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"EEUU quería sangre y la tuvo": el demoledor balance de 20 años de "guerras interminables"

Trabajadores de equipos de rescate en el lugar del ataque terrorista al World Trade Center en Nueva York, el 24 de septiembre de 2001.

François Bougon | Donatien Huet (Mediapart)

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Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, simbolizados por la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, “los estadounidenses querían sangre, y la tuvieron”. Como subrayó el periodista Nick Turse dos días después de la caída de Kabul, la conmoción que supuso el primer golpe contra el imperio estadounidense en su propio territorio, con cerca de 3.000 muertos causados por atentados suicidas de terroristas de Al Qaeda en aviones de pasajeros, llevó a Washington a librar guerras en el extranjero durante veinte años. De Afganistán a Libia, pasando por Irak.

El trauma llevó entonces al país a dar al presidente George W. Bush carta blanca para librar la “guerra contra el terrorismo”, aunque ello supusiera ignorar ciertos principios democráticos. Lo hemos visto con el campo de Guantánamo, donde reina la justicia de excepción –acaba de reanudarse el juicio de los cinco presuntos culpables de los atentados del 11 de septiembre de 2001–, pero también con el recurso a la tortura, a las prisiones secretas en las naciones aliadas y a la vigilancia generalizada.

En el Congreso, sólo Barbara Lee, demócrata electa por California, votó en contra de conceder al presidente una autorización amplia e ilimitada para usar la fuerza militar. Para ella, recuerda dos décadas después, era una carta blanca que permitía a cualquier presidente recurrir a la fuerza en cualquier parte del mundo. “Recomendé precaución porque ya entonces sabía que no había solución militar en Afganistán”, señalaba a The Nation.

Los dirigentes estadounidenses también han recurrido a la mentira generalizada, ya sea para justificar la ofensiva contra Irak por las supuestas “armas de destrucción masiva” de Saddam Hussein o en Afganistán. Las pasiones han prevalecido sobre la razón.

En un libro reciente, The Afghanistan Papers: A Secret History of the War (Los papeles de Afganistán: una historia secreta de la guerra), el periodista de The Washington Post Craig Whitlock muestra cómo estos responsables, tanto civiles como militares, mintieron a sabiendas al Congreso y al pueblo estadounidense sobre lo que estaba ocurriendo en este país del sur de Asia.

Se basó en documentos y entrevistas con funcionarios recogidos desde 2011 por una agencia del gobierno estadounidense, Sigar (Special Inspector General for Afghanistan Reconstruction), creada para entender por qué, diez años después del inicio del conflicto en Afganistán, Estados Unidos se encontró empantanado, como en Vietnam en el siglo anterior.

El periódico y su reportero –que tuvo acceso a documentos y entrevistas en virtud de la ley sobre la libertad de información– causaron sensación cuando se publicaron los primeros artículos. Los mismos responsables que afirmaban públicamente que Estados Unidos estaba ganando la guerra en Afganistán expresaban sus dudas a los funcionarios de Sigar. Oficialmente, todo iba bien, pero sobre el terreno no era así.

Militarmente, los talibanes aparecían ante los afganos rurales como los garantes de una lucha nacionalista y los que iban a poner fin a los abusos cometidos por los soldados, policías y milicianos apoyados por Estados Unidos (véase este informe de 2015 de Human Rights Watch sobre la impunidad de la que gozaban).

En términos de reconstrucción, la situación no era mucho mejor, aunque Estados Unidos había gastado más que en el Plan Marshall, que había ayudado a Europa a recuperarse después de la guerra. El gobierno afgano, apoyado por Washington, se había convertido en una cleptocracia.

Los militares estadounidenses incluso le habían dado un apodo: “Vice”, por “Vertically Integrated Criminal Enterprise”, una empresa criminal integrada verticalmente. La CIA, el Ejército estadounidense, el Departamento de Estado y otras agencias de la administración estadounidense utilizaron y abusaron del dinero en efectivo y de los contratos lucrativos para ganarse el favor de los señores de la guerra afganos en la lucha contra Al Qaeda y los talibanes.

