Cultura

Un nuevo fantasma recorre el mundo: la "conciencia de especie"

El arqueólogo, de Eudald Carbonell.

Hay una paradoja sobrevolándolo todo: un veterano prehistoriador, un hombre que ha dedicado su vida a rastrear el pasado, acaba adentrándose en el futuro con la convicción y el optimismo propios de la osadía juvenil. El resultado es Elogio del futuro (Arpa), obra de Eudald Carbonell (Ribes de Freser, 1953), codirector de la Fundación Atapuerca, arqueólogo y paleontólogo de primer nivel, que ha escrito un ensayo con trazas de manifiesto, o al revés, en el que desgrana una teoría de infinita ambición. Se resumiría así, con entrecomillados del propio libro. "Nos dirigimos al colapso como especie", aunque es evitable. ¿Cómo? Tomando las riendas de nuestro destino como humanidad. Aprovechando que, "a través de la ciencia", nos hemos adueñado al fin "de todos los procesos que inciden en nuestra evolución". Adquiriendo lo que Eudald Carbonell llama "conciencia crítica de especie". Conclusión: ahora o nunca, ahora que tenemos la tecnología a nuestros pies, corresponde postergar las visiones estrechas y egoístas del mundo y el hombre para empezar a pensar como humanidad, prescindiendo del azar y abrazando la lógica. "Dejemos de responsabilizar a los dioses o a la selección natural de todo lo que sucede, puede que esta sea la manera de liberarnos de nuestros miedos históricos y atávicos", escribe Carbonell, para quien el futuro ya no interpela a los individuos, las clases sociales o las naciones, sino a la humanidad entera.

El joven Eudald, alumno de colegio del Opus, era –él mismo lo afirma– "la oveja negra de la familia". Con cinco años inauguró su colección de fósiles, que obtenía buscando restos arqueológicos en la casa de sus abuelos. Ahí surge la emoción seminal que marcaría su vida: la "ilusión", más tarde convertida en optimismo positivista. Su trayectoria intelectual quedaría marcada por el marxismo, a cuyas esencias no renuncia. Cree que la afirmación "la lucha de clases es el motor de la historia" continúa siendo una elaboración dialéctica vigente, pero anima a su superación. Y el mecanismo debe ser la adopción de una "conciencia de especie". Ya no de clase, de especie. De hecho, cree que tal conciencia es el "nuevo fantasma" que recorre el planeta, y será la que a la postre acabe con las clases.

 

¿Exceso de optimismo? ¿Ensoñación? Ya está dicho que Elogio del futuro tiene algo de grito post-político, de "¡por allí resopla!", de fogonazo de luz en la oscuridad. No marca ni detalla un camino, mucho menos sus postas, pero sí que expresa una idea. La evolución, con la desaparición de los grandes saurios, ya nos ha enseñado que las especies dominantes pueden desaparecer. Para evitarlo debemos empezar a actuar "a favor de los intereses de especie y no sólo de los intereses de clase". El vahído que previsiblemente provocarán afirmaciones así a los comunistas ortodoxos se mitiga por el tratamiento lúcido y respetuoso que Carbonell da a las tesis marxistas. Pero más a los fines del comunismo que a sus medios. Su proyecto "confronta con las ideologías caducas", pero no desprecia sus objetivos. "Este proyecto colectivo representa el fin de la explotación y el control de los medios de producción por la minoría", señala Carbonell, profesor de la Universidad Rovira y Virgili e investigador del Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social, que se dice ateo y revolucionario.

Hay en las líneas del libro una expresión libérrima de pensamiento, sin excesivas ataduras académicas. Hay igualmente una tensión controlada, en la que lo personal se intuye sin materializarse. El libro es como el negativo de una autobiografía no escrita. Pero también hay en el ensayo esa cierta desesperación de quien ve que el barco se dirige al iceberg mientras resuenan los ronquidos en los camarotes. Nadie hace nada, pero el arqueólogo ve clarísimo que hay que actuar. No a la resignación, proclama Carbonell, que adopta a veces la actitud del profesor cabreado por la falta de interés de los alumnos por las matemáticas, pero que nunca pierde la paciencia. "Ahora sabemos que podemos captar la energía del sol con placas fotovoltaicas, no hace falta dañar el ecosistema para acumular energía", subraya el ganador del Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica.

De la crisis de los misiles al cambio climático

Carbonell ubica en 1962, con la crisis de los misiles, la "emergencia" de la conciencia de especie. Por primera vez entendimos que todo podía terminar, que podíamos autodestruirnos. Ahora proyecta sus sombras sobre el futuro el cambio climático. El autor de Elogio del futuro se rebela contra el catastrofismo tanto como contra el "determinismo ambiental". "El cambio climático ya es irreversible, pero si sobrevivimos a la gran glaciación del neolítico, sobreviviremos al calentamiento del planeta", expone. Eso sí, nuevas emergencias científico-técnicas "decidirán los sistemas y formaciones sociales que seamos capaces de construir en ese nuevo escenario". ¿Estamos preparados para eso? ¿Estamos listos para evitar ser "barridos del camino por las leyes de la evolución?

Una y otra vez Carbonell encuentra la respuesta en al ciencia, en la técnica, que debidamente socializadas, empleadas no para el control sino para la emancipación social, nos pueden convertir al fin en "seres lógicos". Late en Elogio del futuro una fría advertencia. La especie, como conjunto, debe planificar su futuro, dejar de confiar en el azar y en Dios, abandonar particularismos alicortos. Y pensar como especie. Ése es el cogollo del manifiesto. Lo necesitaremos para los hechos que Carbonell vislumbra para el futuro: colonias humanas viviendo fuera de la Tierra, el descubrimiento de la existencia de vida extraterrestre, el desarrollo de la capacidad humana de crear nuevas formas de vida, un incremento de la diversidad biológica como consecuencia de la diversificación energética, una mayor complejidad neuronal junto con una reducción del tamaño de nuestro cerebro, a la manera de los gadgets tecnológicos... Vienen curvas.

En realidad en su libro, una descarga de 121 páginas de pensamiento, está todo dicho. Pero hay que preguntarle directamente a Carbonell. "Es más un manifiesto-ensayo que un ensayo-manifiesto", señala, admitiendo que un poderoso ingrediente "autobiográfico" marca el conjunto. ¿Idealista? "Aunque el enfoque es la lógica materialista, tiene algo de construcción ideal. El marxismo lo superamos pero en cierta manera también lo incorporamos. Sí, hay un sustrato marxista, de dialéctica de las estructuras", afirma. Se muestra satisfecho de que las ideas que incorpora, como la defensa del "humanismo tecnológico" en un marco de "pensamiento ecosocial crítico", tengan la facultad de generar debate. "El futuro lo tenemos que construir y hacen falta conceptos", afirma. Conceptos como "idealismo objetivo". Eudald Carbonell ha escrito un libro soñador, pero no ensoñador, que lleva incrustada su experiencia de científico y hombre vitalista: la experiencia de quien sabe que las cosas siempre pueden pasar de otra manera. El autor mantiene algo del niño buscador de fósiles, pero no todo. "Sigo teniendo mucha esperanza en el futuro, pero muy poca fe en el ser humano", escribe. No obstante, pesa más lo primero que lo segundo. Por eso aún se declara "optimista". Y sólo con optimismo se puede preconizar un cambio en nuestra forma de pensar la evolución.

 

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