Teatro

Y sus nombres se borraron de la historia

Escena de 'Solo son mujeres', dirigida por Carme Portaceli.

"No hay cifras de mujeres asesinadas en las cárceles franquistas". Lo dice la directora Carme Portaceli, intentando darle peso a la frase, un peso que quizás ha perdido. "No hay cifras de mujeres represaliadas por el franquismo", repetirá la obra de teatro Solo son mujeres, en el Teatro de la Abadía (Madrid) del 30 de marzo al 17 de abril. Hoy sabemos que las presas conocidas como las trece rosas tenían solo un deseo: que su nombre no se borrara de la historia. Quizás los suyos sobrevivieron a la limpieza realizada por el régimen, pero fueron una honrosa excepción. Sus compañeras siguen siendo ignoradas. Portaceli, unida a la escritora e historiadora Carmen Domingo, trata de equilibrar la balanza hacia el lado de la memoria con esta obra que honra a las luchadoras por la libertad y la democracia que pagaron con su vida. 

Si es difícil saber el número de presos políticos, de asesinados tras la Guerra Civil —entre 150.000 y 200.000 suele ser la estimación más aceptada—, en el caso de las mujeres lo es más aún. Ellas ni siquiera tuvieron para sí una categoría que las separara de las presas comunes: "Solo podían ser delincuentes o prostitutas", recuerda Portaceli. despojándolas de esa medalla, la represión franquista minimizaba su valía, pero también se aseguraba la falta de testigos ante los crímenes de lesa humanidad. Sin esa etiqueta, recuperar a las luchadoras por la República y contra los nacionales se ha convertido en muchos casos en una tarea imposible. El estreno de la obra en Madrid, después de una temporada en Barcelona y una pequeña gira, casi coincide en el tiempo con la querella presentada el 16 de marzo por la organización Women's Link Worldwide en la macroquerella argentina contra la dictadura franquista. En ella piden que se "tome en cuenta que la violencia que se utilizó contra mujeres y hombres fue diferente, tuvo un impacto diferente, y un significado diferente".

Solo son mujeres representa, en cinco personajes femeninos, tres casos de represaliadas y dos eslabones en la larga cadena de la historia que las traen hasta el presente: la hija y la nieta de una víctima del franquismo. Para darles voz, la escritora Carmen Domingo contaba con un amplio conocimiento en el tema. En los últimos años, ha publicado Con voz y voto. Mujer y política en España (1931-1945), Nosotras también hicimos la guerra. Defensoras y sublevadas (1936-1939) y Coser y cantar. La situación de la mujer en la España franquista (1939-1971). Su labor coincide con una creciente investigación, en el ámbito académico, de la suerte de las mujeres combatientes tras la Guerra Civil, con extensos estudios sobre algunas de las cárceles femeninas de Franco. "La documentación para los libros no fue tan difícil como convencer al mundo editorial de que este es un tema que nos debería interesar tanto a los hombres como a las mujeres", se queja Domingo. O, como denunciaba la Associació Les Dones del 36, que agrupaba hasta 2006 a supervivientes de la Guerra Civil: "Nosotras siempre hemos hablado, lo que sucede es que nadie nos escuchaba".

Domingo debía decidir cuáles, de todos los casos que pudo ir recopilando, eran representativos de los diversos casos que se daban en las cárceles de mujeres. Necesitaba a una militante convencida, por supuesto. Pero también una mujer castigada no por su lucha política, sino por su liberación privada. A una madre separada de sus hijos. A una joven que hubiera tenido la mala suerte de ser hermana o hija de republicanos. Y a "una mujer católica que hubiera recibido el castigo del franquismo, porque parece que solo se castigaba a las mujeres de izquierdas", apunta. Todas ellas están, aunque compactadas. Para alcanzar una cierta universalidad, las mujeres sin nombre de Domingo y Portaceli tienen un solo cuerpo, el de la actriz Míriam Iscla. Con ella interactúan, en el lenguaje multidisciplinar propio de la directora, la bailarina y coreógrafa Sol Picó y la música Carmen Conesa, que interpreta canciones originales de Maika Makovski. Además, las apoyan las creaciones audiovisuales de Lala Gomá.

