Edgar Morin: “Falta un pensamiento que diga adónde dirigirse”

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Hace apenas un año, se publicaba en Francia un libro fruto de las conversaciones entre François Hollande y Edgar Morin (editorial Éditions de l'Aube), del político y el filósofo, antes de la elección del primero como presidente de la República francesa. En el prefacio, redactado después de los comicios presidenciales, François Hollande hablaba nada menos que "del poder del político". "Solo se puede restablecer la confianza y la esperanza si se abre una nueva vía", le desafiaba Edgar Morin, "no se trata solo de la promesa de salir de la crisis, sino también de cambiar la lógica dominante".  

El sociólogo y filósofo Edgar Morin ya se había referido a esa nueva vía en tres libros, publicados en Francia en 2011. La Voie (editorial Fayard) es una obra a la que Stéphane Hessel remitía por entender que constituye una especie de continuación programática de su obra Indignaos; Ma gauche (editado por François Bourin) es una recopilación de sus numerosas alusiones a una familia, la socialista, que siempre ha entendido diversa; y, finalmente, Le chemin de l'espérance (Fayard), constituye lo que, junto con Stéphane Hessel, no dudaba en llamar "una vía política de salvación pública" frente a "la política ciega que conduce al desastre".

Estas referencias son razones más que suficientes para pedir la opinión de Edgar Morin sobre la izquierda socialista, actualmente en el poder en Francia, frente a los desafíos inmensos de un mundo incierto en el que lo antiguo se resiste a morir, mientras que lo nuevo tiene dificultades para nacer.

Para ilustrar la dialéctica de la esperanza y de la inquietud que vertebra toda su obra, cita con frecuencia este verso del poeta alemán Hölderlin: "Allí donde crece el peligro, crece también la salvación". Lo volvía a citar cuando, junto a Stéphane Hessel, convocados por Mediapart, aplaudía las incipientes revoluciones árabes. Sin embargo, a la vista de los recientes acontecimientos en Siria y en Egipto, ¿no suponen nuevamente un peligro, como si el escenario abierto en 2010-11 y la esperanza que supusieron las revoluciones democráticas árabes quedasen atrás de forma brutal?

En la mayor parte de los países árabes se plantean la difícil problemática del paso de la aspiración democrática a la materialización de esa democracia. Aquí, hemos de tener en cuenta no tanto las lecciones de la historia, sino la lección que supone la reflexión sobre la historia. La primera lección es que la democracia en Europa ha sido frágil y temporal.

En Francia, la revolución de 1789 degeneró en El Terror, después en Termidor, más tarde en el Imperio y, a continuación, en la restauración de la monarquía; fue preciso esperar a la llegada de la III República, nacida de un desastre militar en 1871, pero arruinada por un desastre militar en 1940. En el siglo XX, el fascismo destruyó la democracia italiana, la democracia alemana, la democracia española; la URSS restauró hasta 1989 el totalitarismo. Sin embargo, hay que pensar también que en Francia, en Italia, en España, en Alemania, en las democracias populares e incluso en la URSS, las ideas de 1789 se regeneraron y alumbraron nuevamente, en ocasiones de forma desigual, la democracia. También la primavera árabe de 2011 ha sufrido reveses, sofocos, confiscaciones, regresiones, pero el mensaje renacerá: se ha convertido en una fuerza generadora y regeneradora de la historia futura. Salvo, evidentemente, que la historia humana se encamine hacia una catástrofe generalizada.

Hace un año se publicaba un libro suyo, fruto de una conversación mantenida con François Hollande, antes de las elecciones que le llevaron a la Presidencia de la República francesa. En el breve texto introductorio, que se añadió el 31 de julio de 2012, usted mismo escribía: "Espero y deseo que el presidente Hollande anuncie un gran proyecto, una nueva política, una nueva vía, una nueva esperanza para el pueblo francés y que indiquen al mundo que Francia todavía es capaz de formular un mensaje universal". Un año después, ¿qué ha sido de esas esperanzas?

