Tecnología digital

El avance en robótica e inteligencia artificial pone en jaque el futuro del empleo

Prototipo del robot 'Valkyrie', destinado a explotar Marte.

En un reciente artículo sobre la tecnología 5G contábamos que su implantación nos va a cambiar la vida. Pero hay otras tecnologías que ya están en el horizonte y cuyo poder de modificación de la estructura social es tal que se las llama "disruptivas". Otro nivel, con tanto potencial que muchos autores y expertos aseguran que estamos a las puertas de la cuarta revolución industrial, una modificación de calado, carne de libros de Historia, protagonizada por la Inteligencia Artificial (IA) y la robótica. Traerán comodidades, innovación, mejoras, bienestar y un aumento espectacular de la productividad: pero también pueden traer pérdida de puestos de trabajo, pobreza y desigualdad que, incluso, podría llevar a una reacción ludita. Los expertos coinciden en que la sociedad mutará de manera inevitable. No se discute la necesidad de observar el proceso, de monitorizarlo y de plantear ya ciertos debates antes de que sea tarde. Sí está en cuestión la rapidez y la intensidad de la transformación digital.

Es preciso acotar la definición tanto de los términos como de sus connotaciones. No se trata de que en unos años vayan a ser comunes los androides con aspecto humano, más inteligentes que los seres humanos, que iniciarán un complot para hacerse con el dominio del mundo y nos esclavizarán. Esa es una postal más típica de la ciencia ficción y de algunos agoreros que de un futuro planteable a medio plazo. El debate existe, pero no va por ahí. Hablamos de Inteligencia Artificial (IA) como los procesos racionales de las máquinas para adaptarse al entorno y solventar problemas, a semejanza de la cognición humana. Ya está aquí, entre nosotros, aunque no la identifiquemos como tal. En los videojuegos, en los asistentes de voz de los móviles e, incluso, en las sugerencias de qué ver de Netflix en base a nuestros gustos.

Por otra parte, conocemos como robot, según la RAE, a una "máquina o ingenio electrónico programable, capaz de manipular objetos y realizar operaciones antes reservadas solo a las personas". La definición incluye a los aparatos con apariencia humana que tantos escalofríos despiertan, sí, pero también los brazos mecánicos de una cadena de montaje de automóviles. Y el futuro próximo está más cerca de lo segundo que de lo primero, lo que no le quita ningún potencial transformador.

El impacto de la IA, según un estudio de Stadista de 2017, se cifra para 2025 en 38.535 millones de euros. Y solamente teniendo en cuenta los principales usos que se estiman: reconocimiento estático de imagen, clasificación y etiquetado, procesamiento de datos, mantenimiento predictivo o distribución de contenido en redes sociales. Está por ver si esos ingresos se redistribuyen adecuadamente o van a parar a los bolsillos de las tecnológicas. Con respecto a la robótica, la evolución es imparable. Según datos de la Federación Internacional de Robótica, había 1,63 millones de robots funcionando en todo el mundo en 2017. Calculan que habrá 2,6 millones en 2019. En 2020, su gasto se multiplicará el doble con respecto a 2016.

Las máquinas participarán en operaciones quirúrgicas, mejorarán la salud y la movilidad de miles de personas, analizarán miles de millones de datos de una sociedad hiperconectada, conducirán coches por ellas mismas… en definitiva, harán cosas por nosotros. Y nos sustituirán como fuerza productiva. El principal peligro de las tecnologías disruptivas es ese, no saber si la sociedad podrá gestionar el aumento en las listas del paro que provocará que, gracias a un crecimiento exponencial del sector, los humanos no hagamos falta y a las empresas les salga más rentable contratar a un robotcontratar o a un sistema de avanzada inteligencia artificial.

Pero más allá de ese enfoque, hay otros posibles dilemas de los cuales no tenemos aún la respuesta. Pero las preguntas aún son hipótesis. ¿De quién es la culpa si una IA trata mal a un cliente en un servicio de cara al público? ¿Y si un robot agrede a un trabajador humano? ¿Cuál va a ser la jerarquía de la toma de decisiones en las empresas si se incluye a empleados no humanos? Para empezar a poner todos esos temas sobre la mesa, el Colegio de Abogados de Madrid ha creado una sección de Robótica, Inteligencia Artificial y Realidad Virtual y Aumentada. Ha sido concebido, afirma el organismo, como "un nuevo espacio de referencia para el debate y la búsqueda de soluciones jurídicas" al respecto.

Su presidente, Santiago Mediano, explica con un sencillo símil los retos de la llamada cuarta revolución industrial. "Piensa en la vida de los caballos en el siglo XIX. Se utilizaban en la industria, en la agricultura, para generar energía… tenían una vida muy esforzada. Ahora piensa en los caballos en el siglo XXI. Tienen una vida mucho más relajada e interesante. ¿Pero cuántos caballos quedan? La pregunta queda ahí: ¿qué va a pasar con estos trabajadores?".

Mediano explica a infoLibre los objetivos y la necesidad a la que responde la nueva sección del Colegio de Abogados madrileño. "No se trata solo de observar y vigilar" cómo avanza la tecnología, asegura, sino de "tener un papel mucho más proactivo" y de "crear un lugar desde el cual se pueda hacer una reflexión colectiva de cuáles van a ser los problemas". Y, por supuesto, tratar de proponer soluciones que respeten los derechos constitucionales, pero eso sí, sin restringir el desarrollo. Afirma que los cambios no se van a limitar a los trabajos más mecánicos, de menos carga creativa. También están en "peligro" de reconversión o desaparición otras labores como la propia de Mediano, la de abogado. 

