Despoblación, medio ambiente o reforestación: los festivales guerrilleros que no se mueven por dinero

Público en un festival

Todos sabemos cuáles son esos macrofestivales formato pavo real para los que lo más importante es hablar de cifras de asistencia y cantidades millonarias de negocio. Igualmente, todos sabemos que eso poco tiene que ver realmente con una dinamización cultural orgánica, pues el público no es otra cosa que rehén de precios abusivos, condiciones masivas molestas y una experiencia de dudoso gusto.

Es lo que ocurre cuando la iniciativa puramente empresarial se disfraza de cultura para las masas mientras, al mismo tiempo, mata suavemente todo el tejido necesario para que los artistas pequeños puedan desarrollar su talento. No vamos a descubrir ahora que el dinero manda y que quien lo tiene se aprovecha de la ingenuidad del amor romántico por la música para hacer aún más dinero.

Pero la contracultura por supuesto existe y se mueve por nuestra geografía en formato de guerrilla. Defendiendo no ya la cultura de los empellones mercantilistas, sino reivindicando otra forma de habitar en el mundo. Más idealista, seguramente, pero también más colectiva y con un indudable poder transformador sobre la realidad más cercana donde realmente vivimos en el día a día. Que no es en esos grandísimos festivales donde perdemos años de vida.

Por supuesto, todos los modelos coexisten y así está bien. Pero es interesante tener claras las motivaciones numéricas de los más grandes para luego descender de nuevo a la tierra y encontrar propuestas como Live Mar Menor (2 de julio, con Rozalén como cabeza de cartel), que no pretende otra cosa que poner en valor una localidad antaño tan atractiva como Los Alcázares y ahora prácticamente borrada de los mapas turísticos por la condena del olvido institucional a semejante zona medioambiental.

"La gente joven se está yendo de Los Alcázares y el pueblo se está quedando muy vacío de turismo por la calidad del agua del Mar Menor. La zona, que era de antiguos veraneantes de tradición, se estaba quedando muy vieja y sin movimiento", resume a infoLibre una de las coordinadoras del festival murciano, Claudia Orellana, quien añade: "Es una llamada a que la gente venga y pase un día viviendo la ciudad a través de la cultura, además de una llamada de atención sobre el deterioro de la zona".

Otro ejemplo: Pedro Bernardo Siempre Verde, el 28 de mayo en dicha localidad abulense bajo el lema de Ni un incendio más. ¿Por qué? "Porque queremos que se ponga el foco en un pueblo como Pedro Bernardo que ha sufrido tres incendios desde 1986", remarca a infoLibre una de las promotoras y periodista de Radio 3 y TVE, Virginia Díaz: "Estamos muy cansados de que no se nos haga caso y queremos reclamar políticas de reforestación y prevención de incendios".

Díaz, oriunda de este pueblo de ahora alrededor de 900 habitantes, recuerda que a mitad de los ochenta los incendios truncaron el crecimiento poblacional del lugar: "No solo se han calcinado miles de hectáreas, sino que todo esto ha llevado a una despoblación muy importante. En 1986 tuvieron que emigrar cien familias, lo que es una locura para un pueblo de 2.000 habitantes".

"Hay que combatir la España vaciada, que no está vaciada, sino completamente olvidada y abandonada, aunque hay mucha gente que quiere vivir en pueblos por la calidad de vida a todos los niveles. Pero nos enfrentamos además al calentamiento global y en la zona tenemos incendios de sexta generación, mucho más difíciles de extinguir que los de antes. Igual ya no hay vuelta atrás", subraya, para acto seguido poner en valor el poder de este tipo de iniciativas: "No le damos mucha importancia a la música en este país, pero cada vez que queremos un evento solitario acudimos a ella. Porque la música es un instrumento muy valioso para transmitir el mensaje".

Del 17 al 19 de junio se celebra en Mozota (Zaragoza) El Bosque Sonoro, que este año donará un euro de cada entrada a Médicos del Mundo en apoyo a su labor humanitaria en Ucrania. Un festival empeñado en visibilizar el entorno rural de manera sostenible y potenciar a los pequeños productores gastronómicos que, además, el año pasado en su segunda edición plantó un árbol por cada entrada vendida en su empeño por compensar el total de sus CO2 emitidos.