Sigo esperando... (risas) Todavía no lo doy por perdido. Sigo esperando porque apuesto a que el empeoramiento de la situación en todos los aspectos, que se materializará en cuestiones que ignoro, podría hacer que el presidente tome conciencia. De ahí que no desespere.  

No obstante, estoy inquieto. El presidente Hollande, que ha crecido en el seno del Partido Socialista, proviene de una formación que ha perdido su pensamiento, heredado de los grandes reformistas de principios del siglo.

Necesitamos una nueva fórmula política y los obstáculos existentes son enormes. Esto depende, en primera instancia, de la educación, pero no es algo exclusivo de la ENA [Escuela Nacional de la Administración, en la que se gradúa la mayoría de los políticos franceses], sino que compete también a la educación recibida con carácter previo, en el instituto, en la universidad, donde los conocimientos se presentan fragmentados y se encuentran dispersos, mientras que, evidentemente, lo que en estos momentos necesitamos es un pensamiento complejo, que pueda relacionar conocimientos y hacer frente a los problemas. Faltan capacidades a la hora de tener un pensamiento de conjunto, global sobre los problemas fundamentales.

Ahora bien, nuestros hombres políticos ya no se preocupan por cultivarse, ya no tienen tiempo, su conocimiento del mundo viene de manos de especialistas y de expertos cuya visión está limitada a un aspecto cerrado y concreto y no hay nadie para hacer una síntesis. Viven al día, pendientes de los acontecimientos recientes. Usted conoce cuál es mi parecer a ese respecto, a fuerza de dejar lo esencial por lo urgente, de hacer de la urgencia lo esencial, se acaba por olvidar la urgencia de lo esencial...

¿No es este precisamente el balance del primer año de Presidencia de Hollande? Y la organización de un seminario gubernamental sobre Francia 2025, ¿no es en cierto modo una confesión, un modo de reconocer la ausencia de dicha visión de la que habla?

Veamos en que queda... Quiero decir que este Gobierno lo componen miembros heterogéneos, lo que es bueno, pero que cuentan con objetivos muy dispares entre sí. Donde la complementariedad no es capaz de aunar los antagonismos hasta alumbrar una nueva visión. Se trata de un Gobierno compuesto por diferentes tendencias, cuando a día de hoy haría falta un equipo que tenga, al menos, una pasión, una visión y un objetivo comunes. Hay, en una ministra o en un ministro en particular, cierto grado de la visión de conjunto que es necesaria. Sin embargo, no llegan a constituir ese todo preciso. De hecho, individual y globalmente, las enormes presiones del mundo financiero acaban por inhibir las tendencias reformadoras y también falta voluntad de unificarlas para su reforma. La coyuntura actual hace necesario un pensamiento que yo llamo complejo, precisamente todo lo contrario a las simplificaciones que representan el rigor o la estúpida dicotomía del crecimiento/decrecimiento.  

Cuando se habla de crecimiento, por ejemplo –que se ha convertido en un mito, que se contrapone al decrecimiento, otro mito– el verdadero problemas es saber lo que debe crecer y lo que ha de decrecer. Hacer crecer una economía verde, renovar todas nuestrar fuentes de energía para convertirse en energía limpia, hacer decrecer la agricultura y la ganadería industrializadas, acabar con la contaminación en las ciudades y humanizarlas conforme a nuevos criterios urbanísticos, etc. En resumen, habría que inventar una gran política económica que correspondería a lo que fue en su tiempo el new deal de Roosevelt. Lo que significa también que el Estado debe restaurar un cierto número de prerrogativas que son suyas y que no debe dejar en manos del sector privado.  

Estoy sorprendido por el modelo de Ecuador, donde en 2007 se produjo la revolución ciudadana, de manos de Rafael Correa. Antes, durante lo que Correa llama la larga noche del neoliberalismo, el Estado había dejado de lado el petróleo, privatizado todas sus prerrogativas. Se encontraba en bancarrota, la moneda se había hundido hasta ser sustituida por el dólar... A día de hoy, el petróleo supone el 70% de los ingresos del Estado, que tiene una visión humanista, que cree en la política del buen vivir, en una política que debe centrarse en el ser humano y no en la economía. Y han comenzado a reducirse las desigualdades y el paro. Es verdad que se trata de un país pequeño, de un país periférico, pero con frecuencia los nuevos puntos de partida se hallan en la periferia... En suma, se puede salir de la fatalidad que suponen la forma de pensar y de actuar de antaño.