Entre ellos estaba Mohammed Qasim Fahim Khan, un comandante de las milicias tayikas que fue ministro de Defensa de 2001 a 2004 y luego nombrado vicepresidente (murió de un ataque al corazón en 2014). Interrogado por Sigar, el exembajador de Estados Unidos en Kabul, Ryan Crocker, relata su encuentro con él en 2002, cuando acababa de ser nombrado en la capital afgana, y su comportamiento cuando le explicó que uno de sus colegas en el gobierno había sido asesinado.

“Se rio contándolo”, explicó. “Más tarde, mucho más tarde, se dijo, no sé si se comprobó o no, que el propio Khan mandó matar al ministro. Pero ciertamente salí de esos primeros meses con la sensación de que, incluso para los estándares afganos, estaba en presencia de una persona totalmente diabólica”.

Todo había comenzado con la invasión de Afganistán, en octubre de 2001, para capturar a Osama bin Laden, que estaba protegido por los talibanes y que sería asesinado en mayo de 2011 en su escondite de Pakistán por un comando de las fuerzas especiales estadounidenses. Continuó en Irak dos años después. Y nunca se detuvo, hasta la retirada decidida por Donald Trump –que había prometido acabar con las “guerras interminables”– y luego confirmada por Joe Biden.

20 años de caos y miedo en nombre de la “guerra contra el terrorismo” y de los que los máximos responsables nunca han rendido cuentas. Por el contrario, hoy se les puede ver desfilando por los canales de televisión estadounidenses para criticar las malas decisiones del presidente Joe Biden. Se presentan como expertos, olvidando su condición de consultores o miembros de consejos de administración de empresas del complejo militar-industrial estadounidense.

Desde 2001, las intervenciones estadounidenses han matado a más de 800.000 personas, han desestabilizado regiones enteras, han llevado a millones de personas al exilio y han costado un total de 6,4 billones de dólares (unos 5,4 billones de euros, sin contar los 2,2 billones de dólares, 1,86 billones de euros, que habrá que gastar en los próximos 30 años para atender a los veteranos). También han impactado en la sociedad estadounidense, cada vez más militarizada y violenta.

El balance de estas guerras posteriores al 11S, reflejada en la infografía que se muestra a continuación, la elabora desde 2011 el Instituto Watson de la Universidad de Brown, situado en Providence, Rhode Island (noreste de Estados Unidos), como parte del proyecto “Costes de la guerra”.

La antropóloga Catherine Lutz es su cofundadora y codirectora. 20 años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, hablamos con ella.

Entre 2001 y 2020, la guerra contra el terrorismo ha costado 6,4 billones de dólares a Estado Unidos.

PREGUNTA: ¿Por qué puso en marcha el proyecto en 2011?

RESPUESTA: Empezamos este proyecto porque pensamos que, diez años después del comienzo de la guerra, no se estaba proporcionando suficiente información al público. A medida que se acercaba el décimo aniversario de los atentados del 11S, pensamos que era necesario encontrar a los expertos que pudieran ofrecer al público estadounidense una imagen mucho más completa y detallada de la guerra y sus repercusiones. Así que llamamos a estos expertos y publicamos sus informes. Tuvimos mucho éxito al principio, porque dábamos información que el gobierno estadounidense no recogía o simplemente no publicaba. Esto fue útil para el debate público.

P: Si se puede resumir, ¿cuáles fueron los principales resultados de este trabajo?

R: Conseguimos cambiar el discurso público sobre la guerra. Lo que conseguimos fue cambiar el discurso público de que la guerra era de alguna manera poco costosa, muy protectora de los derechos humanos sin causar muchas muertes, aparte de las de los soldados estadounidenses. Se prestó mucha atención a éstos, tanto en lo que se refiere a las bajas como a los heridos en sus filas, pero se habló muy poco de las bajas civiles y del hecho de que éstas se llevan la peor parte en estos conflictos.

Desde 2001, la guerra contre el terrorismo ha causado 801.000 víctimas estadounidenses y extranjeras.

P: ¿Aprenderá Estados Unidos las lecciones de estas guerras, especialmente del conflicto afgano, que Joe Biden decidió terminar justo antes del vigésimo aniversario de los atentados suicidas del 11S?

R: La cuestión es más bien quién ha aprendido la lección. El pueblo estadounidense, tal vez. Pero no estoy seguro de que ese sea el caso de los responsables del gobierno. A corto plazo, la lección que se va a aprender es la de no volver a Afganistán, no hacer “nation building” [construcción nacional] en otros países, pero esa no fue la razón inicial que se dio para ir a Afganistán y no creo que ese razonamiento se haya cuestionado. Seguramente los dirigentes estadounidenses aún creen que la guerra puede ser una herramienta diplomática eficaz.