  Expertos en la materia alertan de que las tecnologías disruptivas generarán un desempleo del 75% en los países industrializados

La pérdida de puestos de trabajo en favor de la robótica y la inteligencia artificial ha sido estimada por algunos informes, aunque no coinciden. Expertos en la materia como Jeremy Rifkin y Jeremy Ford, citados por el catedrático de Derecho del Trabajo Jesús Mercader, aseguran que están en riesgo 90 de 124 millones de empleos en todo el mundo y que el desempleo tecnológico en los países industrializados podría llegar hasta el 75%. Pero no hace falta irse hasta el hipotético final de esta revolución:  el Foro Económico Mundial sobre el futuro del trabajo advirtió de que entre 2015 y 2020 la digitalización de la industria puede conllevar la desaparición de 7,1 millones de empleos y la creación de 2,1 millones de nuevos puestos de trabajo. No salen las cuentas.

Evidentemente, en todas las revoluciones industriales que ha disfrutado y sufrido la Humanidad, se destruyen empleos para ser sustituidos por otros nuevos. También es cierto que es un proceso que ya ha empezado, sin demasiados sobresaltos: miles y miles de robots trabajan entre las estanterías de Amazon para agilizar los pedidos, y la empresa se plantea desde hace años el uso de drones no tripulados para llevar los productos a los clientes. La merma en los derechos laborales producto de la uberización de algunos servicios (plataformas que ponen en contacto servicios de particulares, que bajo una falsa economía colaborativa precarizan a sus empleados) ya ha generado intensos debates e intentos de regularización desde instituciones tanto locales y regionales como nacionales.

El problema es que se prevé que la evolución sea tan rápida y tan intensa que genere serios desequilibrios. Alejandro Sánchez, autor del blog sobre estos temas Replicante Legal, es de los que Mercader denomina en su artículo "tecno-optimistas": hay que vigilar y estar pendientes de los cambios, pero no será para tanto y, sobre todo, la robotización y la digitalización traerán grandes ventajas para todos. "Se van a generar muchos nuevos puestos. Actualmente hay demanda de gente con habilidades digitales. Muchas empresas no llegan a cubrir las vacantes", asegura. Su visión parte de que, en el futuro, "la sociedad demandará otros perfiles" y que se debe producir una reconversión forzosa. "Es un tema de cambio social. Si usas más el móvil y la inteligencia artificial, necesariamente tendrá que haber más trabajadores en esos puestos". Eso sí, reconoce que "la gente con un perfil más bajo, con menos educación, tendrá problemas". Aquí radica el quid de la cuestión: qué herramientas deben ofrecer las instituciones, las empresas, la sociedad civil y el Estado para no dejar a las capas más desfavorecidas y con menos oportunidades fuera de la revolución tecnológica.

Dos soluciones: renta básica y robots cotizantes

Las soluciones que se plantean inicialmente en los foros de debate son dos, principalmente: una renta básica para todos los ciudadanos, no como una medida clásica de la izquierda, sino como una solución necesaria para paliar el posible descontento social provocado por el aumento drástico del desempleo que se prevé. "Cualquier otra opción conduciría a una especie de neoludismo de consecuencias imprevisibles y dejaría fuera del sistema a buena parte de la población mundial cuando no a su gran mayoría, lo que no parece una sólida base de prosperidad y progreso sino, más bien, la antesala de un conflicto social de dimensiones planetarias con resultados inciertos pero desde luego nada halagüeños", advierte el profesor de Derecho del Trabajo de la Universidad de Málaga Francisco Lozano.

La medida dibuja un escenario en el que los ciudadanos disfrutarían de pocas horas de trabajo y muchas de ocio, muchísimas más que en la actualidad, y que además generarían, con su actividad ociosa, más puestos de trabajo destinados a gestionarlo. Pero está por ver si existe la voluntad política, en un sistema neoliberal, de implantar este modelo y, sobre todo, de no aumentar la desigualdad, incrementada tras la crisis en países como España.

Otra posible solución también está sobre la mesa en este complejo debate: que los robots paguen a la Seguridad Social por su trabajo, o mejor dicho, que las empresas paguen a Hacienda cada vez que incorporan a un robot a sus procesos como si fueran un trabajador humano más. La propuesta, "por un lado, pone sobre la mesa un camino de salida a la crisis de nuestro sistema de Seguridad Social, y por otro, plantea la forma y modo de reparto de los beneficios potenciales que pueden producir los incrementos espectaculares de productividad y riqueza que puede generar en el futuro próximo la revolución robótica", asegura Mercader en su artículo. El tema, así, se relaciona con otro muy en boga en España en las últimas semanas: el futuro de las pensiones. ¿Qué va a pasar si al agujero en la hucha y el problema demográfico que afronta el sistema se le suma un descenso radical de los cotizantes debido a la tecnología?

Son preguntas sin respuesta y respuestas que se intentan formular sin saber muy bien todavía cuáles son las preguntas. Pese a informes, predicciones y teorías, no se puede asegurar al 100% cuál va a ser la evolución a medio plazo de la tecnología. El reto es el mismo que el de la tecnología 5G: evitar, a toda costa, que los de siempre se queden fuera del tren del progreso.

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