Desgraciadamente, la nueva política que creo realista –y que definí en detalle en 2011 en mi libro La voie y, más tarde, en Le chemin de l'espérance, con Stéphane Hessel– es considerada utópica por los que se creen realistas, pero que están prisioneros en la utopía de la competitividad y del crecimiento.

Se vive conforme a ideas obsoletas e inadecuadas de las que sin embargo se espera extraer fórmulas generales. La competitividad, tal y como se entiende, significa despidos, reducción de plantillas, mientras que los que se quedan soportan enormes presiones por parte de las empresas, lo que deriva en la enfermedad de esos trabajadores o, incluso, en el suicidio. Lo que se llama competitividad es una realidad trágica. La verdadera competitividad de la empresa consistiría en reformarla, en dar autonomía a los trabajadores para que conformen una comunidad donde cada uno se sienta a la vez solidario y responsable. Así tendríamos empresas competitivas. En cuanto al problema de la deuda que pende sobre nuestras cabezas como una espada de Damocles, sería necesario revisarla. Volviendo al ejemplo de Ecuador, que tenía una deuda enorme, se plantearon cuál era la deuda cuya existencia estaba justificada y cuál no lo estaba. Y prescindieron de esta última. 

Se trata de un camino arduo porque no se sabe o no se busca la reconversión, difícil porque es preciso pensar de forma compleja, en términos de crecimiento y de decrecimiento a la vez, difícil porque no ofrece certidumbre. Pero estamos en una época de un embotamiento tal, de resignación, de sumisión, que no se concibe un camino realista. La opinión se ridiculiza, se pinta como carente de futuro y una parte cada vez mayor de la población se refugia en lo que cree el pasado, es decir en las raíces nacionalistas, pseudorraciales o religiosas. Incluso los grandes asuntos de corrupción no provocan prácticamente ninguna reacción en la opinión pública, como si fuese normal que la política sea corrupta. Hay una agravación interna de la situación. Se manifiesta por el progreso de lo que se llama equivocadamente las fuerzas populistas, porque el término populista es una palabra muy bonita que se ha convertido en estandarte en numerosos países de América Latina contra el feudalismo y contra los militares. Dejemos caer las etiquetas; de hecho, serían necesario crear otras nuevas, hablar de "extrema derecha", de "fascismo", etc. no basta. Digamos que históricamente ha habido dos Francias, la Francia republicana la de izquierdas y la Francia reaccionaria. Esta se tomó la revancha bajo el régimen de Vichy, se descompuso tras la liberación, pero a día de hoy lo que progresa es una nueva forma de régimen de Vichy, pero sin ocupación alemana. Y es el pueblo de izquierdas el que se viene abajo.

"Lo dramático es la ausencia de un pensamiento complejo"

Sin embargo, una parte de la izquierda ¿no participa también en esta regresión de la que habla al tener una visión anclada en el pasado, tal y como se constata con asuntos como la inmigración o el laicismo?

Francia, que en la práctica es una República unicultural y multicultural a la vez, debería incluirlo así en la Constitución para responder a la realidad. Antes incluso de la llegada de los inmigrantes de ultramar, existía la Francia de los bretones, la de los alsacianos, la de los occitanos etc., un país multicultural, un país unido hecho de múltiples culturas. También en ese sentido somos prisioneros de un pensamiento binario: o bien la República homogénea o bien el regionalismo cerrado. Mientras que por el contrario, el multiculturalismo se inscribe en una unidad abierta y rica, la unidad en la diversidad. Cuando hice esta demanda al candidato Hollande, creyó que estaba en riesgo el comunitarismo. Por lo que optó por incluir la laicidad en la Constitución.

