A la izquierda colombiana le costó sangre, sudor y lágrimas ver a uno de los suyos colocarse la banda presidencial en la Casa de Nariño de Bogotá. Gustavo Petro, antiguo guerrillero ilustrado, carismático y verborreico, rompió la maldición en 2022. Atrás quedaban años de lucha y persecución, años en los que el paramilitarismo ejecutó a dos candidatos presidenciales de la Unión Patriótica, decenas de diputados y concejales y varios miles de sus militantes. La continuidad del proyecto transformador de Petro está en manos de Iván Cepeda, cuyo padre fue uno de los congresistas de izquierdas asesinados en los años 90. El senador progresista, abanderado del oficialista Pacto Histórico, se enfrenta este domingo en las urnas al aspirante de la ultraderecha, Abelardo de la Espriella, un outsider populista y fanfarrón que se zampó al uribismo en la primera vuelta de los comicios presidenciales y cuenta con el apoyo explícito de Donald Trump.
En una visita a España en enero, Cepeda ya alertó sobre la injerencia del mandatario estadounidense en los asuntos internos de Colombia. Trump acababa de acusar a Petro de narcotraficante y lo había amenazado con detenerlo para que corriera la misma suerte que Nicolás Maduro. Unas semanas más tarde, el diario The New York Times publicó que dos fiscalías de Nueva York, coordinadas con la DEA (la agencia antidroga), habían abierto una investigación contra Petro por supuestos nexos con el crimen organizado. Al mismo tiempo, De la Espriella, que tiene también nacionalidad estadounidense y se jacta de haber sido donante de Trump, se reunía en marzo con el senador republicano Bernie Moreno, de origen colombiano, para pedirle financiación con vistas a la campaña electoral.
Trump ha redoblado ahora su apuesta por De la Espriella. En un mensaje publicado hace unos días en Truth, su red social, el magnate republicano se sinceraba así: “Es un honor para mí brindarle a Abelardo mi respaldo total. ¡El Tigre Abelardo de la Espriella no decepcionará al maravilloso pueblo de Colombia”. A Trump le hubiera servido también la candidata del expresidente Álvaro Uribe, la derechista Paloma Valencia, pero salió trasquilada (7%) en una primera vuelta en la que se impuso De la Espriella (43,8%) por delante incluso de Cepeda (41%), un “marxista de la izquierda radical”, según el mandatario estadounidense.
Las críticas a su desmesurado intervencionismo regional no sólo han llegado desde la izquierda latinoamericana. Una veintena de congresistas demócratas estadounidenses han protestado contra su apoyo al candidato ultraderechista. En un comunicado difundido a iniciativa del congresista por Massachusetts Jim McGovern, los representantes demócratas defienden el derecho de los colombianos a elegir a su presidente sin interferencias externas: “Consideramos las acciones del presidente (…) y otros miembros del Congreso para respaldar o inclinar la balanza a favor de un candidato en particular como perjudicial para los derechos democráticos del pueblo colombiano”.
Efecto en la región
Las elecciones de este domingo en Colombia tienen una gran relevancia regional. Junto al México de Claudia Sheinbaum y el Brasil Lula da Silva, el Gobierno de Petro ha conformado el eje de resistencia y confrontación a las políticas expansionistas de la Casa Blanca. Para Trump, Bogotá es una plaza decisiva para cumplir con los objetivos fijados en la Estrategia de Seguridad Nacional aprobada en diciembre, según la cual la región debe estar completamente subordinada a los intereses económicos, políticos y militares de Estados Unidos. Tras Colombia, Trump apuntará sus cañones hacia Brasil, que celebra unas elecciones presidenciales en octubre en las que un octogenario Lula tendrá que bregar de nuevo con el clan Bolsonaro.
Para la izquierda, un triunfo de Cepeda supondría el mantenimiento de un dique de contención a la nueva doctrina Monroe basada en la diplomacia de las cañoneras, pero dotada ahora de la más mortífera inteligencia artificial. América Latina está sucumbiendo, de una u otra manera, a la estrategia de Seguridad Nacional de Trump. El ejemplo más perverso fue el de Argentina en octubre del año pasado. Javier Milei se encontraba en la lona a pocas semanas de los comicios legislativos de medio mandato. Trump acudió entonces a su rescate y le concedió un préstamo de 20.000 millones de dólares que inclinó la votación a favor del dueño de la motosierra. Con un grado mayor o menor de injerencia estadounidense, Honduras, Bolivia y Chile han cambiado de signo político en los últimos meses.
