No vamos a descubrir a estas alturas que la relación de Vox con la cultura es torpe y zopenca, pero hay que reconocer que el partido ultraderechista ha ido un paso más allá al cometer días atrás el error garrafal de utilizar música anarquista en un vídeo de la campaña electoral aragonesa. Es lo que tiene el desconocimiento y ese pensamiento tan zoquete de que la cultura no tiene por qué estar politizada, cuando en realidad esa condición está en su esencia misma.

“Nos repugna que el partido de extrema derecha Vox utilice la canción para promover su agenda intolerante y llena de odio”, han dicho los integrantes de la banda británica de marcado carácter antifascista Chumbawamba, inactiva desde hace una década, pero que consiguió un gran éxito mundial en 1997 con Tubthumping, un tema escrito, según han recordado en un comunicado, "como un himno para los desvalidos, para aquellos que luchan contra el poder". "Hablemos claro, Tubthumping se escribió para celebrar la resiliencia y la tenacidad de la clase trabajadora que sigue luchando cuando las cosas se ponen difíciles. No tiene nada que ver con políticos adinerados con agendas extremistas antiliberales", continúa el grupo, que ha pedido a Facebook que retire el vídeo y exigen a Vox que no vuelve a usar su composición nunca jamás.

No es este, obviamente, el único caso de uso inapropiado de canciones por parte de partidos políticos, una controversia universal que viene de lejos y que tuvo casos tan sonados como la negativa rotunda de Bruce Springsteen (siempre Bruce Springsteen, cuatro décadas después archienemigo de Trump con Streets of Minneapolis) a que Ronald Reagan usara en 1984 su himno Born in the USA, más que nada porque los republicanos no habían entendido para nada la carga crítica de la canción.

Pero volvamos a estos lares, a tiempos más recientes y a Coque Malla. "No sé si Vox España, el partido de ultraderecha que ha utilizado sin permiso (tienen perfecto derecho a hacerlo, qué le vamos a hacer) mi canción No puedo vivir sin ti en uno de sus mítines, sabe que media España piensa que es una canción dedicada a la cocaína... Lo digo porque igual han metido un poco la pata", denunciaba públicamente el músico allá por 2018, cuando la formación política intentaba todavía aprender a caminar en pañales.

Y todavía continuaba Malla, ciertamente inspirado en su ironía: "Pero no se preocupen, señores de Vox, la otra media sabe la verdadera inspiración de la canción, que no es otra que la relación homosexual entre dos amigos gays muy queridos, que lo pasaron realmente mal por culpa de la intolerancia y de la estupidez homófoba. Como me cuesta trabajo pensar que ustedes apoyen nada que tenga que ver con la cocaína (nunca se sabe, pero me cuesta trabajo), me inclino a pensar que por fin han abierto sus mentes y han abrazado la causa homosexual. Si es así, les felicito sinceramente; es un ejemplo que un partido de derechas apoye la igualdad de derechos y la libertad de elección sexual".

A Loquillo se le complicó de la forma más tonta la pandemia cuando en los primeros días del confinamiento al dirigente de Vox Javier Ortega Smith se le ocurrió compartir un vídeo contando que había dado positivo en covid con la canción Hermanos de sangre como banda sonora. El político, además, hablaba de "virus chinos" y "anticuerpos españoles", lo cual, lógico, aumentó la polémica. "Yo no he autorizado a nadie la utilización de mi repertorio musical para usos partidistas", escribía el cantante en las redes sociales, aprovechando de paso para seguir las recomendaciones de los organismos oficiales para superar la crisis sanitaria que nos mantenía encerrados en casa. "Espero que haya superado su enfermedad", decía Loquillo con humor un par de semanas después en La Sexta Noche.

Poco más tarde, cuando la pandemia aflojaba en el mes de julio, el youtuber y cantante David Rees se vio envuelto en un berenjenal similar al compartir Vox un vídeo de uno de sus simpatizantes en el que se veía a políticos del partido mientras sonaba la composición De ellos aprendí. "Si lo que tengo que aprender de vosotros es que 'un niño solo puede tener un padre y una madre' o que 'la violencia de género no existe' mientras le restáis derechos a miles y miles de personas, lo siento no podéis usar mi canción", denunció públicamente el músico, claramente contrariado por verse relacionado mínimamente con la formación ultra.

Otro caso sonado y más reciente lo protagonizó involuntariamente Rubén Blades, muy enfadado por el uso de su Pedro Navaja por parte de Vox para hacer una "burda parodia" cambiando la letra para atacar a Pedro Sánchez. Un dechado de originalidad, qué duda cabe. "Quede claro que no formo parte de la agenda de Vox, que no fuimos consultados y que considero la utilización sin permiso de mis creaciones musicales o literarias una violación a mis derechos de autor", denunciaba el panameño el 31 de diciembre de 2024, un año que acabó ciertamente cabreado: "Es más injurioso aún para mí que esa violación de mis derechos de autor provenga de quienes apoyan proyectos que buscan destruir la esencia democrática que permite la mayor representación posible del ideal social humano y de la creación de una sociedad más justa y solidaria”.