Ahora bien, ¿qué quiere decir a día de hoy laicidad? ¿Volver a lemas huecos? No, es regenerar la fuente, la de un pensamiento que se plantea preguntas, donde la razón se interroga sobre sí misma y no solo sobre las creencias religiosas. Un pensamiento que, sin detenerse, se regenera en el humanismo, un humanismo que hoy es concreto mientras que ayer llevaba anteojeras y estaba reservado a los europeos, a los blancos, a los colonos... Mientras que hoy descubrimos la diversidad humana tenemos acceso a ella. Nos hace falta encontrar las fuentes vivas de la laicidad, la que no teme a las religiones. Todas las sociedades tienen su propia religión. La sociedad la más tecnificada, la más materialista, la más comercial como es la estadounidense también es la sociedad más religiosa del mundo occidental.

Lo dramático es la ausencia de un pensamiento complejo capaz de abordar los problemas fundamentales para reactivar a los ciudadanos. Mi crítica no se dirige a Hollande de forma individual, sino al conjunto de la clase política que adolece de ideas regeneradoras. Es necesario inquietarse cuando se ve una calma impresionante como la que precede a la tempestad. Recuerdo que, en 1967-68, hubo revueltas estudiantiles en todas partes, desde California hasta los países del Este, mientras que en Francia no sucedió nada hasta marzo de 1968. Y entonces, de forma totalmente imprevista, a partir de incidentes insignificantes en la ciudad universitaria de Nanterre se produjo en Francia la mayor de las insurrecciones que saltó del mundo estudiantil y alcanzó a los trabajadores hasta desembocar en la mayor huelga obrera.

¿Qué va a desencadenar la salida de ese estado de atonía, esa explosión, ese acontecimiento inesperado? Basta cualquier asunto, por nimio que parezca. En Brasil, la subida de los transportes públicos provocó que se cuestionara de forma generalizada la corrupción, a la clase política, los Juegos Olímpicos.

Y lo inesperado o lo imprevisto ha golpeado de igual forma estos últimos meses en Turquía o en Marruecos, en forma de protestas democráticas...

Sí, pero la ausencia de un pensamiento regenerador se deja notar mucho más. Al principio, se inspiran en la juventud que expresa esta búsqueda de plenitud individual en el seno de una vida colectiva, esta demanda de más individualidad y de más de comunidad que vertebra la historia humana frente a las dominaciones, las jerarquías, las especializaciones, la esclavitud, etc. Sin embargo existe el riesgo de que, como en Egipto, estas aspiraciones se tornen regresivas. Incluso cuando parten de la mejor de las voluntades, incluso cuando hacen caer una dictadura, lo que falta en estos levantamientos populares es también lo que nos falta a nosotros, un pensamiento que diga adónde dirigirse. Los movimientos se disgregan o se dividen, así ocurrió con el movimiento de los indignados españoles y con el Occupy de EEUU. Caen por la ausencia de una idea que conciba la vía que conduce a lo que se llama metamorfosis.

"Los informantes son portadores de la verdad"

No basta con pensar que se es justo (o con creer que se piensa de forma justa) para actuar de forma adecuada. Detrás subyace la cuestión de las mediaciones políticas, partidistas, estatales, etc. Con frecuencia, usted cita el poema de Antonio Machado "Caminante no hay camino", que dice que "se hace camino al andar". Quiere decir que, además de una forma de pensar, existe una manera de actuar.