Aunque los casos de la pieza son totalmente ficcionados, para construirlos se han servido de combatientes reales cuyos nombres aún no tienen la fuerza de sus pares masculinos en el imaginario popular. El caso más conocido de entre sus referentes es el de Matilde Landa, la militante del Partido Comunista de España que creó la Oficina de Penadas cuando fue encarcelada en Las Ventas, una especie de gabinete de asistencia jurídica que daba apoyo a las presas, analfabetas en su mayoría. Aunque fue condenada a muerte, su sentencia fue conmutada por influencia de su familia, de clase alta. Fue trasladada a la terrible prisión de Can Sales, en Mallorca, donde, queriendo hacer de ella un modelo de conversión católica, fue presionada para bautizarse bajo la amenaza de asesinar a sus compañeras. Se suicidó arrojándose desde la galería de prisión. 

Pero también están, en el origen de esta obra, Amparo Barayón, casada con el escritor Ramón J. Sender, y que fue encarcelada y fusilada después de que su cuñado la denunciara a las tropas fascistas para quedarse con sus tierras. Y Tomasa Cuevas, que ingresó en las Juventudes Comunistas de España cuando era solo una adolescente y fue torturada en Vía Layetana y condenada a 30 años de prisión. Cuando obtuvo la condicional, huyó a Francia y a Praga. A su regreso, esta mujer que no sabía leer ni escribir fue grabando a las presas, de cárcel en cárcel, para que sus vivencias no se perdieranpara que sus vivencias no se perdieran. Algunos de los testimonios que recogió pueden escucharse en Solo son mujeres

"Olvidándolas a ellas, se olvida que en la República las mujeres conquistaron el espacio público, y que la dictadura se lo arrebató. Quedaron recluidas al espacio privado, dentro de la casa, sin decir ni pío. Y de eso aún vivimos", explica Portaceli en una visita a Madrid. "Parece que lo que afecta a todos es solo lo que afecta a los hombres", apunta Carmen Domingo por teléfono, "de forma que esto, las consecuencias que la guerra tuvo para las mujeres, se ve como un detalle en la historia global. Es terriblemente injusto". ¿Y siguen estas mujeres sin ser reconocidas? ¿Sigue siendo despreciada su labor? Contesta la directora: "No sé si se dice con esas palabras, porque el neomachismo tiene muchos colores, pero lo cierto es que en los libros siguen sin salir. Igual que se ignora a las mujeres de la Generación del 27. Que no se nombraran entonces, puede entenderse. Que no se nombren hoy, es incomprensible".

Pese a los avances de los últimos años —Portaceli recuerda las cada vez más numerosas reivindicaciones feministas de las actrices de Hollywood, por ejemplo, aunque no se siente muy optimista—, sigue considerándose que la historia de las mujeres no es la historia de todos, si no de ellas, y que en todo caso interesará a un público minoritario. La directora cuenta una anécdota "graciosa" y "patética": "Cuando salimos de gira, todo el mundo quería programar esta obra el 8 de marzo. Como si las historias de mujeres se tuvieran que encerrar en un solo día". También han observado que, aunque algunos programadores parecen encantados con su obra, son reacios a programarla: "No es para mi público". Portaceli reflexiona: si se sabe que la mayor parte de los lectores son mujeres, de la misma forma que la mayor parte de los espectadores son mujeres, ¿por qué se sigue resistiendo la industria a producir relatos de o sobre mujeres? "Eso no se entiende, a no ser que se esté tratando de perpetuar una ideología", razona, "Y bueno, ya basta, ¿no? Ya basta".

Las mujeres de Sol Picó

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