La dinámica autoritaria se extiende por todo el planeta y este informe detalla sus consecuencias

Simpatizantes de Donald Trump durante el asalto al Capitolio de Estados Unidos.

Fabien Escalona

La amenaza de regresión autoritaria en Túnez, uno de los pocos países que ha escapado a la debacle de las revueltas populares del mundo árabe, se inscribe en un panorama mundial preocupante para la democracia. Así lo documenta de forma resumida el informe anual del Instituto V-Dem (Varieties of Democracy).

El proyecto, con sede en la Universidad de Gotemburgo (Suecia), se basa en una red mundial de 3.700 expertos que proporcionan información sobre una serie de indicadores y consiste en observar la duración y las tendencias a la democratización y a la “autocratización” de los régimenes políticos. Cada año, éstos se dividen en una tipología que distingue de los más a los menos avanzados en términos de libertad e igualdad, "democracias liberales", "democracias electorales", "autocracias electorales" y "autocracias cerradas".

Los resultados para el año 2021 llevan a los científicos que pilotaron este trabajo a una conclusión simbólicamente abrumadora: "La expansión masiva de los derechos y libertades democráticas que comenzó al final de la Guerra Fría se ha perdido”. En otras palabras, durante la vida de los treintañeros de hoy, la democratización de los regímenes ha pasado por una parábola que va desde una oleada de desarrollo masivo tras el colapso del bloque soviético hasta una inversión de los progresos realizados.

La mayor parte de este retroceso se ha producido en la última década. En 2011, el 49% de la población mundial vivía en regímenes autoritarios. En 2021, esa proporción había aumentado al 70%. Y mientras que hace una década sólo el 5% de la población mundial estaba afectada por un proceso de autocratización, ahora lo está más de un tercio de la población mundial.

En cuanto al número de Estados, en el periodo 1981-2011 sólo hubo unos diez en vías de autocratización cada año. Desde entonces, este número ha aumentado a 33, todo un récord. En el mismo periodo 1981-2011, el número de países que se democratizaron siempre había sido mayor, oscilando entre 20 y 70. Ahora se ha reducido a 15, muy por debajo del número de casos de retroceso de derechos y libertades. Como se trata de países con poca población, esto significa que sólo el 3% de la población mundial experimentó una fase de democratización en 2021.

Aunque la pandemia contribuyó a un fuerte descenso de la movilización de masas por la democracia, no se ha vuelto a los niveles anteriores. La continuación de esta atonía preocupa a los autores del informe, que señalan que se corre el riesgo de fomentar la continuación de la autocratización en curso. Además, señalan, "los líderes antipluralistas y autoritarios parecen estar utilizando las movilizaciones de masas para promover su agenda antidemocrática". Toman como ejemplo la insurrección del Capitolio en Estados Unidos, así como la convocatoria de Jair Bolsonaro a manifestaciones a sus seguidores el pasado septiembre en Brasil. 

Cambios en el autoritarismo

Pero sobre todo, los autores se preguntan sobre la movilidad de esta ola de autocratización de esta última década. La frecuencia de los golpes militares ha aumentado, así como su índice de éxito y, aunque se han producido principalmente en África Occidental, también han tenido lugar en Birmania, en el sudeste asiático. El caso de Túnez se describe como un "auto golpe", en consonancia con el "paso a un régimen dictatorial" descrito por la historiadora Sophie Bessis. 

Sin embargo, tras el final de la Guerra Fría, habían tendido a retroceder las transferencias inconstitucionales de poder y la participación de los militares en estos episodios. Así lo señala la académica Erica Frantz en Authoritarianism (Oxford University Press, 2018). "Los golpes de Estado son cada vez menos la herramienta elegida por los grupos autocráticos", señaló, enmarcando este hecho en un esfuerzo general por imitar a las democracias. Con ello se pretendía engañar a los interesados, pero sobre todo a los actores internacionales.

Los miembros del Instituto V-Dem ven, en lo que podría ser una inversión de la tendencia, la señal de un menor incentivo para respetar las normas promulgadas o promovidas en la escena internacional. Y por una buena razón: si las autocracias son cada vez más numerosas, y si su poder e influencia aumentan, entonces los costes de recurrir a la cruda brutalidad son cada vez más llevaderos. El aislamiento diplomático y económico, entre otras cosas, es menos temido que antes.

Este es uno de los efectos del auge del autoritarismo, más allá de sus implicaciones directas para las poblaciones de los regímenes en cuestión, que les da motivos para una mayor arbitrariedad y represión. Esto supone un mayor riesgo de ruptura del derecho y las normas internacionales, tal y como se han desarrollado desde 1945 (véase nuestra entrevista en vídeo sobre la crisis del multilateralismo). Las consecuencias podrían ser un aumento de comportamientos bélicos y una disminución de la voluntad de cooperar en desafíos globales como el clima o la salud.