¿Qué es lo decisivo? Por supuesto, a la vista del primer año en el poder de Hollande, se puede decir, he aquí un Gobierno de hombres que se han dejado llevar por los intereses dominantes, que no han podido superarlos, que no han tenido la suficiente determinación. Sin embargo, la cuestión fundamental es que no creen que otra política sea posible. Su estructura de pensamiento se enmarca en un entorno dado y, como no pueden salirse de él, piensan que cualquier otra propuesta es utópica, aventurada, imposible. Las presiones que sufren estos gobernantes y estos ministros, las sufren más en la medida en que no creen que se pueda hacer una cosa diferente. Por ese motivo me gusta el comité Roosevelt 2012 que Pierre Larrouturou me pidió que presidiera, ya que muestra sin sectarismo ni dogmatismos que es posible otra vía económica. Por supuesto, no soy un idealista y no creo que la única crisis sea de pensamiento. Estamos ante una crisis de la sociedad, de la civilización, de Europa, de la humanidad, pero es inseparable de esta crisis de pensamiento. Y el tiempo apremia. Nos dirigimos hacia unos acontecimientos que solo pueden ir a peor. No pienso solo en la crisis económica, sino en la conjunción sobre el plano mundial de los fanatismos múltiples que provocan una serie de guerras locales, en el cáncer de Oriente Próximo que va a más, en la especulación financiera que sigue ganando la batalla... Tengo presente lo improbable que es la esperanza, el cambio, pero solo la toma de conciencia de los enormes peligros a los que nos dirigimos, nosotros Francia, nosotros Europa, nosotros humanidad, provocaría resultados positivos.  

Está más inquieto de lo habitual, se le percibe más alarmista, más preocupado por el peligro que por la salvación...

Mis recuerdos de adolescencia son una marcha sonámbula hacia la guerra, de forma inconsciente, salvo en casos aislados. Este sonambulismo era la tónica dominante, incluido después de Múnich. Retrospectivamente, es la ceguera lo que ha dominado a los responsables políticos. Pienso que se está instalando actualmente una nueva forma de ceguera. Se dan todos los elementos para ser pesimista. Pero la aparición de lo imprevisto, de lo improbable, de lo impensable llegará de todos modos. ¿Será un imprevisto positivo? No lo sé.

Entre los imprevistos positivos se encuentran las potencialidades democráticas que trae aparejadas la revolución digital, la información sin fronteras, esa forma de compartir los saberes, esa comunicación horizontal. Sin embargo 2013, ¿no es también un año sombrío por la suerte que corren informantes como Assange, todavía bajo vigilancia; Manning, condenado a 35 años de cárcel; Snowden que debe enfrentarse a todo el planeta, sin visado; Greenwald y su compañero perseguidos, etc.?

En un tuit escribí que Assange y Snowden merecían, de existir, el premio a la verdad y que era necesario concederles el asilo. Los informantes son portadores de verdades. Es necesario hablar de la grandeza de la misión que han realizado. Internet acoge el despliegue de enormes potencias capaces de controlar a cualquier ciudadano en cualquier momento. Al mismo tiempo, nos muestra que un David minúsculo puede propinarle golpes muy duros a un Goliat enorme y poderoso. El enorme coloso tiene su talón de Aquiles y la lucha gigantesca del bien contra el mal presenta aspectos propios de la ciencia ficción, en la que con frecuencia un individuo no sabe que él es el elegido para salvar a la humanidad. En la película Matrix, la máquina gigantesca lo controla todo pero en el subsuelo un hombrecillo logra resistir. Afortunadamente, en ocasiones sucede así, que en un momento dado, un individuo solidario conmociona a los poderes más establecidos.

Actualmente esta lucha se libra en internet. Por tanto no nos encontramos completamente desarmados ya que el mensaje de los hackactivistas es el de revelarnos lo que se oculta, lo que se nos oculta, y de ponerlo a disposición de todos. Después, en el seno de la peor organización, hay siempre un individuo que no lo soporta más y que se revela, se despierta, traiciona a los suyos porque no puede traicionar a la verdad. En las redes sociales, hay de todo, es verdad que existe rumorología engañosa, pero también verdades, se comparte información. Internet es un cosmos, una red neurocerebral artificial sobre el planeta en la que nuestros cerebros entran en juego. Definitivamente hemos entrado en el mundo de la ambivalencia y de la complejidad.

"Si no BUSCAS lo inesperado, no lo encontrarás"

Detrás de la buena noticia del David contra Goliat, está la soledad de los nuevos héroes. Y esta regresión, el ver el país del free speech, de la primera enmienda, de la elección de Obama contra Bush obstinarse en la persecución de los denunciantes...  