Filosofía vs testosterona
Con una oratoria pausada y un discurso sin estridencias y cargado de pedagogía política, Iván Cepeda (63 años) llega a las elecciones sin la condición de favorito de la que gozaba en la primera vuelta, celebrada el 31 de mayo. Este licenciado en Filosofía por la Universidad de Sofía, que cita a Sócrates o Hannah Arendt en sus entrevistas, se ha ganado las simpatías de la izquierda colombiana por su constancia y honestidad como activista de los derechos humanos. En los últimos años, el senador progresista recabó el aplauso de los suyos al llevar a Uribe a los tribunales y lograr una primera condena de doce años contra el expresidente derechista por soborno de testigos y fraude procesal. Cepeda lo había acusado de tejer vínculos con los paramilitares durante sus mandatos presidenciales (2002-2010). Finalmente, la condena fue anulada en segunda instancia pero la larga batalla judicial había dejado un claro ganador.
El candidato del Pacto Histórico pretende llevar a cabo nada menos que tres revoluciones: en la ética, la política y la economía. Si Petro, con todas la trabas que ha encontrado en el Congreso, ha dejado un país con mejores indicadores sociales que hace cuatro años, Cepeda tiene por delante la gigantesca tarea de acabar con lo que él denomina la “megacorrupción”, sentar las bases de una paz “integral” con los grupos armados disidentes y profundizar en la reforma agraria y la redistribución de la riqueza.
Al otro lado de la trinchera, Abelardo de la Espriella (47 años), alias El Tigre, representa todo lo contrario. En el fondo y en las formas. Las propuestas de este excéntrico abogado lo sitúan en el universo del trumpismo, un ideario xenófobo con guiños al gran capital y a la mano dura contra la delincuencia y el narcotráfico. Y todo aderezado con una gramática chabacana, de barra de bar, con alusiones a sus genitales que generan miles de likes en las redes sociales, como si la campaña electoral se tuviera que dirimir en función de la testosterona de los contendientes.
Con esas mañas, los millones de pesos que le han llovido de las élites económicas del país y el pulgar hacia arriba de Trump, De la Espriella confía en batir a Cepeda en las urnas. Su discurso ha calado en amplias y variadas capas de la sociedad. Como señala la analista Cecilia Orozco Tascón en el diario El Espectador, el candidato y su movimiento Defensores de la Patria están representados por “las criollísimas clases bajas y medias de gustos e ignorancias tipo MAGA (base del electorado trumpista), y también por la totalidad del empresariado y sus gremios, por el alto sector banquero y financiero y por las familias megarricas del país”. Con las particularidades colombianas, se trata de un fenómeno similar al de Milei en Argentina o Nayib Bukele en El Salvador. Aluvión de bulos y mensajes zafios contra la izquierda en las redes sociales y alarmantes propuestas de gatillo fácil y megacárceles para garantizar la seguridad ciudadana.
Las últimas encuestas publicadas coinciden en otorgarle el triunfo a De la Espriella, que rondaría el 54% de los votos al recoger casi todo el capital electoral del uribismo. No parece que al millonario abogado penalista le hayan hecho mella las denuncias de varios medios digitales, como Vorágine, sobre sus presuntos negocios con narcotraficantes vinculados al paramilitarismo.
Cepeda y el Pacto Histórico precisan de una gran movilización electoral para frenar a la ultraderecha este domingo. De momento, han recibido el respaldo de gran parte de la intelligentsia colombiana y de sectores centristas de la política. Hace cuatro años Petro se proclamó presidente electo en la segunda vuelta gracias a un aumento de la participación ciudadana. Pero entonces el inquilino de la Casa Blanca no se llamaba Donald Trump.
A la izquierda colombiana le costó sangre, sudor y lágrimas ver a uno de los suyos colocarse la banda presidencial en la Casa de Nariño de Bogotá. Gustavo Petro, antiguo guerrillero ilustrado, carismático y verborreico, rompió la maldición en 2022. Atrás quedaban años de lucha y persecución, años en los que el paramilitarismo ejecutó a dos candidatos presidenciales de la Unión Patriótica, decenas de diputados y concejales y varios miles de sus militantes. La continuidad del proyecto transformador de Petro está en manos de Iván Cepeda, cuyo padre fue uno de los congresistas de izquierdas asesinados en los años 90. El senador progresista, abanderado del oficialista Pacto Histórico, se enfrenta este domingo en las urnas al aspirante de la ultraderecha, Abelardo de la Espriella, un outsider populista y fanfarrón que se zampó al uribismo en la primera vuelta de los comicios presidenciales y cuenta con el apoyo explícito de Donald Trump.