Si bien los golpes de Estado son la dimensión más espectacular de una creciente e intensa autocratización, los investigadores del Instituto V-Dem señalan otra, que afecta tanto a las democracias consolidadas como a los regímenes más cerrados. "La polarización política es una tendencia mundial importante hoy en día", dicen, añadiendo que "ha alcanzado niveles sin precedentes en 2021".

Como tal, la polarización puede significar la existencia de una competencia política viva, con alternativas claras ofrecidas al electorado, lo que no es problemático. Lo que los autores señalan es más bien la escalada de esta polarización hasta "niveles tóxicos", cuando la sociedad se fracciona en grupos con identidades excluyentes, desconfianza e incluso odio entre ellos.

De hecho, estos niveles favorecen el ascenso al poder de las fuerzas antipluralistas, que a su vez exacerban aún más las tensiones. "Esta relación entre la polarización tóxica y la autocratización, que se refuerzan mutuamente, es corroborada por los datos de Brasil, Hungría, India, Polonia, Serbia y Turquía", escriben los miembros del Instituto V-Dem. Utilizando herramientas estadísticas, demuestran que esta idea de "círculo vicioso es generalizable" más allá de estos casos particulares. 

Se puede hacer la misma observación sobre un tercer elemento que se está desarrollando de forma llamativa con la ola contemporánea de autocratización, que es la desinformación deliberada por parte de los gobernantes. El ejemplo ruso es emblemático del uso estratégico de datos manipulados y erróneos, tanto a nivel nacional como internacional.

Ahora bien, "el conocimiento político de los ciudadanos es la base de una democracia representativa", señalan los autores del informe, y la desinformación pone en peligro dicho sistema "al distorsionar las opiniones de la gente, socavar la responsabilidad de los gobernantes y promover la polarización".

Preservar la "infraestructura crítica" de las democracias

Estas últimas cuestiones están en el centro de un reciente ensayo de Jan-Werner Müller en el que trata de identificar cuáles son los resortes de la democracia que hay que proteger contra la "tendencia global al autoritarismo".

Este politólogo no considera que esta tendencia sea inevitable, y mucho menos que sea el resultado de una adhesión arraigada de las masas a los valores autoritarios (según algunas encuestas mundiales, a las que no se refiere, incluso prevalece el fenómeno contrario). Muchos ejemplos históricos, señala Jan-Werner Müller, demuestran que "no es el pueblo llano el que decide deshacerse de la democracia, sino las élites".

No niega que los líderes autoritarios son capaces de construir una base social, primero mediante la polarización, a través de las "guerras culturales", y luego mediante el secuestro de las instituciones estatales, "clientelismo de masas" y desinformación. Pero si esta estrategia funciona, es porque es el resultado de una fragilidad inicial, la de la "infraestructura crítica de la democracia".

La fuerza de esta infraestructura, sostiene, reside principalmente en la salud de los partidos y de los medios de comunicación, "esenciales para que funcione la representación y para que se gestionen los conflictos". Se entiende que la situación sea preocupante: además de haberse debilitado de diversas maneras, estas instituciones no son particularmente populares entre el público en general - en Francia, se encuentran tradicionalmente entre las que tienen los niveles más bajos de confianza entre la población encuestada.

Es por lo tanto imperativo y urgente que su financiación esté protegida de la captura por parte de las clases privilegiadas, y que su funcionamiento impida el despotismo interno (ya sea sobre los miembros o los periodistas). A este respecto, Jan-Werner Müller analiza una serie de mecanismos que aún no han sido asumidos por la clase política, que prefiere preservar los intereses a corto plazo en lugar de hacer frente a las vulnerabilidades que están en la raíz de nuestro sistema democrático.

Pero, ¿cómo reaccionar si se ha puesto en marcha un regresión hasta el punto de que un régimen inicialmente democrático corre el riesgo de deslizarse indefinidamente hacia la autocracia? Para este académico, habría que considerar la opción de la desobediencia civil.

“No conseguir la legislación que yo apoyo no es motivo suficiente para desobedecer", afirma. “Tiene que haber razones para que, con el tiempo, en vista de las distorsiones sistemáticas del proceso político y la falta de compromiso mutuo de los ciudadanos, los perdedores no puedan, en conciencia, aceptar cualquier opción política."

 

Traducción de Miguel López

 

Dans Le Monde, Les Gains Démocratiques Depuis 1989 Ont Été Effacés _ Mediapart by infoLibre on Scribd

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