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Vida tras el corredor de la muerte

Albert Burrel y Ron Keine en un fotograma de 'The resurrection club'.

"Estoy aquí no gracias al sistema, sino pese al sistema". Es una de las frases que lanza Shujaa Graham en sus discursos, los que pronuncia en institutos, asociaciones, plazas y parques desde 1999. Si no hubiera combatido el sistema, este afroamericano nacido en una plantación de la Louisiana segregacionista estaría muerto. Graham es uno de los 156 presos que han sido condenados a muerte de forma injusta y liberados del corredor en Estados Unidos. Ahora cuenta su historia en The resurrection club, un cortometraje documental dirigido por los periodistas Álvaro Corcuera y Guillermo Abril, apoyado por Amnistía Internacional y estrenado este lunes en Madrid en el día contra la pena de muerte. 

Graham pasó tres años en el corredor de la muerte, entre 1976 y 1979, acusado erróneamente de matar a un guardia en uno de sus pasos por prisión. Tres años sometido a la tortura psicológica de saberse hombre muerto. Eso, "Dead man walking", es lo que gritan otros presos cada vez que un condenado es trasladado fuera de su celda en prisión. En 1979, la Corte Suprema de California anuló la sentencia tras quedar demostrado que la fiscalía había excluido a personas negras del jurado deliberadamente y que la policía había coaccionado a algunos de los testigos del proceso. "Los protagonistas del documental han sobrevivido al corredor, pero, ¿podrán sobrevivir al mundo exterior?", plantea el productor del documental, Olmo Figueredo. De todas maneras, Graham tuvo suerte. En 2015, 1.634 personas fueron ejecutadas en todo el mundo, según los datos de Amnistía Internacional, una cifra que supone un aumento del 50% con respecto al período anterior. 

El documental, una pieza corta de 25 minutos extraida de entre más de 100 horas de grabación, comenzó a fraguarse hace siete años, cuando los dos periodistas se pusieron en contacto con Witness to innocence, una organización formada por presos exonerados del corredor de la muerte que trata de abolir la pena capital en Estados Unidos. Allí, 28 personas fueron ejecutadas por el Estado el pasado año. Es el quinto país del mundo en número de muertes, por detrás de China (con un número indeterminado de ejecuciones que, según Amnistía Internacional, superan las mil), Irán (más de 977), Pakistán (326) y Arabia Saudí (más de 158).

"Discriminatoria e irreversible"

La experiencia de Graham y sus compañeros resulta un argumento definitivo contra la pena de muerte. Todos juntos suman 28 años en el corredor. Albert Burrell, el que más tiempo pasó entre rejas, fue liberado en 2001, tras 13 años en el corredor de la muerte y solo 17 días antes de la fecha programada para su ejecución. La Fiscalía acabó reconociendo la "total falta de pruebas contra él" y que "un caso tan débil como ese no debería haberse llevado ante el jurado". Aun así, todo lo que obtuvo este hombre tras su liberación fue un billete de autobús.

Ron Keine permaneció dos años en el corredor acusado, junto a otras tres personas, de secuestro, violación y asesinato... antes de que un policía confesara la autoría de los crímenes. Tuvo la mala suerte de cruzar el Estado de Nuevo México con sus amigos moteros una semana antes de los hechos. El asistente del fiscal y tres agentes fueron despedidos cuando se demostró que habían coaccionado al principal testigo de la acusación. Keine fue liberado nueve días antes del día programado para su ejecución. 

Greg Wilhoit —fallecido en 2014, durante el rodaje del documental, tras 20 años en libertad— fue condenado injustamente por el asesinato de su mujer. En el documental recuerda las palabras que le dirigió el juez: "Vas a morir por inyección letal. Si eso falla, te electrocutaremos. Si se va la corriente, te ahorcaremos. Y si se rompe la cuerda, te llevaremos fuera y te dispararemos". Pasó ocho años en el corredor

Afortunadamente, no ocurrió ninguna de esas cosas. Pero estos "supervivientes", como se designan a sí mismos, no son el caso más habitual. "La pena de muerte es discriminatoria e irreversible", recuerda Carlos Escaño, responsable de este asunto en Amnistía Internacional. Para cuando se conoció la verdad de sus casos, los protagonistas de The resurrection club podrían haber estado muertos. Sus casos incluyen todos los errores que pueden llevar a una condena injusta, desde el racismo hasta la mala praxis de la Fiscalía o la consideración de pruebas falsas o incorrectas. Una de las diferencias básicas entre la pena capital y las penas de cárcel es la irreversibilidad de la que habla Escaño. El Centro de Información sobre la Pena de Muerte recoge al menos 13 casos de presos ejecutados pese a las evidencias palpables de su inocencia desde 1976. 

Venganza o justicia

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Amnistía Internacional da un panorama ambivalente de la situación de la pena de muerte en el mundo. Por un lado, explica, "dos tercios de los estados del mundo son abolicionistas en la ley o en la práctica" y ha descendido ligeramente el número de condenas dictadas. Por otro, el aumento de las ejecuciones en Arabia Saudí (en un 76%) y Pakistán han hecho que el número de muertes crezca en un 50% y se alcance el nivel más alto desde 1989. En Arabia Saudí, explica Escaño, es habitual que la pena capital se use para castigar la disidencia política, como es el caso de Ali al-Nimr y otros dos jóvenes activistas chiíes, encarcelados y condenados cuando eran menores de edad por protestar contra el Gobierno. En Pakistán, el Estado suspendió la moratoria sobre la pena de muerte tras el ataque terrorista a una escuela de Peshawar. 

Pero, como plantea Escaño, "la pena de muerte no reduce los índices de criminalidad". O, en palabras de Witness to innocence, "continúa la espiral de violencia". "¿Qué diferencia hay entre un asesinato y un asesinato cometido por el Estado", pregunta Graham al público de una de sus charlas durante el documental. Estos supervivientes dejan claro que no quieren "venganza, sino justicia" y que esperan lo mismo del Estado. La hermana de Albert confiesa haber estado a favor de la pena de muerte "en algunos casos" antes de que él fuera encarcelado. "Ahora no, porque he conocido a mucha gente inocente que casi muere", dice. Muchos estadounidenses han seguido el mismo proceso que ella: el nivel de apoyo a la pena de muerte ha bajado por debajo del 50% por primera vez en 45 años. 

Pero los miembros de The resurrection club son supervivientes. Lo que quiere decir que, aunque ahora sean libres, sus vidas están marcadas por el trauma. Para muchos, encontrarse en las reuniones de Witness to innocence es todavía una experiencia traumática y todos experimentan trastorno de estrés postraumático, como explica Ron Keine: "Mucha gente, cuando sale de la cárcel, cree que es libre, que todo se ha terminado. No saben que algo horrible les persigue fuera del corredor". Burrell tuvo que pasar por tres intentos de ejecución. Graham fue, además, maltratado por una institución extremadamente racista. "Si hubiera tenido alguna idea de cómo iban a tratarme, habría hecho que me mataran", confiesa, al borde de las lágrimas. No lo hicieron, y él está ahí para contarlo. 

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