Asamblea. Poesía reunida 1975-2025 - Juan Carlos Mestre
Galaxia Gutenberg. 2026
En el principio no fue el verbo sino la música, es decir, la poesía que cantaba como el mar en la voz de rapsodas y profetas. El mar con su voz de sal amarga —y su secreto de luz— volcándose en la orilla al ritmo de su oleaje, que siguió después murmurando versos en la voz de Whitman o de Saint-John Perse, y de tantos otros hacedores, y que ha seguido rodando por los años y los siglos en ese inmenso taller de amanuenses que forman todos los poetas que en el mundo han sido. De esa estirpe torrencial, orgánica, desencadenada, es este maelstrom poético de Juan Carlos Mestre, que en su “Lección de geografía” vio al mar como un caballo blanco y un bosque habitado de peces. Sus ráfagas de palabras avanzan en la marejada de la página veloces y libres, y dibujan un cosmos artístico autónomo que se dice a sí mismo.
Su cascada alucinatoria de visiones se hermana con la imaginación de Chagall. Aérea, estelar, vertical, todo gira en su polvareda de imágenes, anábasis hacia el cielo, en un remolino de criaturas incandescentes. Su vértigo ilumina y redime y nos devuelve a la verdad de nuestra raíz humana, lejos del zumbido alicorto de la charlatanería circundante o del ruido ensordecedor de las máquinas. Esa hipnosis no impide el pie a tierra para señalar con lucidez la ignominia, alertar de los peligros del olvido o la insidiosa tristumbre, o reivindicar la memoria, motor de la esperanza, y también la necesidad de la palabra para devolvernos a lo que somos, a través de una afirmación radical de la conciencia frente a la banalidad y la impostura.
En ese maelstrom de vida y de muerte, de derrotas y naufragios, de preguntas sin respuesta, la escritura de Mestre es herencia y mandato de esa edad que, con Péret, vio en la alquimia la carne y la sangre de la poesía, y ruedan por sus páginas Pessoa y Pound y Gamoneda y tantos otros, como lo hacen la nieve, la lluvia, la nada o la ausencia. Hijo de panadero, Mestre hace con su verso pan para el alma; nieto de sastre, al calor de aquel fuego innumerable cose su corazón lluvioso con los versos de Rimbaud y Verlaine y Neruda, para atajar con su exorcismo las trampas de la melancolía: “llueve en la ciudad […] La lluvia todo el día, la lluvia todo el tiempo, el mar de la memoria, las verdes campanas de Cracovia, la luz que llueve el cielo” (203). Al tiempo, otro hilo sutil cose el “ataúd a vela” de Huidobro y el “ataúd a chorro” de Parra con el “ciprés descapotable” de Mestre, para desde el humor negro mirar a los ojos a la muerte que acecha sin remedio, que nos habita y que habitamos. Borda además el poeta, en ese tapiz, espacios y momentos que no se han de olvidar nunca, sea Auschwitz o sea el Palacio de la Moneda, y cose también las imágenes de Paul Klee, con esas teteras que imitan osadas el saludo romano de los infames, mientras ellos lo borran de la lista de la vida civil.
Poesía, en fin, numinosa como la de Rojas o Rosamel del Valle, y que se aventura en los territorios del trasmundo como lo hicieran Masters y Bombal, Girondo o Rulfo o el propio Parra, para hacer de la otra orilla un territorio sin fronteras, en esa singular Comala que subyace en su poesía reunida: “Vivo a unos cuantos palmos bajo la tierra. Aquí ando como cuando bajaba a la mina, enrolado en un ejército de muertos […] Si fuese Shelley haría de mi vida una oda, pero me llamo Fortunato […], otra sombra apartada de la primavera por los carceleros mundiales del veintiuno de marzo” (1327).
Juan Carlos Mestre extiende su hilván de siglos y su candil de luz para vallejianamente abrazar a una innumerable asamblea de voces, en poemas como el “Salmo de los bienaventurados”, o en “Los benditos”, o en “Elogio de María”, dedicado a María Alonso, albardera de la Bañeza —de noche vinieron por ella en el 36 y no volvió ya nunca: “paz a los que abrieron el libro de la tierra para que continuase en las estrellas la vida de los muertos” (1123)—. En su laberinto poético circulan además los solos y los tristes, los hambrientos y los olvidados, y también carpinteros y metafísicos, maquis y meigas, ilusionistas y farmacéuticos, soñadores, borrachos, fusilados y suicidas. Personajes de la intrahistoria o de la Gran Historia, vivos y muertos iluminados en su sueño o en su margen, criaturas sin tiempo o de todos los tiempos, que a veces inundan poemarios enteros como 200 gramos de patacas tristes, donde el poeta, igual que hiciera Lezama Lima en Fragmentos a su imán, para acercarse más al lector se deshace de la niebla deliberada de palabras con que le hace trampas a la tristeza y a la muerte.
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La voz de Mestre, magnética y melancólica, juguetona y burlesca y siempre insobornable, nos habla de la poesía como “el arca de los dones”. En el juego de las transfiguraciones impugna las directrices del Logos desde la libertad del sueño, mientras las palabras se multiplican como las ondas cuando una piedra hiende el agua del estanque. Bosque de sílabas en germinación perpetua, en floración desatada, celebra la vida y se enfrenta a la Parca, y en ella el verso se hace potro y ruiseñor, es gato y luz y río que corre oscuro con nuestra sombra. Sus palabras van cosidas al viento, a la lágrima, al otoño y la infancia, al valle y su caballo, al paraíso perdido de la tierra profunda, y también al recuerdo de ese lugar pequeño, perfumado de mirto y de colmenas, que se llama Villafranca del Bierzo y que lo vio nacer.
Poeta del sueño lúcido, del insomnio poblado de fantasmas, Mestre hace del verso hilo para el gran tapiz de la esperanza. Guardián de la casa de la memoria y custodio de la paz de los muertos, su poesía disidente es el universo en llamas que resulta de la rara alquimia del agua y la luz. Voz libre, antigua y futura como lo es la de los clásicos, venturosamente alejada de los circuitos oficiales y oficiosos, rubrica la certeza de que son siempre poesía y conciencia lo que nos funda y nos hace libres.
* Selena Millares es escritora, sus últimos libros son Lámpara de madrugada y Matrioska. De inminente aparición, la novela Al calor de tu nombre en Plaza & Janés (Penguin).