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Las lecciones de la dimisión de Dominic Raab para las democracias europeas

Dominic Raab, en una imagen del pasado viernes.

Antoine Perraud (Mediapart)

Dominic Raab, de 49 años, viceprimer ministro del Reino Unido, Ministro de Justicia y, como tal, Lord High Chancellor, dimitió de su cargo el 21 de abril. Dimitió por los pelos. Aguantó, como aguantó Boris Johnson antes de abandonar el 10 de Downing Street en septiembre de 2022 ante una situación que se había vuelto insostenible.

La presión también fue excesiva en el caso de Dominic Raab, acusado de acoso, humillación e intimidación a funcionarios en los distintos ministerios que ha ocupado –antes estuvo al frente de Exteriores–.

Un informe independiente presentado el 20 de abril al primer ministro, Rishi Sunak, corroboraba las acusaciones contra el tiránico, grosero, impulsivo, autoritario, quebradizo y agresivo ministro: "Abuso o abuso de poder", concluía la investigación.

Rishi Sunak, que empezó renovando su "total confianza" en su ministro y aliado, tardó 24 horas en tomar su decisión, lo que le habría valido una severa reprimenda por ser demasiado lento si hubiera estado a las órdenes de Dominic Raab, según señaló con malicia un columnista de The Guardian.

Sin embargo, las tradiciones –en este caso los procedimientos democráticos– han triunfado al otro lado del Canal: el ministro infractor ha tirado la toalla. Pero ha sido un mal perdedor, sembrando la duda y la venganza sobre su dimisión forzada, con una demagogia airada que se ha apoderado de las redes sociales.

Dominic Raab se hace pasar por víctima de funcionarios "militantes" cuya resistencia pasiva pretende sabotear las políticas de un Gobierno conservador ahora lastrado por este "peligroso precedente" que "ha puesto el umbral del acoso tan bajo".

El Reino Unido no es inmune a la crisis de la democracia que afecta a los regímenes representativos de todo el mundo, y que culminó con el rechazo de Donald Trump al resultado de las elecciones presidenciales estadounidenses de noviembre de 2020.

En India, hemos sido testigos de la desaparición de la democracia –que nunca fue una democracia en el sentido estricto de la palabra– bajo el empuje de Narenda Modi. Actualmente asistimos al destrozo de la "democracia" en Israel por Benyamin Netanyahu y su coalición de extrema derecha. En cuanto a la Turquía de Recep Tayyip Erdoğan, ha traspasado descaradamente los límites de la dictadura.

Empuje absolutista

En Europa, el Estado de Derecho está siendo erosionado por el socavamiento combinado de Hungría, bajo el inamovible primer ministro Viktor Orbán, y Polonia, bajo Jarosław Kaczyński. Francia, bajo el presidente Macron, vive una tragedia política que Mediapart no deja de documentar.

E incluso la llamada madre de todas las democracias, Reino Unido, está experimentando ahora una oleada absolutista. El 21 de abril, dos activistas de la organización Just Stop Oil fueron condenados a penas de hasta tres años de prisión por bloquear el tráfico en un puente a las afueras de Londres el pasado mes de octubre.

Además de esta criminalización del movimiento ecologista por parte de una justicia que parece estar tutelada, Londres destaca por su política de odio hacia los inmigrantes deportados a África. Y ello bajo la dirección de una ministra del Interior denostada incluso en las filas de los conservadores acérrimos: Suella Braverman.

Una forma de perversidad colonial empuja a esta hija de inmigrantes de origen indio (como Priti Patel, que la precedió en el mismo cargo gubernamental) al primer plano como partidaria inflexible de una estrategia racista. Esta estrategia pretende proteger Albión de los recién llegados considerados indeseables por proceder de un Sur aprehendido, en los dos sentidos del participio.

La misma Suella Braverman está actualmente en el punto de mira, en este caso desde el otro lado del Canal de la Mancha, por haber hecho detener a su llegada a Londres a un editor francés, Ernest Moret, que trabajaba para La Fabrique, y confiscarle el ordenador y el teléfono después de que el propietario se negara a entregar los códigos. Ernest Moret también fue interrogado repetidamente sobre su participación en las protestas francesas contra la reforma de las pensiones y se le pidió que explicara su oposición al presidente Macron.

De este modo, Reino Unido también está a punto de caer en una pronunciada negación de la igualdad de los ciudadanos ante la ley y de la separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial: el llamado Estado de Derecho.

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A pesar de semejante tropismo antiliberal –marcado por el magnetismo de los hombres poderosos y sus regímenes autoritarios–, que sigue ganando terreno para satisfacción carnívora de Pekín y Moscú, Londres acaba de dar una lección de práctica democrática. Dominic Raab ya no es ministro.

Si la virtud política y la conciencia republicana aún tuvieran algún significado en Francia, al menos tres miembros actuales del Gobierno ya se habrían retirado: Gérald Darmanin, Éric Dupond-Moretti, Marlène Schiappa.

Esta es la lección de la dimisión de Dominic Raab, aunque se haya obtenido por la fuerza. E incluso si es un anacronismo perjudicial a los ojos de los cínicos emboscados, tanto al otro lado como bajo el Canal de la Mancha.

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