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‘La tierra que pisamos’, de Jesús Carrasco

Portada de 'La tierra que pisamos', de Jesús Carrasco.

Sonia Asensio

La tierra que pisamosJesús Carrasco Seix BarralBarcelona2016

“Recuerdo bien a mi madre. Tenía miedo del viento, (…)y las guerras siempre estaba temiéndolas de lejos…”.

Este conmovedor poema de Ángel González me ha acompañado durante la lectura de La tierra que pisamos (Seix Barral, 2016), la última novela de Jesús Carrasco. La guerra, ese fantasma del que siempre oímos hablar, que estudiamos, por la que protestamos y nos indignamos y que saca lo peor del ser humano. La guerra, desde la noche de los tiempos como una negra letanía. La guerra, qué sinrazón. La guerra, el desastre, el fin.

España está ahora mismo anexionada a un gran Imperio tras una cruenta guerra que ha ganado algún ejército que parece que puede ser del norte de Europa. Los oficiales que han participado en esta gran victoria pueden elegir una casa, ya vacía, de un pueblo extremeño. En una de ellas parecida a esa casa donde vivían nuestros abuelos duerme plácidamente un matrimonio que, como otros, aceptó la oferta. Él había contribuido con creces a la expansión e implantación del Imperio. Ella… Ella es Eva.

Eva, que vive ahora en el Paraíso del sol y la luz, en el Edén de los territorios del Sur, verá cómo se tambalea todo su universo con la llegada a su huerto de un mendigo, un pordiosero, un hombre extraño que se queda acurrucado debajo de la encina. Él… Él es Leva, nuestro protagonista.

Entre ellos surge una peculiar relación que Eva va desentrañando a través de miradas, gruñidos, silencios y ausencias de Leva. Y de telón de fondo: el huerto, el fragante césped, las hojas de maíz, los tomates, la tierra, la tierra de nuestros abuelos. Porque esta es la tercera protagonista. El azahar de los naranjos florecidos que anuncian la primavera, la tierra que nace y renace cada año, esa tierra que mis abuelos agarraron con sus manos. La yegua, el burro, el perro… nuestra tierra.

Pero hay otra tierra dura. Frente a esta primavera cíclica de Eva está el recuerdo de los inviernos, allá tan lejos, de Leva. ¿A dónde se lo llevaron? ¿Qué ocurrió? No podemos osar ni un poco a hablar de esta novela, de lo que cuenta. Su lectura es obligatoria.

Porque a veces ocurre que se talan los árboles como se quiere acabar con la memoria de los hombres. Y para hacer frente a la desolación, a la violencia, a la indignidad y a la falta de humanidad tenemos que leer La tierra que pisamos. Nuestro protagonista mudo hablará con la memoria y siempre habrá alguien que se haga cargo de contarla.

Además hay otro personaje importante en esta novela: el estilo. Jesús Carrasco entreteje la resurrección de Eva y el exilio de Leva con palabras escogidas, mimadas, privilegiadas en capítulos escasos, breves. Las palabras se van introduciendo implacables y de alguna manera el lector también penetra en ellas y tienes frío en la nieve, dolor en la espalda y silencio en la garganta. Porque la novela está contada de manera magistral. Depurando el lenguaje para que sea casi imagen, casi caricia en la intimidad de la lectura. Fraternidad.

No hace mucho leí una frase de Adorno en la que se preguntaba si era posible escribir poesía después de Auschwitz. El tiempo nos ha traído afortunadamente grandes poetas, escritores, pintores y artistas después de tanto horror. Como los ha habido después de nuestra guerra. Como los hubo y habrá en Siria, algún día.

La literatura también es memoria y trae con ella la búsqueda de la dignidad. En la hermosa inutilidad de la literatura hay algunas historias que necesariamente deben ser contadas. Porque la memoria forma parte de nosotros y de lo que los demás podrán ser. Otra cosa bien distinta es que, a pesar de todo, en estas noches frías del centro de esta España ya no literaria sino real, de esta Europa ya no inventada sino con nombres y apellidos, seamos capaces de mirarnos al espejo sin pensar, y es sólo un ejemplo, en los refugiados de una guerra cierta que ahora mismo son menos importante que esa tierra que labró mi abuelo con sus manos. Y eso que era escasa y ni siquiera era suya.

*Sonia Asensio es profesora de LiteraturaSonia Asensio

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