Es una tragedia. Obama ha traicionado su propio pensamiento. No solo era un pragmático. Era alguien que tenía un pensamiento profundo sobre EEUU, sobre África, sobre el mundo musulmán... Todo lo que escribió antes de ser presidente está lleno de belleza, de verdad. Y lo más terrible es que una gran parte de lo que ha hecho va en contra de lo que pensaba.

En este contexto, la historia del avión de Evo Morales es terrible. Un jefe de Estado, el presidente boliviano, que ha devuelto la dignidad a su pueblo, al que se prohibió volar por cielo francés y que vio cómo su avión era registrado en Viena. ¡Qué desprecio, qué indignidad! Mientras que el presidente Morales representa uno de los fenómenos más importantes de América Latina, el de la emancipación de un pueblo andino políticamente y sociológicamente excluido.  

Francia no ha estado a la altura. En constraste, ¡hay tanta vitalidad en América Latina...! Cuando vuelvo de allí, nuestro mundo francés me parece tan estancado, rígido, endurecido, mientras que allí todo es vida, se mueve, avanza, incluso en casos de tragedia.

Pero esta morosidad francesa, ¿es del país o de los que están al frente? El inmenso éxito del manifiesto de Stephane Hessel, ¡Indignaos! ¿no mostró la existencia de un movimiento latente que los políticos y los dirigentes no saben movilizar? ¡Indignaos!

Sí, pero la recepción del mensaje está disperso, no se encuentra unido. Ya no hay comunicación entre la sociedad y el poder, entre los clubes de pensamiento regenerador y los políticos como en tiempos del Club de Jean Moulin. La compartimentación ha aumentado, la especialización ha ido a más. En todas partes tropiezo con la no comunicación y el imperativo de lograr unidad es primordial. Estamos muy dispersos. Falta un nexo de unión, no un partido en el sentido clásico.  

¿Una liga, una asociación? Marx decía en su Manifiesto comunista que iba a dar nacimiento a la Asociación internacional de trabajadores, que los comunistas no son de ningún partido, sino que pertenecen a allí donde hay movimiento general. Que ayudan al nacimiento de ese movimiento general, pero no quieren monopolizarlo. Estoy a favor de poner en relación, ayudar a comunicarse, reunir las iniciativas creadoras, establecer el vínculo, crear el vínculo, poner en contacto.

¡Unión, más unión, siempre unión! Eso es lo que proporciona audacia, más audacia, siempre audacia.

En uno de sus discursos durante la campaña electoral de 2012, François Hollande dijo: "Fracasaron porque nunca soñaron". Para añadir: "Venceremos porque empezaremos por evocar el sueño". Desde que llegó al poder, solo habla de la realidad, no del sueño. ¿Falta eso, el sueño?

La palabra sueño no es la más adecuada. Lo que haría falta es reanimar la aspiración humana a la libertad, a la autonomía y a la comunidad que se ha perseguido durante siglos y que inspiró el socialismo, comunismo y al libertarismo. Somos víctimas del falso realismo. Lo que la clase política y la clase dirigente creen realista es utópico y lo que ellos consideran utópico puede, al contrario, ser realista. Su utopía es que no se puede salir del neoliberalismo, del crecimiento, de la competitividad feroz.  

Contra este pseudorealismo, el verdadero realismo se nutre de la aspiración, es decir, en parte, de utopía. Groethuysen ya lo decía: "Ser realista, ¡qué utopía!". Advertencia a la que hay que añadir esta recomendación de Heráclito: "Si no buscas lo inesperado, no lo encontrarás".

Traducción: Mariola Moreno

Hace apenas un año, se publicaba en Francia un libro fruto de las conversaciones entre François Hollande y Edgar Morin (editorial Éditions de l'Aube), del político y el filósofo, antes de la elección del primero como presidente de la República francesa. En el prefacio, redactado después de los comicios presidenciales, François Hollande hablaba nada menos que "del poder del político". "Solo se puede restablecer la confianza y la esperanza si se abre una nueva vía", le desafiaba Edgar Morin, "no se trata solo de la promesa de salir de la crisis, sino también de cambiar la lógica dominante".  

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