Libros

Últimas palabras al hijo

La escritora colombiana Piedad Bonnett.

Cuántas veces se habrá oído aquello de que la literatura –el arte, si se quiere- cicatriza las heridas. Catarsis, sanación, reposo, recuerdo. Cuántas veces se habrá oído y cuán pocas podrá ser tan verdadero, tan carnal y tan doliente como en el caso de la escritora y poeta colombiana Piedad Bonnett. Un mal día de mayo de 2011 su hijo, su único varón, Daniel, decidió, quizá en un impulso irreflexivo, saltar al vacío. Volar para nunca más volver. Lo hizo desde una azotea neoyorquina, ciudad donde estudiaba administración de arte, después de haber desechado la idea de dedicarse a su auténtica vocación, la pintura. Y se liberó. Rompió por fin las cadenas que desde hacía casi una década lo tenían amarrado a su propio mundo interior, hundido en el abismo de la enfermedad mental. Su madre, en un duelo que quizá no termine nunca, también ha hallado su parte de redención. Lo ha hecho a través de las palabras, letras hiladas a trompicones para narrar Lo que no tiene nombre.

Tan serenas, tan íntimas y tan sinceras como se percibe su voz en el libro suenan las explicaciones de Bonnett cuando atiende a la periodista. Empieza por contar que más difícil que la rememoración fueron las elecciones literarias a la hora de plasmar su dolor sobre el papel en blanco. “Mi madre me educó para ver la verdad de las cosas”, se arranca. “Nunca fui discreta, soy alguien que dice cosas muy fuertes sin darse cuenta de las consecuencias. Tengo una relación descarnada con las palabras, sin tabúes ni prejuicios: solo escondería cosas que lesionen a otros”. Muerto Daniel, ya nada quedaba que le pudiera hacerle daño. Por eso solo tardó un mes y medio en emprender el proceso de escritura de un texto que, desde un primer momento, percibió como “poderosísimo”. Alguien que asegura escribir “a instancias de la emoción”, no podía ni debía esperar más.

De una primera parte en la que recrea la noticia de la muerte de Daniel, su viaje a Nueva York y su vuelta a casa “con los brazos vacíos”, ya que incineraron su cuerpo y esparcieron sus cenizas, el libro fluye hacia atrás, hacia los recuerdos del primer atisbo de la enfermedad, su relación maternofilial, los sueños e ilusiones de él, las recaídas. “Sabía desde el principio que iba a ser un libro corto”, explica. “Todo el tiempo iban apareciendo cosas, pero me dije que tenía que parar porque si no podía seguir toda la vida”. El punto y final, unos versos de Nabokov, lo amplió por recomendación de un joven aspirante a escritor, un trabajador de su editorial, Alfaguara, a quien le dio a leer la pieza para contar con una opinión externa y desapegada. Entonces se dio cuenta de que las últimas palabras tenían que ser suyas, y como en los poemas medievales, le dedicó una sentida despedida dirigida directamente a él.

Surca Nabokov este relato de la vida, la muerte y de la relación “dinámica” que las ata, pero también Javier Marías, Juan José Millás, y otros tantos literatos. Muchos de los textos con los que apoya sus ideas le fueron sugeridos por las muchas personas que se han acercado a ella a acompañarla, a condolecerla, y que lo siguen haciendo a través de las cartas y mensajes “llenos de amor y dolor” que asegura recibir cada día. “He tocado una llaga social, he tocado temas estigmatizados”, reflexiona Bonnett, que en ningún momento oculta ni deja de pronunciar las palabras clave: suicidio, locura. Y lo hace, a viva voz y por escrito, sin afectación ni rimbombancia. Pero sí con sentimiento desbordante, desgarrador. “He evitado la retórica y la impudicia”, concede. “Quería mostrar la tragedia de un muchacho grandote. No construir morbo, sino ejemplificar cosas muy tristes”.

Como dijo Borges, también presente en su semblanza, la vida es una red de causas y efectos, una sucesión de azares. Y eso es, tan simple y tan complicadamente, lo que Bonnett ha querido expresar. Cómo Daniel descubrió su enfermedad, las decisiones que tomó sobre sus estudios, su carrera, sus amigos, sus novias. Cómo de entre varios destinos se decantó por Nueva York. Cómo ejecutó su voluntad de partir. “El objetivo literario era mostrar que hay fuerzas que están por encima de uno, eso que los griegos llamaban destino”. Cómo ocurrió lo inevitable. En este penoso viaje que ha supuesto para Bonnett “el descubrimiento del dolor”, también se ha dado un hallazgo sobre la literatura. O sobre el alcance que esta puede tener, cómo y cuánto puede tocar y conmover, porque como ella misma dice, “escribir tiene una función social”. También, después de dos años y un libro, ha asumido por fin una certeza: que la muerte “es solo eso, muerte, y por eso hay que vivir cada minuto”.

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