"Una enorme tristeza e indignación llenan mi corazón en estos momentos. Hace unas horas he visto y escuchado como alguien afín a un partido político en España ha manipulado mi canción A Dios le pido con el fin de hacer campaña política", denunciaba Juanes en marzo de 2019, centrando su queja en la falta de consentimiento y la violación de esos derechos de autor perpetrada por un simpatizante de Vox, pues la letra modificada pasaba a ser 'A Vox le pido'. "Pido a todas las personas involucradas dejen de difundir el video y respeten la creación artística original, que como saben esta protegida por las leyes de propiedad intelectual a nivel mundial. Me reservo ejercer todos los derechos que las leyes me otorgan para que se respete la integridad de mi canción", remarcaba.

Por dos veces tuvo que plantarse Beret en 2019 para que Vox no usara su música en forma alguna. Primero fue en abril: "Por favor, Vox, no utilicéis mi música para esto. Gracias (el coche verde promocional de Vox por las calles haciendo sonar la canción)". Y después otra vez en noviembre: "Vox ha vuelto a utilizar mi canción Lo siento para sus campañas electorales. Si lo escucháis en vuestra ciudad, que sepáis que yo no he dado ningún permiso". Por si fuera poco, el artista sevillano tuvo que padecer todo tipo de ataques e insultos de simpatizantes de la extrema derecha, ofendidos por su rechazo, a pesar de que, como en el resto de todos los casos, no le habían preguntado previamente su opinión al respecto.

Mencionábamos antes al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien muy probablemente (vamos, que sí) sea el político más veces rechazado por artistas de todo tipo y condición que no quieren que se les relacione con él ni remotamente. Algunos, como el igualmente mencionado Bruce Springsteen, directamente le dedican canciones, igual que han hecho Neil Young, Green Day, Jesse Welles o Billy Bragg.

Pero si nos ceñimos a los que se han molestado por escuchar su música en actos o vídeos del mandatario republicano, la lista es interminable. Como ocurre en España, el procedimiento ideal pasaría por pedir permiso a la discográfica o pagar a la entidad de gestión de derechos de autor competente, trámites que en la inmensa mayoría de los casos se pasan por alto. Llegados a este punto, los artistas pueden patalear públicamente, pedir amablemente que no se use su canción, amenazar con acciones legales o mandar una carta de cese y desestimiento

Un caso reciente es el de Sabrina Carpenter, que se quedó pasmada cuando escuchó su éxito Juno en un vídeo institucional que mostraba detenciones del ICE. "Este vídeo es malvado y repugnante. Nunca me involucres ni a mí ni a mi música para beneficiar tus intereses inhumanos", escribía la estrella del pop el pasado mes de diciembre en las redes sociales. La instrumentalización de canciones llega a cotas tan insospechadas como usar My heart will go on, de Céline Dion, en actos de campaña de Trump (sí, 'la de Titanic').

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Enumeremos otros ejemplos: Foo Fighters denunciaron en 2024 el uso sin permiso de la canción My hero y destinaron los royalties que se generaran en esos actos republicanos a la campaña de la demócrata Kamala Harris. Beyoncé prohibió la utilización de su canción Freedom después de que apareciera en un vídeo de campaña de Trump (hace falta valor y mucho morro). Tampoco a los Rolling Stones les gustó ni un ápice escuchar repetidas veces su You can't always get what you want en iniciativas republicanas, por lo que amenazaron con acciones legales, al igual que Adele por la reproducción sin autorización de Rolling in the deep.

Aerosmith han enviado en múltiples ocasiones avisos legales de cese y desestimiento para que dejen de sonar éxitos de la talla de Dream on o Livin' on the edge en actos de Trump. Más nombres: Tom Petty (bueno, sus herederos, igual que los de Prince), The White Stripes, Guns n' Roses, R.E.M., Panic! At the Disco, Isaac Hayes, Nickelback, Phil Collins, Rihanna, Queen, Neil Young (concretamente por ese himno tan opuesto a Trump que es Rockin' in the free world), ABBA, Linkin Park, Rufus Wainwright, Ozzy Osbourne o Pharrell Williams.

Y terminamos con una de las grandes estrellas del pop del momento, Olivia Rodrigo, quien, como Sabrina Carpenter, se encontró sin comerlo ni beberlo con una de sus canciones poniendo banda sonora a uno de esos funestos vídeos propagandísticos del ICE. Porque la Casa Blanca usó el popular tema All-American Bitch para promover la “autodeportación” de migrantes, pero la cantante californiana fue tajante en su respuesta, que resume a su vez el espíritu de todo lo aquí expuesto: “No vuelvan a usar mis canciones para promover su propaganda racista y llena de odio”.

No vamos a descubrir a estas alturas que la relación de Vox con la cultura es torpe y zopenca, pero hay que reconocer que el partido ultraderechista ha ido un paso más allá al cometer días atrás el error garrafal de utilizar música anarquista en un vídeo de la campaña electoral aragonesa. Es lo que tiene el desconocimiento y ese pensamiento tan zoquete de que la cultura no tiene por qué estar politizada, cuando en realidad esa condición está en su esencia misma.