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Traductores de libros: luchadores contra la precariedad tan invisibles como indispensables

Una mujer coloca libros en una librería

Hamlet nunca dijo eso de "ser o no ser". No en castellano, al menos. Diría "to be or not to be", en todo caso. Para que el soliloquio del personaje creado por William Shakespeare pudiera ser entendido por lectores de todo el mundo, tuvo que pasar a través de una figura tan invisible como indispensable: el traductor. Solo así pudo convertirse en una frase universal, conocida por todos en multitud de diferentes idiomas.

Sirva este ejemplo para poner en valor una labor tan antigua como, repitamos, invisible y también indispensable. Una profesión de la que solo solemos acordamos para mal, cuando hay algún error especialmente llamativo que nos saca del relato. Por el contrario, cuando un libro de algún autor internacional nos gusta especialmente, nos introducimos de tal forma en la historia que nos olvidamos de que ese texto no estaba originalmente escrito en nuestra lengua. 

Menudo talento el del traductor de turno que consigue llevarnos sin darnos cuenta hasta ese punto. Como un pianista que interpreta una partitura, el traductor es el puente necesario entre la obra original y nuestra lengua local. Una actividad de alguna manera etérea por definición, que propicia que tengamos integradas en nuestro lenguaje coloquial expresiones o frases que no son propias originalmente de nuestra lengua. Y eso es así porque ha intermediado un traductor para traerlas a nuestro propio acerbo cultural.

Muy conscientes de su posición en la cadena editorial, no piden los traductores que nadie les baje la luna, pero sí algo tan básico como ser reconocidos como autores con su nombre en la portada de las obras traducidas. Un primer paso pertinente, pero no suficiente, como explica a infoLibre la presidenta de ACE Traductores, asociación creada en 1983, Marta Sánchez-Nieves (Madrid, 1974): "A veces ni se pone y otras veces como ponen tu nombre te dicen que te pagan en visibilidad. Pero con la visibilidad no se come".

"El traductor es la voz de esa persona en español. Yo sé y quiero estar a la sombra, pero no quiero estar a la sombra en cuanto a las condiciones laborales, que tienen que ser dignas", remarca también a infoLibre Belén Santana (Logroño, 1975), Premio Nacional de Traducción en 2019 por Memorias de una osa polar, de Yoko Tawada, quien además apostilla: "Una cosa es la visibilidad en términos de imagen y otra en términos económicos. Esta visibilidad tiene que venir acompañada de unas tarifas dignas que te permitan vivir de esto, y hoy por hoy en España es muy difícil vivir exclusivamente de la traducción de libros".

Actualmente, esas tarifas para traductores editoriales estarían aproximadamente entre 2 y 9 céntimos por palabra sobre el texto final, teniendo en cuenta no solo la lengua de partida (se paga menos el inglés que el noruego, por ejemplo), sino su conocimiento del sector y su capacidad y posibilidad de negociación. Si hablamos de una de las formas de cómputo más extendida, que son los 2.100 caracteres, la horquilla va desde los 6 euros hasta los veintitantos. La tarifa puede subir si hay subvención para la traducción (normalmente del país de origen) y, aparte de la tarifa, habría que tener en cuenta el porcentaje de royalties, pero esto ya sería otro capítulo.

Entre ambas profesionales ya han dejado bien claro que la visibilidad, ya "más o menos conseguida" después de años de lucha, según Sánchez-Nieves, es solo la punta del iceberg en las reivindicaciones gremiales de los traductores. En la misma dirección va la presidenta de la Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes (Asetrad), Laura Solana (Madrid, 1989), quien considera que poner el nombre del traductor en la portada del libro dice "mucho del respeto del editor hacia el lector".

Y plantea: "En la cadena de producción somos casi siempre los últimos de la cola. No somos nosotros quienes marcamos las condiciones de nuestra profesión y hace que tengamos las manos bastante atadas. Por ejemplo, en las condiciones de pago es bastante sangrante que se retrasen, que haya incumplimientos o que incluso llegue a haber impagos, como ocurre con Malpaso. Esto hace que estemos desprotegidos y tengamos mucho riesgo de caer en la precariedad".

El escritor Carlos Fortea (Madrid, 1963), por su parte, plantea que, "como pasa siempre en esta sociedad, cuanto menos se habla de ti menos te pagan". "La realidad es que nuestro valor de mercado está muy por debajo del que debería ser precisamente porque hemos vivido en la oscuridad durante décadas", destaca, para luego reclamar: "Para nosotros es muy importante que se tome conciencia económica de que hacemos un trabajo de alta cualificación que requiere actualización continua y ponerte en el último momento de la lengua que estás traduciendo. Es un trabajo de mucha exigencia y no se remunera en absoluto en relación con esa exigencia".

Sánchez-Nieves, licenciada en Filología Eslava y traductora de obras de Dostojevski, Turguénev o Simion Frank, explica que las reivindicaciones concretas de ACE Traductores se centra en varios temas. Por un lado, la aprobación definitiva y completa del Estatuto del Artista, en cuya negociación están inmersos junto a asociaciones y colectivos culturales de todo tipo, con el deseo de colocar a los traductores en el epígrafe correcto: "Los traductores editoriales estamos ahora mismo en actividades profesionales, y no en epígrafes de trabajos de cultura ni siquiera".

