (se trataba de la cuarta edición revisada y ampliada, tras las de 1952, 1961 y 1974), y en contextualizarla como es debido en el prólogo, las notas al texto y en un apéndice en el que se nos proporciona una selección de la correspondencia que mantuvieron el profesor italiano y el poeta español. 

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La selección completa de poemas que le envía Crespo, quien le da libertad al antólogo para que elija del conjunto de su obra los poemas que prefiera, es la que ahora se publica. Escoge Macrí un total de veinte poemas, la mitad de los enviados por Crespo, pero a pesar de ello, el poeta se queda satisfecho. El profesor italiano le indica que la suya “es poesía ininterrumpida, como un solo poema” (p. 18). Y aunque su elección contrasta con la del poeta, debe tenerse en cuenta que se decanta por poemas que no solo le gustan, sino que también puede traducir, y que le parecen representativos del conjunto de su obra. A Laura Dolfi le llama la atención que no le dedicara más espacio a los poemas de tema italiano, a pesar de que estos no faltan (“Una patria se elige”, “Affresco”, “Regresos”, donde identifica a Florencia con Alcolea, “Circo romano” y “Laguna de Venecia”). Sea como fuere, la selección que un poeta hace de sus versos siempre tiene que ser, por su propia naturaleza, significativa, la compartamos o no. Téngase en cuenta la fecha en que le envía sus versos, de ahí que no aparezcan los que publicó en sus últimos doce años de vida.

Otro aspecto de la edición en el que merece la pena detenerse, es el diálogo que mantienen sobre las obras de otros autores de su generación, cuyo punto de partida es la petición que le hace Macrí para que lo oriente en la selección de sus contemporáneos. De estos juicios que se intercambian, sinceros y a veces muy críticos, algunos aparecen en el Diario veneciano (2024), no siempre me parecen atinados. En el caso del poeta español responden a veces a la defensa de la estética que él mismo cultiva, pero también a filias y fobias personales (pp. 27 y siguientes). Y cuando Macrí le pregunta, en concreto, por Claudio Rodríguez, Alfonso Costafreda y José Ángel Valente, Ángel Crespo se decanta por Francisco Brines (“es el poeta de mi generación […] que cuenta con una obra más seria y bella”, p. 29). Téngase en cuenta, a este propósito, que estamos en los primeros años 80, cuando se había publicado Don de la ebriedad (1953), Suicidios y otras muertes (1974), la antología de Valente Punto cero (1972), Tres lecciones de tinieblas (1980), con el que obtuvo el Premio de la Crítica, y Mandorla (1982). Todos ellos, libros importantes.

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Las seis cartas que se intercambian entre 1966 y 1983, seleccionadas de un conjunto mayor, resultan esclarecedoras a varios propósitos, a saber: la relación entre ambos; las opiniones que tenían sobre la poesía española, sobre todo la de Crespo; y los recuerdos de las estancias del poeta en Florencia, en especial su asistencia a las tertulias (“tan latinas”, precisa Crespo) del café Paszkowski, en la Piazza de la República, a la que asistían, además de Macrí, el poeta y crítico Piero Bigongiari, catedrático de Literatura Italiana Moderna y Contemporánea, el anglicista Sergio Baldi, el lusitanista Luigi Panaresi y el poeta Mario Luzi.  

Crespo le confiesa que nunca se ha sentido “demasiado cerca de Aleixandre” y acepta la influencia de Rilke y de Pedro Salinas; le agradece que haya apreciado sus “esfuerzos por conciliar lo mágico con lo real” (p. 130); y señala que para él “la poesía es, ante todo, una tarea intelectual” (p. 132). Quizá la misiva más importante es la que le envía desde Mayagüez, el 1 de septiembre de 1974, tras haber pasado parte del verano en los Grisones, estudiando retorromano. En esta carta repasa la poesía española de postguerra, alabando a unos poetas y cuestionando a otros (Ory, Carriedo, Nora y Crémer), dejando claras sus preferencias: Eduardo Chicharro, Miguel Labordeta y Gabriel Celaya. Pero sus comentarios se centran, sobre todo, en los autores de su generación, recomendándole a Gil de Biedma, Barral, Valente, J.A. Goytisolo (“el más débil del grupo de Barcelona”, p. 142) y Caballero Bonald. Resulta significativo que no cite a dos de sus grandes amigos, poetas notables: Enrique Badosa y José Corredor-Matheos. Y de la generación siguiente, los llamados novísimos, destaca a Gimferrer, Carnero y Vázquez Montalbán, pero se olvida de Antonio Carvajal, Juan Luis Panero y Antonio Colinas. Habría que añadir los elogios que, en una carta de 1983, le dedica al poeta Juan Alcaide, insistiendo en lo importante que fue para él, durante sus años de formación, de quien se ocupa en el poema “Donde no corre el aire”.   

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Entre los poemas seleccionados, aparecen algunos tan significativos como “Una patria se elige” (“Una patria se elige/ -y una mujer. O llegan,/ inevitablemente,/ cuando tu soledad las ha ganado”, p. 60), “Donde no corre el aire” y “Un camino”; o aquellos en que trata de la muerte: “Meditación de lo mortal”, “A la muerte” y “El sueño de la muerte”. Respecto a las preguntas que le formula Macrí, más allá de las meramente técnicas o las dudas que le suscitan las traducciones de algunos versos, llama la atención la que le hace sobre su participación en “la lucha clandestina”, que por su respuesta no parece que fuera demasiado significativa (Véase el poema “El pueblo”). Y sorprende que en 1983 le diga que todavía no ha llegado el momento de hablar claro. El último libro que le envía es Ocupación del fuego (1990), que Macrí le elogia, pero en vida, no apareció ninguno más.

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No quiero dejar de ponderar el cuidado con el que se ha llevado a cabo esta edición (magnífica la foto de Anna Dolfi, en Florencia, 1982, en la que aparecen los tres protagonistas de esta edición, entre ellos una joven Laura Dolfi), por lo que hay que felicitar a Trinidad Ruiz Marcellán y David Francisco. Olifante cumple 47 años y Crespo, que falleció con 69, hubiera cumplido 100 de su nacimiento en este 2026, por lo que la Fundación Jorge Guillén, donde está depositado el archivo de nuestro escritor, y la Universidad de Alcalá han organizado un congreso que acaba de celebrarse, diría que con éxito, en la ciudad cervantina.

A pesar de lo pesimista que siempre fue el autor con respecto al reconocimiento de su obra, y algo semejante podría decirse de la opinión de su mujer, Pilar Gómez Bedate, me parece que su literatura sigue circulando con normalidad; sus libros se reeditan, no faltan antologías en las mejores colecciones y tampoco han dejado de estudiarse, ni de publicarse, trabajos sobre sus obras, incluidos monográficos en las mejores revistas. Creo que todo empezó a cambiar en 1988, al regresar Crespo definitivamente a España, instalándose en Barcelona, para pasar los veranos en Calaceite, a lo que no poco contribuyó la dedicación de su mujer, facilitando las ediciones y prologando varias de ellas. Creo que 30 años después de su muerte, donde Ángel Crespo quiera que esté, no debería mostrarse insatisfecho. 

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*Fernando Valls. Catedrático de Literatura Española y crítico literario.

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