Lo explica a infoLibre uno de los miembros de la organización de El Bosque Sonoro, Celestino Meles: "Somos un festival diferente que apoya a la zona y al medio ambiente porque no entendemos otra forma de hacerlo. En nuestra forma de vida y de entender la cultura está esto planteado de forma natural. Tenemos una filosofía muy humanista. Procuramos que toda la comida salga del único bar del pueblo, por ejemplo, y medioambientalmente ponemos un cuidado extraordinario incluso recogiendo a mano todo lo que queda y colaborando con Ecodes para reducir nuestra huella de CO2".

Estos son solo algunos de los festivales que se ponen en pie desafiando a las leyes más básicas del negocio pues, no en vano, la rentabilidad no es un fin en sí misma. El 23 de abril también se celebra en Hinojosa del Duque (Córdoba) otro evento llamado Jóvenes por la Tierra, que en esencia reclama una intervención cultural propia y original desde el mundo rural con el objetivo de: "Despertar conciencias, el desarrollo económico y turístico del rural, el cultivo y la creación, el intercambio cultural con personas de otras regiones y países. En definitiva, la puesta en valor del bien patrimonial, fomentando su conservación para el uso y disfrute de todos".

La cultura por encima de todo, no como excusa para... Esa misma filosofía comparte el Boina Fest, que tras dos años realizándose de forma online a causa de la pandemia, regresa con su octava edición en Arenillas (Soria), un pequeño pueblo que lleva más de cuarenta años luchando contra la despoblación y que, desde 2015, convoca a artistas pertenecientes a los municipios escasamente poblados de la Serranía Celtibérica.

"Somos el festival que se hace donde menos gente hay en todo el país. Arenillas tiene cincuenta habitantes y en verano puede llegar a unos 200", remarca a infoLibre uno de los miembros de la organización, Rodrigo Gismera, quien añade: "En la edición 2019 reunimos a unas 800 personas. Hacía como treinta años que no había tanta gente en el pueblo. Por nuestra parte es una lucha de hace poco, pero somos el primer festival contra la despoblación soriana y de la serranía celtibérica".

Y remata: "Si con un compás trazas un círculo de 25 kilómetros alrededor de Arenillas, la densidad de población está por debajo de los dos habitantes, viven menos de 5.000 personas. Esto es nivel de Laponia. Estamos en la zona cero de la despoblación. Por eso, el principal objetivo es visibilizar la despoblación. Arenillas lleva décadas luchando contra la despoblación con la gente dedicando tiempo por y para su pueblo a cambio de nada más allá de apoyar su propia subsistencia".

Repartido a lo largo del año con una edición por estación, en Navarra están las Estaciones Sonoras de Cascante, un ciclo-festival con el hilo conductor de la música y la intervención de la emisora online Radio Cierzo. Su objetivo es dinamizar la zona y dar a conocer la localidad mediante encuentros gastronómicos y culturales, conciertos, charlas y lo que en cada momento pueda surgir. 

Y hay otras muchas más iniciativas similares, como Zahara Indie, que convoca al público en octubre, fuera de la temporada alta, para así intentar revitalizar lo que no se ve detrás de la postal veraniega de sol y playa en las costas de Cádiz. O el festival Cuatro Plazas, que del 22 al 24 de abril llenará las calles de la localidad madrileña de Meco de actuaciones gratuitas de bandas no demasiado conocidas o directamente emergentes. 

Al mundo se le puede mirar de otra manera, en definitiva. Se pueden fomentar los encuentros reales y transformadores por encima de las dichosas experiencias que nos sacan los cuartos y están pensadas para el espejismo de las redes sociales. Los festivales de música en vivo pueden ser una estupenda toma de tierra para hacer comunidad y con ellos podemos, además, incidir en nuestro entorno en esta vida real en la que no valen los filtros de Instagram. ¡Y reivindicar!

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