Esto incluye también el asunto de las cotizaciones en función de ingresos, algo inherente a la condición de trabajador autónomo, mayoritaria en el gremio de la traducción, donde además se factura con intermitencia. Porque pueden estar tres o cuatro meses traduciendo un libro pero, al mismo tiempo, con la obligación de pagar mensualmente las cotizaciones sociales. "Si un libro es muy largo, es cierto que puedo negociar que me hagan varios pagos, pero con grandes editoriales no tienes opciones de negociar porque las condiciones son las que son", apunta.

Otro asunto que centra las peticiones de los traductores es la trasposición de la directiva europea de Derechos de autoría en el mercado digital, para tener claro qué va a pasar con los nuevos sistemas de edición, como los audiolibros o los libros electrónicos. "El audiolibro está en auge y a veces no te reconocen derechos de autoría cuando es un sector que mueve mucho dinero", apunta. Además, remarca que las "tarifas llevan sin subir" muchos años, al tiempo que en muchas ocasiones "te bajan los porcentajes de derechos o meten un plazo más corto", reduciendo así en última instancia su remuneración: "Si en lugar hacer tres libros al año para sobrevivir tengo que hacer cinco, ya me dirás".

Fortea, escritor de novelas juveniles, profesor de las universidades de Salamanca y Complutense de Madrid y traductor literario de autores como Günter Grass o Stefan Zweig, pone en valor las conquistas del asociacionismo recordando que la primera asociación de traductores la fundó Consuelo Berges en los años sesenta. "Desde el momento en el que los traductores dejamos de ser personas aisladas trabajando en su casa, pasa ser un gremio profesional", apunta, destacando mejoras como que la Ley de Propiedad Intelectual les reconozca la "condición de autores de manera taxativa" o que se hayan normalizado los estudios universitarios de Traducción.

Por esos estudios universitarios pasó Lidia Pelayo (Alcalá de Henares, 1991), joven profesional especializada en traducción editorial y audiovisual, así como en corrección de textos. "Al final vas cogiendo un poco lo que cae, porque es así la profesión. Algún encargo lo aceptas un poco más por necesidad y otros te gustan más", admite, asegurando asimismo que ella vive actualmente de sus labores de traducción y corrección exclusivamente: "Se puede vivir de la traducción. Es verdad que los primeros años son más complicados, hasta que tienes unos ingresos más o menos fijos. Si pierdes un cliente, te quedas a verlas venir, eso también. Pero no hace falta llevar veinte años en la profesión para poder vivir de ello. Yo empecé en 2013 y como autónoma llevo seis años".

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Coincide esto con la visión de Solana, quien ve en la traducción (no solo exclusivamente editorial, sino también audiovisual o técnica) un sector en "crecimiento" y que se espera que "siga creciendo". "Vemos el futuro con reivindicaciones pero con optimismo, pues nuestra profesión es muy necesaria", señala, mientras Santana recuerda que, en cualquier caso, el porcentaje de profesionales que viven solo de la traducción literaria o editorial es "muy bajo". Además, como Sánchez-Nieves, recuerda que las tarifas de esta última actividad en particular están "congeladas prácticamente desde la entrada del euro".

Igualmente opina Fortea, para quien la reivindicación fundamental son las tarifas, ya que dentro de la cadena del libro al final los creadores son los menos beneficiados por todo el producto: "La distribuidora, la editorial y en menor medida el librero... todo el mundo percibe más dinero por los derechos por cada volumen vendido que el propio autor y el traductor. Aquellos de donde arranca la cadena del libro somos los que menos beneficio obtenemos de ella. Eso tiene que corregirse y tiene que ir la dirección del progreso hacia un mayor reconocimiento de quienes estamos generando la materia prima".

Llegados a este punto, defiende el oficio Santana, quien recuerda que se trata de una profesión que "no está reglada", por lo que cualquiera puede traducir. "Que no me parece mal, pero implica que es un mercado muy abierto, como ocurre en otras profesiones de tipo cultural y artístico", subraya. Esto es algo "que no te dicen en la carrera", tal y como lamenta Pelayo, quien destaca que la mayoría de los compañeros que conoce son autónomos, mientras el trabajo fijo que puede haber en las agencias no siempre es con unas condiciones especialmente buenas.

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Por eso, para Pelayo muchas de las cuestiones a reivindicar están "asociadas a lo que es ser autónomo" y tienen que ver con las condiciones y las bajas tarifas. "Cuando sales de la carrera no sabes nada", afirma, al tiempo que justifica justo por ello la importante labor de asociaciones como ACE Traductores, en la que ejerce como vocal. "Ser autónomo traduciendo es muy solitario, pero gracias a las asociaciones al final estamos todos juntos en el mismo barco", añade.

A este respecto, Solana, también al timón de Yambo Translations, reconoce esa visión solitaria del traductor concentrado en su tarea, pero aclara que en realidad son un gremio "muy colaborativo", puesto que ningún traductor "controla todas las lenguas y todos los temas". Remarca, asimismo, que son un sector con un grado de "especialización técnica y tecnológica muy alto", puesto que traducir es un "proceso intelectual muy complejo de muchísima especialización que precisa de muchas manos".

Santana aprovecha, por último, para recordar que traducir no consiste en saber muchas lenguas, ya que "no es meter el texto en el traductor de Google y ya está". "Es traducir toda una manera de estar en el mundo. Puede parecer una perogrullada, pero para traducir tienes que pararte a leer lo que pone ahí. Se tarda mucho en llegar a ser un buen traductor literario porque tienes que dominar dos lenguas a un nivel muy alto y muy especializado", concluye.

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