 

Irak concentra casi la mitad de las víctimas de las guerras contra el terrorismo.

P: ¿Qué lección podría haber aprendido el presidente Joe Biden?

R: Ha aprendido la lección de dos maneras. En primer lugar, hace años llegó a creer que la lucha antiterrorista debía hacerse sin soldados sobre el terreno, sino mediante el uso de drones y asesinatos selectivos, técnicas que de hecho no son especialmente legales. Luchó por ello en el gobierno de Obama, pero no se salió con la suya.

En segundo lugar, aprendió con la muerte de su hijo Beau [que murió de un tumor cerebral en 2015 tras ser destacado en una base en Irak] que el coste humano de las “boots on the ground” [botas en el terreno] es muy alto. Se comprometió a traer a los soldados estadounidenses a casa y a utilizar operadores de aviones no tripulados en suelo estadounidense para combatir la guerra de forma segura. Eso es lo que pasó con él.

Pero, desgraciadamente, ayer [1 de septiembre] se aprobó el presupuesto del Pentágono, que aumenta. Biden no ha aprendido la lección de que el problema es más bien la militarización, el uso de la guerra como herramienta principal de la diplomacia estadounidense. En los últimos días se ha mostrado belicoso en sus discursos, hablando de cazar a los terroristas y destruirlos.

P: ¿Podemos explicar estos 20 años de guerras en el extranjero por el importante papel del complejo militar-industrial en Estados Unidos?

R: Sí, siempre es una fuerza impulsora de las guerras estadounidenses. Tenemos poderosas empresas que ganan miles de millones de dólares cada año gracias al flujo constante de dinero del Pentágono. La guerra es muy rentable. El uso de los contratos ha aumentado de forma espectacular en los últimos veinte años. En nuestra página web publicamos un artículo de la investigadora Heidi Peltier sobre lo que ella denomina la “economía del camuflaje”, porque, según explica, “el gobierno de Estados Unidos ha utilizado la comercialización (a menudo llamada erróneamente “privatización”) de las Fuerzas Armadas como camuflaje, ocultando los verdaderos costes financieros y humanos de las guerras estadounidenses posteriores al 11S".

P: ¿Podría haber otras guerras?

R: El Pentágono se centra ahora en China y Rusia, lo que se denomina la “nueva Guerra Fría”. Incluso si no hay conflicto, seguirá habiendo inversiones masivas para preparar el siguiente. Este es el problema. La guerra no es sólo una violencia interminable, sino también una preparación interminable para la guerra. Joe Biden puso fin a la guerra de Afganistán, pero no a las “guerras interminables”. Seguimos teniendo un enorme aparato militar y la preparación para la guerra sigue siendo una amenaza para el bienestar del país y para la paz internacional.

P: ¿Cómo se puede remediar esta situación?

R: Una solución sería tener más democracia en Estados Unidos para que el Congreso refleje las prioridades del pueblo estadounidense, es decir, menos gasto de guerra y más gasto interno. Nuestro trabajo como académicos, pero también el de los periodistas, es ayudar a informar a la gente sobre los verdaderos costes de estas guerras. Mucha gente no entiende cuánto dinero se destina a los equipos y contratos militares. Es necesario que esta información esté disponible y que los desafíos se entiendan de otra manera. Pero primero hay que asegurarse de que el Congreso no esté en manos de los contratistas militares, sino que sea sensible a la opinión pública.

P: La militarización de la sociedad estadounidense no comenzó, por supuesto, en 2001, pero ¿cómo afectaron los atentados del 11S?

R: Fue algo realmente especial. Fue la primera vez que experimentamos la guerra en casa. Fue un verdadero shock. Algunas personas han mencionado Pearl Harbor [la base estadounidense situada en Hawái, atacada por los japoneses en diciembre de 1941], pero realmente no se puede comparar. Pearl Harbor estaba muy lejos en el Pacífico, Hawái no era un estado sino una dependencia colonial, y los ataques tenían como objetivo instalaciones militares. Se pensaba que dos océanos [el Pacífico y el Atlántico] nos protegían, el 11S nos demostró que no era así.

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

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